La amenaza de un ataque militar que desde hace meses sobrevolaba el país se ha concretado la madrugada de este sábado en una operación sin precedentes donde EEUU ha secuestrado a Nicolás Maduro para ponerlo a disposición de la Justicia estadounidense acusado de narcotráfico.
La amenaza de agresión que desde hace meses sobrevolaba Venezuela finalmente se ha concretado la madrugada de este sábado 3 de diciembre en una operación sin precedentes donde Estados Unidos ha secuestrado al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores -trasladados a EEUU para enfrentar un juicio por “narcoterrorismo”–, ha bombardeado una docena de instalaciones militares e infraestructura estratégica, y ha dejado al resto de la dirigencia chavista en shock.
En una larga comparecencia desde la residencia privada de Mar-A-Lago (Florida), el presidente Trump ha asegurado que “vamos a gobernar Venezuela hasta que haya una transición segura” y advirtió que su Gobierno está listo “para organizar un segundo ataque mucho mayor, si es necesario”. El magnate republicano no ha ocultado sus intereses económicos detrás de esta acción asegurando que el “petróleo va a fluir como debe” y que las grandes compañías estadounidenses van a regresar al país y a “generar dinero”.
Esta macrooperación militar llega tras décadas de sanciones y cuatro meses de despliegue naval en el Caribe, el mayor desde la Segunda Guerra del Golfo. Trump ha calificado la operación de “espectacular” y de un “éxito absoluto”. La denominada como “Operación Resolución Absoluta” combinó bombardeos estratégicos sobre instalaciones clave como La Carlota y Fuerte Tiuna para neutralizar defensas aéreas, con la inserción de fuerzas especiales altamente preparadas que, tras cortar el suministro eléctrico de Caracas con apoyo de más de 150 aeronaves, accedieron al complejo donde dormía Nicolás Maduro. En cuestión de minutos, según el presidente estadounidense, las unidades de élite de los Delta Force capturaron a Maduro y a su esposa Cilia Flores, los sacaron del país y, según fuentes oficiales, fueron transportados a Estados Unidos para enfrentar cargos penales en Nueva York.
Por el momento, la incertidumbre reina en las calles de Caracas, donde el temor a nuevos ataques ha hecho que la población permanezca confinada en sus casas. Poco se sabe sobre la cadena de mando en Venezuela. Tras la detención de Maduro, el Gobierno venezolano emitió a primera hora de la mañana un comunicado asegurando que “rechaza, repudia y denuncia ante la comunidad internacional la gravísima agresión militar perpetrada por el Gobierno actual de los Estados Unidos”, afirmando que “todo el país debe activarse para derrotar esta agresión imperialista” y declarando el “estado de conmoción exterior”.
¿Quién manda en Venezuela?
El vacío dejado por Maduro debería ser cubierto por la vicepresidenta venezolana Delcy Rodríguez, segunda en la línea de sucesión constitucional. Rodríguez compareció telefónicamente esta mañana exigiendo una “prueba de vida” del presidente Maduro, pero por la tarde Donald Trump aseguró que ella “está dispuesta a hacer lo que consideremos necesario para que esto funcione”. Una declaración que sembró dudas sobre la cohesión interna del chavismo en estas horas críticas.
Pocas horas después, la propia vicepresidenta despejó las dudas al comparecer en cadena nacional anunciando un “Consejo de Defensa de la Nación” con la presencia de gran parte de la plana mayor del chavismo —incluidos Jorge Rodríguez, el presidente de la Asamblea Nacional; el fiscal general, Tareck William Saab; el ministro de Defensa, Vladimir Padrino López; y el canciller, Iván Gil— y exigiendo la “inmediata liberación del presidente Nicolás Maduro y su mujer, único presidente de la República Bolivariana de Venezuela”, en una declaración en la que además llamó a las fuerzas armadas, las milicias y los militantes chavistas a “defender la patria” ante lo que calificó de agresión extranjera y aseguró que “el pueblo” estaba activado en las calles en rechazo a la intervención.
Antes, otras figuras clave del gobierno habían llamado a la población a “permanecer a alerta”. Diosdado Cabello, ministro del Interior y líder del PSUV, apareció en televisión estatal rodeado de militares calificando el ataque de “criminal y terrorista” y urgió a la población a no “facilitarle las cosas al enemigo invasor”. Vladimir Padrino, ministro de Defensa y líder de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), también anunció un “despliegue masivo de todos los medios terrestres, aéreos, navales, fluviales y misilísticos” como respuesta al ataque.
Funcionarios y cargos medios del chavismo consultados por Público se mostraban en shock, cautos y a la espera de “indicaciones superiores” que siguen sin llegar. En varias ciudades del país simpatizantes del Gobierno se han citado en plazas y avenidas, pero la incertidumbre y el miedo siguen siendo el estado de ánimo dominante entre la población.
Muy llamativa ha sido la respuesta de Trump en su comparecencia en Mar-a-Lago tras ser preguntado por si había hablado con la líder opositora María Corina Machado y si esta podría ser la líder del país. “Sería muy difícil para ella”, ha respondido el presidente estadounidense. “No tiene el apoyo interno ni el respeto del país. Es una mujer muy agradable, pero no tiene el respeto”. Horas antes, Machado había celebrado la intervención militar de EEUU . “Estamos listos para tomar el país”, había asegurado la Nobel de la Paz en un comunicado.
Una agresión sin precedentes
Por su escala, rapidez y objetivo político, el ataque estadounidense contra Venezuela solo encuentra un precedente comparable en la invasión de Panamá de 1989, cuando Washington lanzó la operación Causa Justa para derrocar y capturar a Manuel Antonio Noriega.
Más allá del plano militar, la intervención en Venezuela adquiere un significado político de mayor calado: ratifica una Doctrina Monroe 2.0 en la que Estados Unidos vuelve a asumir de forma explícita su deseo de ser el actor decisivo en el “patio trasero” de América Latina, Mostrándose dispuesto a actuar de manera directa cuando considera que sus intereses estratégicos están en juego. Una diplomacia dura, basada menos en la negociación multilateral y más en la coerción, la fuerza y los hechos consumados. En este marco, Venezuela se convierte en un caso ejemplar: una demostración de poder destinada no solo a resolver un conflicto concreto, sino a reordenar el equilibrio político regional, reforzar la capacidad de disuasión de Estados Unidos y dejar claro que, en su patio trasero histórico, Washington está dispuesto a hacer prevalecer sus intereses incluso a costa de tensiones diplomáticas, condenas internacionales o rupturas del statu quo.
De hecho, el presidente Trump aprovechó su comparecencia para advertir a México, Colombia y Cuba. En una entrevista con Fox News afirmó literalmente que “los cárteles gobiernan México, ella [la presidenta Claudia Sheinbaum] no” y que “algo habrá que hacer con México”. También señaló que el presidente de Colombia, Gustavo Petro, “está produciendo cocaína… así que lo mejor que puede hacer es cuidarse el trasero”, vinculando a Bogotá con el narcotráfico y sugiriendo riesgos si no cambiaba su política, y también calificó a Cuba como “una nación fracasada” que pronto será “tema de discusión” para su administración.
La agresión contra Venezuela, igual que la impunidad en torno al genocidio de Gaza, ponen de manifiesto la crisis agónica del orden internacional basado en normas y el deseo de Donald Trump por volver a una política internacional construida sobre la base de la fuerza.
Politólogo y periodista especializado en política internacional y geopolítica. Ha cubierto sobre el terreno procesos políticos y migratorios en México, Venezuela, el Líbano, Argelia y el Sáhara Occidental. Compagina su labor académica con el análisis internacional en medios. Colabora con Público en la sección de Internacional.


Leave a Reply