George Monbiot: “Me resulta muy difícil imaginar cómo vamos a sobrevivir hasta final de siglo”


El uso de suelo para agricultura y ganadería es la principal causa de destrucción del medio ambiente en la Tierra, pero el periodista, investigador y ecologista británico George Monbiot tiene un libro de recetas para transformar el sistema alimentario global y salvar no solo a la humanidad de una crisis sin precedentes, sino también a buena parte de la biodiversidad del planeta.

Periodista, investigador, académico, divulgador, activista… George Monbiot (Londres, 1963) es una de las figuras más reconocidas del ecologismo mundial, famoso entre otras cosas por promover el arresto del exministro británico Tony Blair por crímenes contra la paz, fundar la campaña The land is ours (La tierra es nuestra) por el derecho al acceso a la tierra o recibir de manos de Nelson Mandela el premio Global 500 Roll of Honour por su defensa del medio ambiente. Desde sus artículos en The Guardian a sus charlas o sus libros no ha dejado de proponer soluciones —sin casarse con nadie— para paliar las crisis medioambiental y climática que sufre la humanidad.

Si en su anterior libro, Salvaje. Renaturalizar la tierra, el mar y la vida humana (Capitan Swing, 2016), ahondaba en la necesidad de restaurar y resalvajizar amplias áreas del planeta para salvar a la humanidad y a los seres que habitan la Tierra, ahora vuelve a la carga con Regénesis. Alimentar al mundo sin devorar el planeta (Capitan Swing, 2023), donde entra de lleno en las contradicciones y los problemas del sistema alimentario global.

Si alguien espera una defensa de la agricultura ecológica predominante o la ganadería extensiva como soluciones, nada más lejos. El británico deja muy claro que las medidas que requieren quitar más tierra a la naturaleza no son el camino y mira hacia nuevos horizontes: de la producción de proteínas mediante bacterias a los cultivos de cereales perennes, pasando por apostar por la investigación en el enriquecimiento del suelo para que sea sustrato de cultivos tan ecológicos como productivos, dejando siempre espacio a la biodiversidad. La polémica está servida.

Una nueva ciencia llamada Ecología del suelo. Leyendo tu libro da la sensación de que hay todo un universo justo bajo nuestros pies del que apenas sabemos nada. ¿Lo que tenemos debajo podría ser la clave para nuestro futuro?

Así es. Es llamativo lo poco que hemos invertido en investigar el suelo cuando podría decirse que es el más importante de todos los ecosistemas. El 99% de nuestras calorías proviene en última instancia del suelo. Casi toda la vida terrestre depende de él y, sin embargo, no sabemos casi nada al respecto. Es como un agujero negro. Leonardo da Vinci dijo que sabíamos más sobre las esferas celestes que sobre el suelo bajo nuestros pies. Y eso sigue siendo así hoy en día. Estamos gastando miles de millones de dólares en explorar la superficie de Marte, en parte porque pensamos que algún día podríamos terraformarla para poder vivir allí —lo cual es una idea absurda; es simplemente imposible, nunca sucederá—, pero al mismo tiempo estamos fracasando a la hora de invertir ese dinero en explorar la superficie de nuestro propio planeta para garantizar nuestra supervivencia aquí.

Los científicos estiman que solo tenemos identificado el 10% de los pequeños animales que habitan el suelo. ¿Cómo es posible que, en pleno siglo XXI, tengamos semejante falta de conocimiento sobre los procesos bioquímicos y las interacciones biológicas que se dan en el suelo y que podrían mejorar la agricultura y la biodiversidad global?

Es asombroso que sepamos tan poco al respecto, pero eso es porque hasta hace poco ni siquiera considerábamos el suelo como un ecosistema. Y no es solo un ecosistema, es una estructura biológica. El suelo no existiría si no fuera por las pequeñas criaturas que viven en él. Lo crean y lo construyen de la misma manera que los animales construyen los arrecifes de coral. Hemos descuidado tanto su biología que acabamos tratándolo como una simple sustancia sobre la que las plantas se mantienen de pie y sobre la que podemos añadir fertilizantes químicos, pero ahora sabemos que para mantener la vida humana en este planeta tendremos que ocuparnos de la biología del suelo tanto como de su química.

Tú libro plantea una serie de horizontes novedosos para el futuro agrícola. Quizá el más llamativo es la alimentación mediante proteínas microbianas, criar bacterias ricas en proteínas. Parece una solución futurista. ¿Está más cerca de lo que creemos?

Bueno, llevamos 40 o 50 años realizando diversas formas de fermentación de precisión. Si comes queso curado, es casi seguro que ingieres un producto de fermentación de precisión, que es la química que sustituye al cuajo y que coagula las proteínas de la leche para consumirlas como parte del proceso de elaboración del queso. Si eres diabético, la insulina que utilizas proviene de una fermentación de precisión. Si tomas suplementos vitamínicos o suplementos alimenticios, las vitaminas provienen de una fermentación de precisión. Ya producimos muchos productos con estos métodos, pero ahora tenemos la oportunidad de empezar a producir alimentos completos a partir de una fermentación de precisión, lo que resulta ser mucho más eficiente y requiere muchos menos recursos que producir alimentos a partir de animales o plantas.

La agricultura ecológica y la soberanía alimentaria es la solución para mucha gente, pero planteas un problema: no hay suelo suficiente en el mundo para producir el alimento que necesitamos mediante las técnicas de agricultura ecológica mayoritarias. No parece que este problema sea un gran debate dentro del movimiento por la agroecología, quizá porque este tipo de agricultura es aún minoritaria.

Debemos aplicar las mismas normas a todas las formas de producción de alimentos, tratar de dejar de lado nuestros prejuicios y hacernos preguntas difíciles sobre si el sistema de producción que tenemos funciona. Y eso se aplica tanto a la agricultura orgánica como a la convencional. Hay dos problemas fundamentales con la agricultura orgánica en su forma actual. Uno de ellos es que, debido a que es considerablemente menos productiva que la convencional, en promedio utiliza mucha más tierra, entre un 25 y un 40% más de la que requiere la convencional. El uso de la tierra es un problema ambiental de primer orden, porque cada hectárea de tierra que utilizamos para nuestras industrias extractivas es una hectárea de tierra que no puede usarse para sustentar ecosistemas naturales como bosques, humedales o sabanas. Tenemos que minimizar el uso de tierra y, lamentablemente, la agricultura orgánica lo amplía. Además, hay otro problema, y es que produce, en promedio, mucho más nitrógeno que la agricultura convencional. Si la agricultura convencional ya es bastante dañina respecto al nitrógeno que necesita, el estiércol animal supone serios problemas reales de modificación y añadido al suelo en la orgánica.

Un tema clave respecto a todo lo que estamos hablando es, precisamente, el consumo de carne. Multitud de estudios y voces alertan de que éste es altamente ineficiente para las tierras y para el planeta. La tierra necesaria para alimentar el ganado en los países ricos excede las disponibles en esos mismos países, pero el consumo carne no hace más que crecer: en 2021 fue el doble que en 1990. ¿Sin cambio de dieta no hay futuro?


La producción de carne tiene un impacto masivo y desproporcionado en los sistemas terrestres. Es, de lejos, la principal causa de destrucción ambiental en el sector alimentario. Por sí sola podría provocar el colapso de los sistemas. Sin embargo, sigue expandiéndose y está previsto que lo haga enormemente. La producción ganadera aumenta un 2,4% anual frente a a una población humana que aumenta por debajo del 1%. Se trata de una verdadera crisis demográfica, hay que tener en cuenta que no es solo la población de ganado sino además la tierra y los piensos que necesita ese ganado. Podría decirse que es la mayor de todas las crisis ambientales, porque la producción ganadera requiere mucha más tierra que todos los demás usos de la tierra juntos. Además, es en gran parte tierra muy improductiva, pues sus ecosistemas se han destruido por completo para permitir que el ganado vacuno y ovino la pasten.

Según planteas, el debate no es agricultura ecológica versus intensiva, o ganadería extensiva o intensiva, sino en cómo conseguir mejores rendimientos en menos espacio favoreciendo la biodiversidad. ¿El ecologismo ha equivocado los debates?

Eso es. La cuestión crucial es conseguir altos rendimientos con un bajo impacto. Eso es a lo que deberíamos aspirar en todas partes, pero es algo muy difícil de lograr. De hecho, se ha investigado poco respecto a este objetivo específico. Ha habido mucha ciencia agrícola que ha aumentado considerablemente el rendimiento de los cultivos, pero a costa de aumentar considerablemente el impacto ambiental mediante más fertilizantes, más herbicidas y más pesticidas. Necesitamos encontrar medios mucho más efectivos para reducir esos impactos. Hay algunos enfoques nuevos y fascinantes, y creo que uno de los más interesantes es el desarrollo de los cultivos de cereales perennes. Después de que la gente haya estado hablando de ello durante un siglo, finalmente está sucediendo.

Precisamente, entre las soluciones que planteas para reducir los daños al suelo y minimizar el uso del agua está apostar por los cereales de labranza cero o los cultivos cerealistas perennes que no necesitan plantarse anualmente. ¿Está el sector agrario preparado para algo así?


Bueno, hay personas que lo están. Hay una variedad de arroz que surgió del cruce de un arroz anual común con un pariente perenne silvestre que ahora se comercializa y se cultiva en una amplia zona del sur de China. Los agricultores están muy interesados en hacerse con estas semillas de arroz porque cuestan mucho menos y porque se pueden plantar cada pocos años en lugar de cada año, pero puedes seguir cosechándolas todos los años porque provienen de plantas perennes. Además, al ser plantas perennes se necesita mucha menos mano de obra, algo que es un verdadero problema en el campo chino porque muchos jóvenes se han mudado a las ciudades. Todo esto provoca mucha menos erosión del suelo, lo que también se ha convertido en un problema muy importante en la zona. Por todo, este arroz perenne se ha hecho muy popular entre los agricultores.

En la actualidad hay muchos otros cultivos perennes en desarrollo, aunque aún no se han comercializado, pues están en fase experimental. Hay muchos avances muy prometedores y parece que en poco tiempo tendremos una amplia gama de plantas de cultivo perennes, y creo que algunos agricultores estarán muy interesados en utilizarlas. Otros, especialmente aquellos que han invertido mucho en la maquinaria necesaria para cultivar sus cultivos anuales, tardarán más en adoptarlas.

Un menor uso de la tierra para alimentar a los humanos dejaría espacio para renaturalizar amplios territorios. En tu anterior libro planteas la necesidad del rewilding. ¿Qué hace falta para que la humanidad entienda que tiene que ceder espacio al resto de criaturas que habitan la Tierra?


Me resulta muy difícil imaginar cómo vamos a sobrevivir hasta final de siglo, a menos que recuperemos grandes partes del planeta. Tenemos que detener esta enfermiza gran extinción. Si no lo hacemos, la mayoría de los ecosistemas, y con ellos la mayoría de los seres humanos, desaparecerán. Simplemente, no va a ser posible mantener la mayor parte de la vida en la Tierra. También tenemos que controlar la gran cantidad de dióxido de carbono que hemos emitido a la atmósfera, porque ahora sabemos que hemos dejado que sea demasiado tarde para descarbonizar nuestras economías. Tenemos que hacerlo urgentemente, pero incluso si lo descarbonizáramos todo mañana, seguiríamos superando los 1,5ºC y probablemente los dos grados de calentamiento global. Por lo tanto, también necesitamos extraer dióxido de carbono de la atmósfera. La mejor manera de prevenir la gran extinción y eliminar el CO2 de la atmósfera es volver a la naturaleza a gran escala y restaurar los ecosistemas. Eso significa que debemos liberar la tierra de un uso destructivo pero improductivo y devolverla a la naturaleza. Y, de lejos, los usos más destructivos e improductivos de la tierra son la cría de ganado vacuno y ovino.

El 40% de la población mundial depende de alimentos producidos en otras naciones. ¿Cómo resolvemos ese problema? ¿Hay que volver a lo local?

No creo que podamos. Las cifras lo dejan muy claro. Debido a los lugares donde se distribuye la población humana y en donde se distribuyen las tierras agrícolas, no tenemos más opción que importar grandes cantidades de grano desde grandes distancias. La mayoría de los lugares donde vive un gran número de personas no tiene tierra agrícola lo suficientemente grande como para alimentar a esas personas a nivel local. En promedio, la distancia mínima promedio sobre la que se alimenta a las personas con cereales es de 2.200 kilómetros. Y dependemos en gran medida de zonas del mundo amplias y poco habitadas como el medio oeste de los Estados Unidos, las praderas canadienses, el interior de Brasil, las estepas rusas o zonas de Ucrania. Recurrimos a ellas para obtener el alimento del que dependemos. Así que no creo que podamos romper esa relación por completo.

La relocalización se ha exagerado enormemente como solución ambiental. Es mucho más importante lo que comes que el lugar de donde viene. Sin embargo, mediante una fermentación de precisión, mediante el cultivo de alimentos ricos en proteínas y grasas a partir de microbios, podemos reducir una gran parte de esa dependencia de las importaciones, ya que se puede producir con fermentación de precisión en cualquier lugar. Si utilizas, por ejemplo, bacterias que consumen hidrógeno o metanol, no necesitas ninguna importación importante, puedes configurarla de forma independiente. Todo lo que necesitas es una fuente de energía, y si tienes luz solar, tienes una.

El 70% de las tierras de labranza está en manos del 1% de agricultores, ganaderos o los inversores que las gestionan. Parece que la tierra es el nuevo El Dorado y que la propiedad pública, o colectiva, no está en el orden del día.

Ha habido un acaparamiento masivo de tierras a nivel mundial y una financiarización de la tierra, y ahora hemos visto cómo los fondos soberanos, el capital privado y los fondos de cobertura se están apoderando de más y más tierras. Y estos fondos no tienen ningún interés en proteger esa tierra ni ese el suelo. Solo quieren devoluciones del 10% o más. Así que estrujan la tierra lo más fuerte posible para conseguir esos retornos. Luego, si deja de ser productiva, simplemente se desharán de ella y pasarán a la siguiente fuente de ganancias. Este es un modelo de negocio muy peligroso y supone una enorme amenaza tanto para la protección del mundo viviente como para nuestros medios de alimentación.

El sistema mundial de alimentos está hoy altamente industrializado e interconectado, pero no parece que lleve bien los cambios bruscos. Hablas de falta de resiliencia.  ¿Nos estamos aproximando a un punto de inflexión en el que una perturbación o turbulencia puede desmoronar todo el sistema?

Hay muchas pruebas que sugieren que el sistema financiero y alimentario se encuentran en una situación similar a la del sistema financiero en los años inmediatamente anteriores a 2008. Hay problemas muy similares en términos de la concentración empresarial extrema, sincronización de las estrategias corporativas, eliminación de la capacidad excedentaria del sistema y eliminación de los sistemas de respaldo. Todo se parece mucho al problema que aquejó al sistema financiero. Y esa es una situación extremadamente peligrosa, porque si el sistema financiero se derrumba, miles de millones de personas sufrirán mucho. Pero si el sistema alimentario deja de funcionar bien, va a ser inimaginablemente peor que eso. Si bien los gobiernos pudieron rescatar el sistema financiero con dinero del futuro, no se puede rescatar el sistema alimentario con alimentos del futuro.

La dieta del planeta se está estandarizando. ¿Es un error que comamos todos lo mismo?

Esta es una de las cosas que hace que el sistema alimentario sea menos resiliente. Estamos convergiendo muy rápidamente y todos comemos básicamente el mismo alimento. Personas de una misma clase social, estén donde estén en el mundo, ahora siguen una dieta mucho más similar a la que solían comer. Nuestra comida se ha vuelto más diversa a nivel local. Si vas a la tienda, verás una variedad mucho mayor de alimentos en ella. Sin embargo, es menos diversa a nivel mundial. Alguien del otro lado del mundo irá a su tienda y verá una variedad de alimentos muy similar a la que ves en la tuya.

El problema que cuentas en el libro sobre la contaminación del río Wye por los excrementos y excedentes de la granjas es un viejo conocido en España. La proliferación de macrogranjas, especialmente porcinas, ha hecho que la mitad de los acuíferos del país estén contaminados por nitratos, entre multitud de problemáticas. ¿La ganadería extensiva es la solución? ¿O no hay otra que dejar de comer carne, o al menos consumir menos?

No hay manera de que todo el mundo siga consumiendo los niveles actuales de productos ganaderos.  Simplemente no hay forma en que el planeta pueda soportarlo. Se hizo un estudio en los Estados Unidos sobre lo que pasaría si hiciéramos lo que los chefs y escritores gastronómicos famosos nos dicen que hagamos: que pasásemos de la producción intensiva de carne de vacuno a la producción extensiva o, por decirlo con otras palabras, pasar de esos horribles lotes de alimentación alimentados con maíz a la cría de ganado. Sin embargo, descubrieron que se necesita un 270% más de tierra. Así que tendrías que talar todos los bosques de los Estados Unidos, drenar todos los humedales, regar todos los desiertos, destrozar el conjunto de los parques nacionales y destruir todas las ciudades, y seguirías necesitando importar de Brasil. Simplemente, no tenemos suficiente espacio en la tierra para producir ganado de esa manera. Por otro lado, la ganadería intensiva tiene unos efectos devastadores, como estáis viendo en España en la actualidad. La ganadería es la principal causa de uso de la tierra en la Tierra, con mucha diferencia y, como resultado, es la principal causa de destrucción del hábitat en la Tierra.

Hablas de maquinaria pesada que compacta el suelo y lo hace improductivo, pesticidas, fertilizantes y herbicidas que dañan los microbios que lo enriquecen… ¿Cómo es posible que el modelo agrario haya evolucionado hacia unas técnicas dañinas que hipotecan la fertilidad de los suelos del futuro?

Bueno, es porque su motivación no es proteger los recursos ambientales sino el afán de lucro, el lucro de las grandes corporaciones que han desarrollado las semillas, los productos químicos agrícolas y la maquinaria, y que se han consolidado muy rápidamente. Así que ahora hay muy pocas y tienen un enorme poder de monopolio en ese mercado: han implementado el mismo sistema en todas partes. Ahora bien, es un sistema poco productivo. Un sistema con menos fines de lucro podría ser más productivo si su objetivo fuera la productividad. Ahora solo tratan de extraer la mayor cantidad de dinero posible con un enorme impacto ambiental. Y lo que debemos conseguir es lograr un alto rendimiento en todas partes pero un bajo impacto. Tenemos que limpiar las manos de la gran producción de alimentos para que la agricultura no se siga extendiendo por amplias zonas del planeta. Pero también necesitamos reducir en gran medida su impacto, reducir el uso del agua, de productos químicos agrícolas, la destrucción del suelo y todas las demás cosas dañinas que hacemos.

Pablo Rivas, coordinador de Clima y Medio Ambiente en El Salto. @PabloRCebo

Información adicional

Medio ambiente
Autor/a: Pablo Rivas
País: Inglaterra
Región: Europa
Fuente: El Salto

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