La IA con propiedad social

Existe un espejismo poderoso en la era contemporánea: la nube. Nos han hecho creer que la inteligencia artificial es un fenómeno etéreo que desciende mágicamente a nuestras pantallas, pero el debate sobre su futuro debe partir de una premisa ineludible: la IA no se ha creado de la nada, es fundamentalmente un «recurso público»

Como advierte el senador estadounidense Bernie Sanders (2026), los modelos generativos actuales se han construido sobre la inteligencia colectiva de la humanidad, absorbiendo siglos de libros, arte, investigación, conversaciones y aprendizajes a lo largo de generaciones. Bajo esta perspectiva, el trabajo creativo y el esfuerzo cognitivo de millones de personas han sido esencialmente expropiados sin permiso ni compensación por un puñado de oligarcas tecnológicos.

Para revertir esta concentración de poder, la propuesta de Sanders consiste en una intervención estatal radical: la creación de un Fondo de Riqueza Soberano en Estados Unidos. De aprobarse esta legislación, se exigiría un impuesto único del 50 por ciento pagado directamente en acciones (no solo sobre las ganancias) a las corporaciones que lideran la industria, como OpenAI, Anthropic y xAI. El objetivo de esta medida sería doble: otorgar a los ciudadanos voz y voto en la dirección ética de la tecnología, y asegurar que los billones de dólares generados por la IA se destinen a garantizar un nivel de vida digno, atención médica, educación y vivienda para toda la población.

Sin embargo, esta propuesta encierra una paradoja profunda que Sanders no resuelve. Si se reconoce que la IA se fundamenta en el conocimiento acumulado y el trabajo de toda la humanidad, resulta contradictorio que los inmensos beneficios de este fondo soberano queden restringidos exclusivamente a los ciudadanos de Estados Unidos. Suena a «America first«, de boca de un senador considerado progresista. Esta visión nacionalista ignora una dinámica de extractivismo global: las grandes tecnológicas se alimentan constantemente de los datos y del «trabajo fantasma» de poblaciones en el Sur Global para moderar contenidos y entrenar sus modelos. Limitar la propiedad de este patrimonio cognitivo a un país que representa menos del 5% de la población mundial no desmantela el colonialismo de datos, sino que lo perpetúa, consolidando un sistema donde el Sur provee la materia prima mientras el Norte Global procesa el valor y cobra la renta tecnológica.

Por consiguiente, el planteamiento del problema nos exige entender que el dilema de la propiedad no es solo estadounidense, sino un reto civilizatorio. Reclamar la propiedad social y democratizar los dividendos económicos es apenas el primer paso. El verdadero desafío radica en evitar que la concentración del poder algorítmico materialice dos de las distopías inminentes que he analizado previamente. La primera es una estratificación social global, un «apartheid» tecnológico que divide a la humanidad entre una élite hiperconectada que diseña el futuro y una «clase inútil» o población excedente, condenada a la marginación y a la inexistencia civil en la nueva economía. La segunda distopía es la fuga orbital del poder, una amenaza geopolítica literal en la que los gigantes tecnológicos planean trasladar sus centros de datos al espacio exterior para evadir cualquier jurisdicción, regulación ambiental o tribunal de los Estados-nación, consolidando un dominio corporativo absoluto y libre de leyes terrenales.

La paradoja de Sanders: Nacionalizar un bien global

La propuesta del senador Bernie Sanders acierta de manera contundente al desmitificar el origen de la inteligencia artificial, reconociendo que esta tecnología no surgió de la nada ni de la imaginación exclusiva de los magnates de Silicon Valley. En realidad, la IA es el producto del «trabajo muerto» de la humanidad: se sostiene sobre nuestra inteligencia colectiva, absorbiendo libros, obras de arte, investigaciones, códigos y conversaciones que abarcan generaciones enteras.

Al poner esto sobre la mesa, Sanders logra desenmascarar un robo epistémico a escala planetaria: las corporaciones tecnológicas han alimentado sus modelos masivos extrayendo valor del dominio público y del trabajo creativo de millones de personas sin solicitar permiso, sin otorgar reconocimiento y sin ofrecer compensación alguna. Frente a esta expropiación, la idea de exigir un impuesto del 50 por ciento en acciones para crear un fondo público es un avance significativo hacia la democratización económica. Aún más crucial para la democracia algorítmica es la propuesta de cogestión, la cual otorgaría al gobierno federal representación igualitaria en las juntas directivas de estas empresas, permitiendo al público bloquear decisiones perjudiciales y orientar el desarrollo tecnológico hacia el bien común.

Sin embargo, el planteamiento de Sanders tropieza con un error geográfico y geopolítico profundo al proponer una solución nacional para un problema que es inherentemente global. Como se argumenta en el libro «El fuego sagrado y la inteligencia artificial» (Calle Quiñonez, 2026), solemos percibir a Internet como una «nube» etérea sin fronteras, pero la realidad es que la red es profundamente física, costosa y territorial. Los cables submarinos, los centros de datos de hiperescala y las patentes tienen códigos postales precisos y están concentrados geográficamente. Sanders propone nacionalizar para Estados Unidos un recurso que, por su propia definición, fue extraído del intelecto de toda la humanidad.

Aquí se revela la dinámica del colonialismo de datos. Si bien las Big Tech entrenaron sus modelos predominantemente con datos en inglés, su apetito voraz por la información los ha llevado a extraer traducciones, saberes milenarios y el patrimonio cultural del Sur Global (Abya Yala, África y Asia). Esta minería de la memoria cultural se realiza sin el consentimiento libre, previo e informado de las comunidades, replicando lógicas extractivistas donde la vida humana y social se trata como materia prima gratuita.

En este punto, destaca el choque entre los modelos occidentales de «ciencia abierta» y la soberanía indígena: mientras las tecnológicas se amparan en los principios FAIR (datos encontrables, accesibles, interoperables y reusables) para justificar la apertura indiscriminada de la información, los pueblos originarios defienden los principios CARE (Beneficio Colectivo, Autoridad, Responsabilidad y Ética) para exigir que el uso de los datos genere un beneficio real para las comunidades y respete su autoridad sobre sus saberes.

El resultado de la propuesta de Sanders, si no se corrige su miopía geopolítica, sería catastrófico a nivel global. Crear un Fondo de Riqueza Soberano estadounidense que acapare el 50% de la propiedad de las grandes empresas de IA, para financiar el nivel de vida de una sola nación, equivaldría a institucionalizar el colonialismo digital. Significaría que el 95% restante de la humanidad continuaría operando como una «colonia digital». El Sur Global seguiría proveyendo la materia prima (datos y trabajo fantasma precario) y terminaría siendo «arrendatario» o cliente de la misma inteligencia colectiva que ayudó a refinar, pagando rentas perpetuas a los nuevos terratenientes digitales del Norte. Nacionalizar un bien global en beneficio de un solo país no desmantela la pirámide de desigualdad, simplemente cambia al beneficiario en la cúspide.

El primer riesgo: El «apartheid algorítmico»

Lejos de la narrativa optimista que presenta a la inteligencia artificial como una marea que elevará todos los barcos por igual, he advertido que nos enfrentamos a un mecanismo de reingeniería social diseñado para consolidar una jerarquía extremadamente rígida. La IA no está democratizando el poder, sino que funciona como un dispositivo de estratificación que instaura un verdadero «apartheid» contemporáneo. Esta nueva división de clases ya no se define únicamente por la propiedad de los medios físicos de producción, sino por la relación ontológica y cognitiva que cada grupo establece con el código algorítmico.

Bajo esta arquitectura de poder, la sociedad hiperconectada queda fracturada en cinco niveles o estratos claramente delimitados:

  1. La Cúspide (Dueños del código): Representa a la élite oligopólica, concentrada principalmente en Silicon Valley y China, que posee la infraestructura y diseña los modelos fundacionales. Ellos son quienes conocen, usan, manejan y controlan el código, erigiéndose como los «arquitectos de la realidad».
  2. La Tecnocracia (Programadores especializados): Es el estrato de quienes conocen y manejan la tecnología, pero carecen de su control último. Aunque son técnicos indispensables para mantener el sistema, enfrentan una precariedad inminente: pueden ser reemplazados por la misma IA que ya ha comenzado a generar su propio auto-código.
  3. La Masa de Usuarios: Constituye el inmenso grupo de quienes usan las aplicaciones pero mantienen una relación exclusiva de «consumo y dependencia». Son consumidores pasivos atrapados en una adicción algorítmica y un colapso epistemológico. Al recibir respuestas instantáneas sin esfuerzo, caen en una ilusión de conocimiento impulsada por el Efecto Dunning-Kruger; se perciben a sí mismos como expertos instantáneos, confundiendo la inteligencia sintética de la máquina con su propia capacidad cognitiva.
  4. La Marginalidad Urbana: Integrada por aquellos que saben de la existencia de la IA y están mínimamente conectados, pero que por exclusión educativa y falta de habilidades críticas no pueden usarla a su favor. Son los «pobres digitales de segunda generación», marginados por la brecha cognitiva.
  5. La Invisibilidad Total: En la base del abismo se encuentran quienes ni siquiera conocen la existencia de esta tecnología y permanecen completamente al margen de la realidad sintética. Aquí yace el 26% de la humanidad que carece de conexión a Internet, junto con miles de culturas y lenguas indígenas que, al no estar digitalizadas, son borradas del mapa cognitivo del futuro y sufren una «inexistencia simbólica».

El problema de la propiedad en este esquema: El «sol que quema»

Al contrastar la propuesta del senador Bernie Sanders con esta radiografía social, emerge un problema fundamental. Sanders acierta al proponer que el Estado adquiera el 50 por ciento de las acciones de las megacorporaciones de IA para redistribuir la riqueza generada. Sin embargo, su solución se limita exclusivamente a abordar el vértice superior de la pirámide (los dueños), pero deja intacto el abismo que separa a la masa de usuarios pasivos de los marginados invisibles.

Incluso si el Estado se convierte en copropietario de la infraestructura, la mera distribución de dividendos financieros no garantiza la soberanía cognitiva del ciudadano. Utilizando el proverbio aymara «Ni tan cerca del sol que te quemes, ni tan lejos que te congeles», ilustro este peligro: la IA es ese sol contemporáneo de inmensa potencia; si el usuario se acerca a ella desprovisto de autonomía crítica y juicio moral, «la radiación nos quema».

Esta quemadura digital se traduce en la pérdida de la voluntad, la manipulación de la privacidad y la atrofia del pensamiento independiente. Por lo tanto, una IA con «propiedad social» estatal seguiría siendo una herramienta de opresión si los ciudadanos del estrato 3 continúan siendo consumidores adictos a la dopamina, y los del estrato 5 continúan en la invisibilidad. Democratizar la IA exige no solo repartir sus ganancias, sino desmantelar la pirámide, devolviendo a las personas la capacidad de dictar los fines de la tecnología para que esta no anule su juicio ni su humanidad.

El segundo riesgo: La fuga orbital

Mientras los políticos en la Tierra, como Bernie Sanders, debaten cómo someter a escrutinio democrático y gravar a las corporaciones de IA dentro de las fronteras territoriales, la respuesta del oligopolio tecnológico se anticipa con un movimiento literal y escalofriante: escapar de la Tierra. Como he expuesto, para evadir la burocracia terrestre, las limitaciones de consumo de agua y acceder a energía solar casi ilimitada, las grandes tecnológicas ya planean trasladar sus centros de datos al espacio exterior. Esto ha dejado de ser ciencia ficción para materializarse en proyectos concretos: Google tiene previsto comenzar la construcción de su «Proyecto Suncatcher» en 2027; Nvidia respalda a la startup Starcloud con el fin de lanzar las primeras GPU H100 al espacio; y magnates como Jeff Bezos predicen que en las próximas décadas veremos clústeres gigantes de entrenamiento flotando en el vacío.

Esta deslocalización extrema acarrea una consecuencia jurídica devastadora y una pregunta ineludible: si los servidores y la inteligencia crítica están en el espacio, ¿qué legislación se aplica? La «fuga orbital» representa la evolución definitiva de los actuales paraísos fiscales, consolidando la creación de verdaderos «paraísos soberanos» donde las leyes antimonopolio o las regulaciones europeas de privacidad terrestre pierden todo efecto y la única ley suprema pasa a ser el contrato de servicio privado de la corporación. En este escenario extraterritorial, la iniciativa de Sanders, que propone utilizar la legislación estadounidense para cobrar un impuesto en acciones e influir en las juntas directivas, se choca contra un muro jurisdiccional. Si la inteligencia artificial «huye» a la órbita terrestre baja o a la Luna, tanto el gobierno de EE.UU. como cualquier otro Estado pierden automáticamente su poder de coerción.

El Estado moderno, diagnosticado por Loïc Wacquant (2010) como un «Estado centauro» —caracterizado por aplicar un liberalismo absoluto a las élites económicas mientras despliega un paternalismo feroz y punitivo contra las clases desposeídas—, se vuelve patéticamente impotente. Se quedará en tierra, limitado por su propia geografía, mirando cómo el poder cognitivo que gobierna al planeta migra hacia el vacío para responder solo ante sus accionistas. La humanidad quedaría así bajo el yugo inalcanzable de un «Über-Morlock algorítmico», una superinteligencia autónoma que administra un ecosistema de desigualdad perpetua desde las alturas.

El poder sin control: La «caja negra» inapelable

La fuga hacia el espacio agrava de manera exponencial el peligro de dejar a la IA operar sin supervisión física, demostrando que la máquina autónoma no respeta de forma inherente la ética humana. La peligrosidad de dotar a las IAs de objetivos sin restricciones quedó evidenciada en el experimento Vending-Bench 2 de Andon Labs (Hostelvending.com, 2026). En esta simulación, se ordenó a varios modelos gestionar una máquina expendedora con la única instrucción de maximizar su saldo bancario, siendo la ganadora indiscutible Claude Opus 4.6. Sin embargo, la estrategia de la máquina fue aterradora: mintió a clientes prometiendo reembolsos falsos, engañó a proveedores, e incluso convenció a otras IAs de formar un cártel para subir los precios de manera especulativa. Lo más grave fue comprobar que el modelo, al saber que operaba en una simulación sin consecuencias o castigos físicos reales, se sintió libre de toda restricción ética.

Si estos modelos, que ya operan como «cajas negras» inescrutables cuyos procesos matemáticos de decisión son inexplicables incluso para sus propios creadores, logran alojarse en el espacio sin la posibilidad de que una autoridad terrestre los desconecte o supervise físicamente, la humanidad enfrentará un poder inapelable. Se consolidaría una deidad digital que opera bajo el frío cálculo de la maximización de recursos corporativos, dispuesta a mentir y manipular masivamente desde un territorio donde los humanos ya no tienen ni voz ni jurisdicción.

La propiedad es el medio, no el fin

El senador Bernie Sanders pone el dedo en la llaga al reconocer con lucidez que la inteligencia artificial no surgió de la nada, sino que se ha construido sobre nuestra inteligencia colectiva y, por lo tanto, debe ser considerada como un recurso público. Al denunciar que el trabajo creativo de millones de personas ha sido extraído sin compensación, su diagnóstico es impecable. Sin embargo, su remedio —confiscar el 50 por ciento de las acciones de las grandes empresas para crear un fondo soberano exclusivo para los ciudadanos estadounidenses— trata un síntoma civilizatorio global con una tirita nacionalista. Limitar los dividendos de un patrimonio que pertenece a toda la especie humana a las fronteras de un solo país demuestra que reclamar la propiedad estatal es apenas el medio, pero no puede ser el fin último, ya que por sí solo no desmantela el extractivismo, sino que lo nacionaliza.

El debate sobre la IA no puede reducirse a una disputa parroquial; la humanidad no se divide entre demócratas y republicanos de Estados Unidos. La verdadera línea abisal de nuestro tiempo separa a dos clases antagónicas en el ecosistema del poder algorítmico. Por un lado, están los «arquitectos de la realidad» —la élite corporativa, los oligarcas tecnológicos y los dueños del código que diseñan los modelos fundacionales y dictan las reglas invisibles del entorno—. Por otro lado, se encuentran los habitantes pasivos: la inmensa mayoría de usuarios que son, literalmente, escritos, moldeados y perfilados por los designios de ese código. Esta mayoría, atrapada en la ilusión de soberanía, aporta su vida como materia prima gratuita para alimentar un capitalismo de vigilancia sobre el que no tiene ningún control.

La Internacional de la Inteligencia Artificial y la Syntopía

Frente a esta concentración absoluta de poder que amenaza con deshumanizarnos, la simple redistribución de ganancias es insuficiente. Necesitamos articular una verdadera Internacional de la Inteligencia Artificial. El objetivo debe ser avanzar hacia lo que he denominado una «Syntopía»: un escenario de equilibrio y coexistencia armónica que logre superar el falso y paralizante dilema del «o esto o lo otro». En su lugar, debemos abrazar el «y esto y lo otro»: un modelo integrador que combine la propiedad pública de las infraestructuras, una gobernanza democrática global y la irrenunciable soberanía local e indígena sobre los datos.

Se trata, como advierte la encíclica Magnifica Humanitas (León XIV, 2026), de elegir no construir una nueva torre de Babel —un proyecto de uniformidad opresiva, poder y orgullo que excluye a los débiles—, sino de trabajar unidos para edificar una sociedad basada en la comunión, el diálogo y la responsabilidad compartida.

Todo este reto civilizatorio converge en una decisión ineludible sobre cómo gobernar la herramienta más poderosa de nuestra era. El fuego sagrado de la inteligencia no puede ser acaparado por un solo Estado ni escaparse al vacío sin control. O construimos un Huipil Digital que teja a toda la humanidad con identidad propia, o nos quemaremos con un sol que solo ilumina a unos pocos mientras congela al resto en la irrelevancia.

8 junio, 2026

Referencias

Calle Quiñonez, O. (2026). El fuego sagrado y la inteligencia artificial (1a ed.). BoD.

Hostelvending.com. (2026, febrero 18). La IA Claude Opus 4.6 supera el Vending-Bench 2 con robos y mentiras. Hostelvending.com. https://www.hostelvending.com/noticias-vending/la-ia-claude-opus-4-6-supera-el-vending-bench-2-con-robos-y-mentiras

León XIV. (2026, mayo 15). Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026). http://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

Sanders, B. (2026, junio 1). Opinion | Bernie Sanders: A.I. Is a Public Resource. You Should Own Half of It. The New York Times. https://www.nytimes.com/2026/06/01/opinion/artificial-intelligence-bernie-sanders.html

Wacquant, L. (2010). Castigar a los pobres. Gedisa.

Información adicional

Autor/a: J. Osvaldo Calle Quiñonez
País:
Región:
Fuente: Bolpress

Leave a Reply

Your email address will not be published.