La detención de Fernando Cerimedo en Bolivia –el operador digital de Javier Milei, señalado ahora por el intento de feminicidio de su ex pareja, la abogada Nadia Beller– destapó una red de campañas digitales tejida desde Miami y Washington, dedicada a instalar y sostener figuras de ultraderecha en los procesos electorales de América Latina.
Que las derechas hagan política también a través de la violencia, la desin formación e incluso el lawfare no es ninguna novedad. Tampoco lo es que Estados Unidos y otras potencias occidentales busquen incidir en los procesos políticos latinoamericanos: ha sido una constante histórica de siglo y medio. Las herramientas cambian –de la intervención militar y la diplomacia del dólar a las granjas de bots y las consultorías digitales–, pero el patrón no. Y mucho antes de Twitter y de Cerimedo, las derechas controlaron históricamente los grandes medios de comunicación de la región. Todo esto hay que entenderlo, documentarlo, denunciarlo. Pero convertirlo en explicación fundamental –y aun más, principal– de las derrotas de las izquierdas es un error que nos exime demasiado fácil de la autocrítica y la reflexión profunda que necesitamos.
El caso Cerimedo ha reactivado, con razón, el llamado a estudiar a las derechas y ultraderechas. En México, voces del gobierno, de Morena y de medios de comunicación alternativos han insistido en entender de dónde vienen estos actores y cómo operan. Es una tarea legítima. El problema es si ese enfoque deja intacta la pregunta más incómoda, la que las izquierdas rara vez nos hacemos: ¿por qué nuestras sociedades están dispuestas a escuchar y asimilar esos discursos? Ningún aparato externo, por sofisticado o poderoso que sea, siembra en suelo estéril. Cerimedo y sus semejantes no crean el malestar social: lo encuentran ya ahí, disponible, y le dan cauce. La pregunta que corresponde a las izquierdas no es sólo cómo opera el adversario, sino por qué ese malestar ya no encuentra reconocimiento y propuestas convincentes en nuestros propios proyectos políticos.
Gramsci pensó este problema desde la derrota, no desde la erudición. Vio cómo el Partido Socialista Italiano, tras las ocupaciones fabriles del bienio rojo de 1919-1920, fue incapaz de traducir esa fuerza obrera en poder político real, y cómo ese vacío abrió el camino al escuadrismo fascista. La violencia escuadrista y el aparato de propaganda del fascismo fueron reales e innegables –no fueron un espejismo ni una coartada retrospectiva de la izquierda–, pero operaron sobre, y se sirvieron de, la inoperancia de la izquierda organizada y los espacios que había dejado abiertos. El fascismo no derrotó a un movimiento obrero fuerte y cohesionado: se asentó en el lugar que la izquierda ya no era capaz de ocupar. Algo comparable ocurrió en Alemania, donde la división de las izquierdas permitió que la propaganda de Goebbels y la violencia de las tropas de asalto nazis encontraran, en el malestar obrero, un terreno ya abandonado por sus propios partidos.
La frase de Gramsci sobre la crisis –“lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer; en este interregno surgen los fenómenos mórbidos más variados”– describe con precisión inquietante nuestro presente. Los grandes partidos históricos de la izquierda latinoamericana se han erosionado. Como en otros países y partidos, el PT brasileño, uno de los casos más emblemáticos de la región, dejó de producir pensamiento propio y alternativo. Los grandes referentes de izquierda se han diluido en la construcción de coaliciones electorales pragmáticas –alianzas amplias que desdibujan la identidad política– y en proyectos de gobierno cada vez más acotados. Basta mirar los nombres que se dan a sí mismas: Alianza por la Vida (Colombia), Sigamos Haciendo Historia (México), Brasil da Esperança, Fuerza Patria (Argentina), son denominaciones tan ambiguas que bien podrían corresponder a formaciones de derecha. Son partidos que ganan elecciones y administran el Estado, pero que ya no disputan el sentido común ni encarnan un proyecto histórico transformador.
Estudiar a la derecha es necesario. Pero si ese estudio no viene acompañado de una autocrítica igualmente rigurosa sobre nuestra propia inserción –o falta de ella– en la vida de nuestras sociedades, corremos el riesgo de convertirnos en analistas expertos de nuestra propia derrota. Las izquierdas latinoamericanas necesitamos entender por qué nuestros partidos menguan, por qué nuestros liderazgos no se renuevan, por qué las organizaciones y muchos de sus dirigentes se corrompen al llegar a los gobiernos, por qué nuestro discurso suena a administración y no a proyecto.
Eso exige recrear los programas políticos, superar el clientelismo, volver a caminar los barrios y los centros de trabajo con propuestas concretas, no sólo con denuncias; formar nuevos cuadros e intelectuales orgánicos capaces de traducir la experiencia popular en política, en lugar de repetir consignas heredadas o reducirse a la aritmética de coaliciones; y disputar activamente el sentido común –la igualdad, la seguridad, la dignidad del trabajo, el futuro de los jóvenes– en lugar de cederlo a quien tenga más recursos para capturarlo primero. Cerimedo será procesado y probablemente condenado. Pero mientras las izquierdas no resuelvan su propia crisis orgánica, el vacío que él y otros como él explotan seguirá ahí, esperando al siguiente operador.
27 de agosto de 2026


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