Henry Kissinger y las relaciones entre Estados Unidos y China
Richard Nixon y Zhou Enlai durante la visita del presidente estadounidense en 1972. / National Archives Museum
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El controvertido exsecretario de Estado de Nixon aboga en Beijing por el diálogo, pero los contactos bilaterales siguen marcados por una profunda desconfianza

Es inevitable asociar a Henry Kissinger, asesor de Seguridad Nacional y secretario de Estado de Richard Nixon (1969-1974) y Gerald Ford (1974- 1977), con uno de los periodos más tenebrosos y turbulentos de la diplomacia estadounidense. En muchos países, de Chile a Laos o Camboya, este controvertido Premio Nobel de la Paz sigue generando un profundo rechazo. Bernie Sanders llegó a calificarlo como uno de los secretarios de Estado “más destructivos” en la historia de Estados Unidos. Y sin embargo, en una China que siempre –ya hablemos del maoísmo, denguismo o xiísmo– ha hecho gala de una crítica feroz al belicismo imperialista estadounidense, Kissinger puede presumir de haber adquirido una llamativa condición de icono indiscutible. ¿Por qué?

En una reciente visita no anunciada a Beijing, a sus 100 años cumplidos, Kissinger ha revalidado ante los dirigentes chinos su apuesta por un enfoque pragmático de la relación bilateral, advirtiendo repetidamente sobre las consecuencias de un conflicto entre Estados Unidos y China. Con las relaciones en su punto más bajo de los últimos años, el mensaje de Kissinger, dirigido a ambas partes, suena a música celestial en la capital china. Sus autoridades enarbolan la “sabiduría diplomática” del viejo profesor de Harvard como un estilo personal que es capaz tanto de asimilar las experiencias históricas como de servir de certera guía en el complejo futuro que aguarda a las relaciones bilaterales.

Los dirigentes chinos le reconocen a Kissinger su “papel insustituible” en la mejora del entendimiento mutuo entre ambos países, ya que se le considera como un “viejo amigo”. Hace 52 años, en un punto de inflexión crucial en las relaciones sino-estadounidenses, el presidente Mao Zedong, el primer ministro Zhou Enlai, el presidente Nixon y Kissinger, haciendo gala de una notable visión estratégica, tomaron la decisión de auspiciar la cooperación entre China y Estados Unidos, abriendo el proceso de normalización de las relaciones bilaterales. Fue un momento importante en la carrera diplomática de Kissinger, quien agradeció en esta ocasión a Xi Jinping que le recibiera en el edificio Nº 5 de la Casa de Huéspedes del Estado de Diaoyutai, donde se había reunido con el entonces primer ministro chino Zhou Enlai, en 1971.

Kissinger voló en secreto a Beijing en aquel año con la misión de establecer relaciones con la China comunista, inmersa en plena y agitada Revolución Cultural. El viaje preparó el escenario para una visita histórica del entonces presidente de Estados Unidos, Richard Nixon, quien buscó dar un vuelco a la Guerra Fría con la URSS y recabar ayuda para poner fin a la Guerra de Vietnam. Las propuestas de Washington permitieron a Beijing salir de su aislamiento internacional y, a la postre, contribuyeron al ascenso de China para convertirse en una potencia manufacturera y la segunda economía más grande del mundo. Una vez que dejó el cargo oficial, Kissinger se ha enriquecido notoriamente asesorando a empresas con proyectos de inversión en China.

Al reconocer a la China comunista en 1979, la Administración estadounidense esperaba que su desarrollo económico llevara a este país hacia la democracia liberal. Haciendo balance casi 45 años después, esta ilusión, alimentada durante mucho tiempo en Washington, ahora se ha perdido. Y a Kissinger se le recrimina que aquella jugada astuta de los años setenta se haya transformado en una de las manifestaciones de ingenuidad, dicen, más elocuentes de la historia diplomática reciente de Estados Unidos. Wang Yi, el máximo responsable de la política exterior china, se lo espetó con claridad a Kissinger: “El desarrollo de China tiene una fuerte dinámica endógena y una lógica histórica inevitable. Es imposible tratar de transformar China, y es aún más imposible rodearla y contenerla.”

Pese a todo, Kissinger sigue representando una corriente pragmática en la diplomacia estadounidense que aboga por el diálogo y el contacto con China y por un tratamiento adecuado de las diferencias. Al reclamar un acercamiento entre Washington y Beijing, que siguen en desacuerdo sobre una importante variedad de temas, desde los derechos humanos hasta el comercio y la seguridad nacional, reivindica la excelencia y hasta la bondad de su legado.

En el transcurso de esta visita, Kissinger no evitó reunirse, incluso, con el ministro de Defensa, Li Shangfu, objeto de las sanciones norteamericanas en 2018 por la compra de equipamiento militar a Rusia. Ambos suscribieron la voluntad de “coexistir pacíficamente”, lo que significa que “ni EEUU ni China pueden darse el lujo de tratar al otro como adversario”.

¿Desescalada? Este viaje de Kissinger a China coincidió con la misión del enviado climático de Estados Unidos, John Kerry, y siguió a las visitas recientes de la secretaria del Tesoro estadounidense, Janet Yellen, y el secretario de Estado, Antony Blinken. Aunque apenas en un mes se han sucedido en China tres altos funcionarios estadounidenses, las relaciones bilaterales siguen marcadas por una profunda desconfianza.

Entre la larga lista de los puntos de discordia, encabezan la nómina las sanciones impuestas al sector de los microprocesadores y el aumento de la injerencia estadounidense en Taiwán. Es probable que la violenta respuesta estadounidense contra China y su contraataque obstaculicen gravemente la modernización de China y, si las cosas no salen según lo planeado para Estados Unidos, precipiten la relación en una espiral tóxica sin precedentes.

Huawei es un ejemplo del impacto de las sanciones estadounidenses. Mientras que en 2020, con un 18 por ciento de cuota de mercado, Huawei era el campeón indiscutible de los smartphones en el planeta, por encima de Apple y Samsung, sus ingresos han caído casi un tercio en 2021, lo que le ha obligado incluso a vender “Honor”, una de sus marcas de smartphones, para mantenerse a flote. En 2022, su participación global había caído al 2 por ciento. Y, a diferencia de Trump, que “solo” perseguía a empresas como Huawei, Biden apunta a todo el ecosistema de modernización industrial de China.

Al cerrar el acceso de China a la tecnología de fabricación de microchips de última generación, Washington quiere obstaculizar drásticamente sus avances en el campo de la Inteligencia Artificial y otros ámbitos del progreso científico en los que China ha logrado ya importantes éxitos.

El segundo asunto importante sobre el que Beijing exige a Washington que libere su presión, que Kissinger parece apadrinar, es el de Taiwán. Elevado por Xi Jinping a la altura de un objetivo nacional irrenunciable y cuyo valor simbólico no es negociable, el objetivo de la reunificación prima en la agenda china, cuya dirigencia se ha conjurado ante la tarea histórica de impedir el alejamiento de la isla del continente. 

Para Beijing, la actitud de Washington es una confirmación de que ya no respeta los términos de los “Tres Comunicados” emitidos conjuntamente en 1972 (Nixon y Zhou Enlai), 1979 (Carter y Deng Xiaoping) y 1982 (Reagan y Deng Xiaoping), cuyos términos estipulaban el fin de las relaciones oficiales con Taipéi y el cese gradual de la ayuda militar estadounidense a la isla. Hoy día, los estrategas chinos interpretan los grandes boquetes abiertos en el principio de una sola China como la antesala de un conflicto, al que Estados Unidos quisiera abocar al país, para reafirmar, con su victoria, la hegemonía en la región y en el mundo.

Wang Yi recordó a Kissinger que el respeto al principio de una sola China representa el santo y seña del statu quo pactado en su día sobre Taiwán, y sigue siendo el núcleo más importante y sensible de las relaciones sino- estadounidenses. 

La capacidad que Kissinger pueda tener hoy para influir en el rumbo de la política estadounidense hacia China es limitada, por más que en Beijing se alabe su punto de vista constructivo. Es más, cuanta más alabanza se haga en China hacia su persona, probablemente menos eco positivo pueda cosechar en Washington. La Casa Blanca ha definido los hipotéticos “malentendidos” que les distancian –sustentados en una concepción diferente de los valores, el sistema político y el camino de desarrollo–  en el argumento principal para el ejercicio de una hostilidad que a todas luces es harto conveniente para el propósito de preservar su liderazgo global.

Con seguridad, en los años setenta del pasado siglo esas diferencias, más acusadas aún, existían igualmente. El apogeo de la Guerra Fría operó el milagro. Xi Jinping recordó a Kissinger que, como antaño, “el orden internacional está experimentando un cambio enorme”. Una “nueva era” se está gestando, pero no se descarta del todo una vuelta a aquella dinámica diabólica.

Evitar la confrontación

Evitar la confrontación es el mantra que Kissinger recita a uno y otro lado del Pacífico. A algunos le suena a otra época, pero ciertamente incorpora una reflexión actual sobre el verdadero interés nacional de Estados Unidos, cuya esencia no radicaría en el conflicto, que “no conducirá a ningún resultado significativo para ambas sociedades”, asevera, sino en una gestión compartida de los desafíos. En 2013, Xi formuló la idea de construir un nuevo tipo de relación entre potencias, quizá pensando en establecer una aceptación recíproca de un duopolio de dos potencias rivales. A Kissinger podría valerle la fórmula si así la relación ganara en estabilidad. Sin embargo, todo indica que aún estamos lejos de colmar su obsesión por hacerla siquiera más predecible. 

Por Xulio Ríos, asesor emérito del Observatorio de la Política China. 

Información adicional

Autor/a: Xulio Ríos
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Fuente: Público

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