Democracias controladas, dictaduras participativas
Mike Segar. REUTERS

03 de noviembre de 2026

A mediados de octubre, apenas el 30 por ciento de los estadounidenses aprobaba la gestión de Donald Trump. Desde que Gallup comenzó estas encuestas en los años 30, solo cinco presidentes cayeron más bajo: Truman empantanado en Corea; Nixon días antes de renunciar; o George W. Bush entre las ruinas de Irak y de Wall Street.

En estas elecciones, el voto anticipado fue de 54 millones de ciudadanos (22%). La ansiedad suele indicar un deseo de cambio y predecir un tsunami. Pero no debemos confundir frustración con cambio. Los votantes no eligen otro sistema; eligen otra administración del mismo sistema. El poder, el verdadero, no se somete a referéndum ni nunca lo hará. Nunca un sistema cambió en alguna elección. La esclavitud no fue abolida en las urnas, sino en una guerra civil. Las reformas socialistas de los años 30 no nacieron de algún debate de ideas, sino de la Gran Depresión.

Bueno, ya sabemos; es folklore: demócratas y republicanos siempre fueron dos facciones de un mismo partido: el del capital financiero, del complejo militar-industrial y de las corporaciones que financian a ambos. Discuten con pasión sobre el aborto o los baños públicos; rara vez sobre el presupuesto del Pentágono o la concentración de la riqueza que escribe las leyes y decide las guerras. En una democracia de mercado, el votante elige el envoltorio, no el contenido. Es terapia de grupo.

Aun así, las elecciones importan. No es lo mismo para un inmigrante manejar mirando por el retrovisor por si aparece un agente de ICE que volver a su casa a disfrutar de una cerveza, aunque no sea más que el alivio del esclavo.

Por otro lado, la Generación Gaza mueve el tablero y un puño intenta detenerla. Thomas Massie, senador libertario de Kentucky, ganó siete veces su banca oponiéndose a la ayuda a Israel, pero en mayo de 2026 perdió la elección primaria más cara en la historia: más de 32 millones de dólares, unos nueve millones aportados por grupos proisraelíes lo dejaron afuera.

Elon Musk donó a los republicanos unos 446 millones de dólares (una propina para su fortuna), más de lo que recibieron los diez principales candidatos demócratas. Comprar políticos que luego firmarán billonarios contratos con las empresas de los donantes es una corrupción legalizada, tan obscena como la cloaca Epstein.

Así, el sistema electoral de las democracias liberales se ha convertido, si alguna vez no lo fue, en el principal instrumento de extorsión de las élites ―el verdadero poder. Un presidente puede jugar a ser el hombre más poderoso del mundo, pero siempre hasta cierto límite. Si lo cruza, el sistema lo sustituye. Por eso las elecciones son tan importantes. No porque le den el poder al pueblo, sino porque funcionan como una extorsión permanente sobre quien gobierna.

¿Hay algo nuevo? Algo. Entre los menores de treinta años el rechazo a Trump y a la política tradicional es abrumador. La Generación Gaza heredó deudas universitarias, alquileres imposibles y un planeta en llamas, mientras veía, en tiempo real, lo que los grandes medios llamaban “conflicto de Palestina”. Su opinión sobre el apartheid israelí ya era desfavorable años antes del ataque de Hamás de 2023; el genocidio la radicalizó. Como los estudiantes que presionaron contra el apartheid sudafricano en los 80, el último movimiento universitario fue un golpe moral que hoy se traduce en un nuevo grupo de políticos exitosos. El apoyo incondicional a Israel dejó de ser un consenso bipartidista y se convirtió en un cuestionamiento que alcanzó al mismo capitalismo como dogma.

Esa generación ya tiene rostros. Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York con el aparato demócrata en contra. Jon Ossoff ganará una banca en el senado en la conservadora Georgia. En Michigan, Abdul El-Sayed, hijo de inmigrantes egipcios, el doctor que defendió “Salud para todos”, resistió una guerra cultural contra su nombre y su religión, y no le tembló la voz para condenar las guerras en Irán y Palestina, se convertirá en el primer senador musulmán. En Texas, donde los demócratas no ganan el Senado desde 1988, James Talarico, exmaestro de 36 años, quien hizo campaña contra los donantes millonarios, con su cristianismo que recuerda más a la Teología de la liberación que a los Predicadores de la prosperidad, podría ganar el Senado.

Lo nuevo no es que estos políticos de izquierda existan, sino que ahora pueden ganar. Hasta Trump ha sugerido terminar con los 3.800 millones de dólares anuales de ayuda militar a Israel (dinero que vuelve a los fabricantes de armas estadounidenses) es una vieja maniobra, pero indica que hasta el poder más reaccionario empieza a hablar el idioma de la Generación Gaza.

Luego de la derrota, Trump hará lo que hace un buen vendedor: mientras se hunde vende su salvavidas. Como cuando Bolsonaro perdió en Brasil, mentirá que no se involucró. Es la narrativa del empresario, pero también la del religioso: si un rayo cae sobre un templo, es “una prueba divina”; si cae sobre un sindicato, es “un castigo de Dios”. La fe nunca se ajusta a los hechos; los hechos se ajustan a la fe.

La primera tentación de los demócratas triunfantes será el impeachment. Probablemente no les convenga. Destituir a un presidente requiere dos tercios del Senado, y un juicio fallido convertiría a Trump en héroe o mártir. Es más probable que, con el control de comités en el Congreso, crezca la presión para desclasificar los archivos Epstein. Si a una revelación grave se sumara la necesidad psicoanalítica de matar al padre en decadencia, el juicio político dejaría de ser impensable hasta para los republicanos.

En el frente externo, el peligro es la distracción. Washington e Israel preparan planes para reanudar los ataques contra Irán, porque cuando un gobierno pierde en casa, la solución está en victorias afuera. La guerra es la forma más antigua de cambiar de tema. También de sostener una economía que crece para unos pocos.

La verdadera batalla de 2028 no será entre demócratas y republicanos, sino dentro del Partido Demócrata. El aparato y sus donantes intentarán lo de siempre con los rebeldes: absorberlos, domesticarlos o financiar a sus rivales en las primarias. Del otro lado, el vicepresidente JD Vance (un candidato fabricado por Silicon Valley, con una biografía ficticia) o el Secretario Marco Rubio (con su historial de ejecuciones sumarias en el Caribe y de niños muertos en los hospitales de Cuba), tendrán que vender otra versión de Make America Great Again, un dogma que no resiste ninguna rendición de cuentas.

El problema central no es un presidente ni un partido, sino una estructura que concentra la riqueza a un ritmo sin precedentes y la convierte en medios, plataformas, campañas y leyes. La redistribución, demonizada como socialismo, es lo que menos se discute. Algunas elecciones se pueden perder; la obscena acumulación de capital nunca está en duda.

Sin reformas profundas y sostenidas, los años 40 verán una intifada social hoy impensable, no porque los pueblos sean violentos, sino porque cuando los poderosos le cierran todas las puertas a las reformas, la justicia social encuentra sus 1789.

Los nuevos demócratas de la Generación Gaza pueden ganar una elección. Lo que no han ganado, todavía, es la oportunidad de cambiar lo que una o dos elecciones nunca cambiarán. Si no lo hacen ellos, lo hará la historia desatada, que es mucho menos amable.

Información adicional

Autor/a: Jorge Majfud
País: Estados Unidos
Región: Norteamérica
Fuente: Página12

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