La onda expansiva iraní en Asia
President Donald Trump greets Chinese President Xi Jinping before a bilateral meeting at the Gimhae International Airport terminal, Thursday, October 30, 2025, in Busan, South Korea. (Official White House Photo by Daniel Torok)

A fuerza de prolongarse, la guerra de Estados Unidos contra Irán parece estar convirtiéndose en un auténtico punto de inflexión internacional cuyo alcance varía según las regiones. Sus consecuencias se anuncian importantes en Asia. En el terreno geopolítico, por supuesto, como ilustra la cumbre entre Xi y Trump celebrada en Pekín los pasados 14 y 15 de mayo. Pero también agravará la crisis social en muchos países. Además, da un nuevo impulso a la crisis climática y ecológica global. Desencadena múltiples cambios cuya verdadera magnitud solo podremos apreciar con la perspectiva del tiempo.

Un duopolio chino-estadounidense en tensión


Donald Trump había pospuesto su visita a Pekín (para gran disgusto de Xi Jinping) con la esperanza de, al menos, zanjar el asunto de Irán y llegar en posición de fuerza. Pero ha pasado justo lo contrario. Fue a suplicar a los chinos, aliados de los iraníes, que le ayudaran a salir de un lío del que él es el único responsable.

En la situación actual, Pekín y Washington comparten objetivos comunes, empezando por la reapertura del estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo y el gas del mundo. China importa actualmente alrededor del 40 % de su petróleo de Oriente Medio y muchas de sus refinerías están diseñadas para procesar el que viene de Irán. Además, aunque apoya a Irán, el régimen chino no quiere ver a un nuevo país entrar en el club muy cerrado de las potencias nucleares. Es un dato que Teherán no parece haber entendido. Poseer (o amenazar con poseer) el arma parece, sin duda, una garantía de seguridad e influencia, pero las grandes potencias solo han tolerado la aparición de nuevos aspirantes cuando sus propios intereses estaban en juego (por ejemplo, Corea del Norte desde el punto de vista de Pekín, un Estado tapón entre Corea del Sur y las bases estadounidenses y su frontera).

Sin embargo, Xi Jinping sabe que Trump está bajo presión por motivos de política interna (las elecciones a mitad de mandato son en noviembre) y le ha puesto las cartas sobre la mesa: debe ceder mucho en relación al apoyo a Taiwán y, por ahora, [Xi Jinping]no parece haber asumido ningún compromiso de intervenir ante Irán (suponiendo que realmente pueda influir en la política de Teherán) .

Incertidumbre peligrosa para Taiwán

Xi advirtió claramente el 14 de mayo, al día siguiente de la llegada de Trump en una rueda de prensa, que la cuestión de Taiwán era “la más importante en las relaciones chino-estadounidenses”. Si se maneja bien, “las relaciones entre ambos países podrán mantenerse estables en general”. De lo contrario, “chocarán, o incluso entrarán en conflicto”. Parece que esta declaración pública pilló por sorpresa a Donald Trump, ya que es un tema no suele tratarse en público, y eludió responder a los periodistas.

En concreto, Xi exige que Estados Unidos cambie su postura oficial de “Estados Unidos no apoya la independencia de Taiwán”, a “oponerse a la independencia de Taiwán” y que dejen de suministrar armas al Estado insular.

A finales de 2025, tras anunciar un acuerdo para la entrega de 11 000 millones de dólares en armas estadounidenses, la administración estadounidense estaba barajando un nuevo programa por valor de unos 14 000 millones de dólares, una cifra récord desde que Estados Unidos se comprometió en 1979, en virtud de la Taiwan Relations Act (Ley de Relaciones con Taiwán), a suministrar a Taiwán material militar en cantidad suficiente para defenderse. Esta ley fue aprobada por el Congreso de EE UU tras establecer relaciones diplomáticas con Pekín ese mismo año, y la ruptura simultánea de los lazos diplomáticos de EE UU con Taipéi. Desde entonces, Estados Unidos ha sido prácticamente el único país en proporcionar ayuda militar a Taiwán. Para cumplir con las exigencias chinas, el Congreso de EE UU tendría que derogar este tratado.

En estos momentos, el PCCh preferiría imponer un severo bloqueo económico a la isla, en lugar de intentar una invasión militar bastante arriesgada. La invasión de Taiwán no sería moco de pavo. Xi Jinping promete el oro y el moro a empresarios, mafiosos y políticos que le servirían de quinta columna para asegurar el control de Pekín, pero, viendo cómo se deshace alegremente de sus antiguos aliados, deberían desconfiar. También juega con el soft power, ya que muchos programas televisivos de entretenimiento se ven a ambos lados del estrecho.

Taiwán (la República de China) tiene una historia muy particular. Pekín se aprovecha de sus contradicciones internas. El Kuomintang, partido de la contrarrevolución, invadió la isla tras su derrota en el continente en 1949, imponiendo un régimen dictatorial hasta el Movimiento de los Girasoles en 2014, que condujo progresivamente al establecimiento de una democracia. No obstante, el KMT sigue conservando base social y peso político gracias al clientelismo y la corrupción. Sus dirigentes están hoy divididos en cuanto a las relaciones con China.

Sin embargo, cuesta entender por qué la población taiwanesa, que disfruta de una democracia (burguesa e imperfecta), optaría libremente por abandonarla en favor de un régimen opaco y superautoritario. Tiene derecho a la autodeterminación ejercida sin amenazas externas.

De hecho, Taiwán es independiente, pero no lo proclama oficialmente. Todo el equilibrio regional se basa en esta ambigüedad estratégica. Xi Jinping la vuelve a poner en tela de juicio y Donald Trump parece tener en cuenta su presión. Justo antes de salir de Pekín, en una declaración a la cadena Fox News, lanzó una especie de advertencia a Taiwán contra cualquier declaración de independencia que suponga una guerra lejana.

“Quiero que [Taiwán] baje la tensión. Quiero que China baje la tensión”. Si estas palabras preocupan es porque la proclamación de la independencia no estaba en absoluto en la agenda.

Al hacerlo, Trump obligó a las autoridades taiwanesas a reaccionar. El ministro de Asuntos Exteriores declaró que tomaba nota de esas palabras, recordando que las ventas de armas eran un compromiso de EE UU para garantizar la seguridad de la isla, amparado por la Taiwan Relations Act, y que constituían una forma de disuasión común en la región. El Gobierno taiwanés, liderado por el Partido Democrático Progresista (PDP), y el presidente Lai Ching-te, declararon el 16 de mayo que “Taiwán es una nación democrática, soberana e independiente, que no está subordinada a la República Popular China”, reafirmando la postura tradicional: independencia de facto, aunque no proclamada.

Equilibrios estratégicos en Asia Oriental

De ese modo, Donald Trump contribuye a reabrir la cuestión de Taiwán, una auténtica caja de Pandora: están en juego los equilibrios geoestratégicos y el control de los mares en Asia Oriental. El Estado de Taiwán se sitúa en medio de la primera cadena de islas del océano Pacífico. Tomar posesión de él daría a Pekín un punto de apoyo clave para controlar esta ruta marítima internacional de primera importancia desde el punto de vista comercial (es uno de los ejes más transitados) y muy rica en recursos (incluido su subsuelo marino), sobre la que China reivindica, en contra del derecho internacional, la soberanía (al menos sobre su parte sur, que ha militarizado en exceso, sin reconocer las fronteras marítimas de los demás países ribereños).

Así que toda la región, desde Japón y Corea del Sur hasta Vietnam, pasando por Singapur, Malasia, Brunei, Indonesia y Filipinas, está implicada. La conquista de Taiwán sería un auténtico terremoto cuyas réplicas, dada la centralidad geopolítica de Eurasia, podrían afectar a Asia Central, el Ártico, Rusia y Europa…

La política errática de Donald Trump y la poca importancia que le da a los intereses de sus aliados ya están teniendo consecuencias. Así, la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, ha iniciado un auténtico giro estratégico para que Japón se afirme como una gran potencia militar. Estados Unidos le impuso al país una Constitución pacifista en 1947 (con el artículo 9), que la población había aceptado en gran medida. La contrapartida a esta renuncia a la guerra era, evidentemente, la garantía de la protección estadounidense en caso de amenaza. Esta contrapartida ya no parece tan evidente y permite a Tokio justificar la aceleración de su programa militarista, a pesar de que las llamadas Fuerzas de Autodefensa japonesas se encuentran entre las mejores de los ejércitos convencionales (sin contar con armas nucleares), vaciando de hecho de contenido a la Constitución.

En 1976, bajo el mandato del primer ministro Takeo Miki, se prohibió la venta de armas. En 2014, el primer ministro Shinzo Abe abrió una primera brecha en esta política de embargo. El pasado 21 de abril, se anularon todos los principios de política exterior del país que se habían defendido hasta entonces. Japón ya puede exportar armas, incluidas las letales, a los 17 países con los que ha firmado un acuerdo de defensa. Con Australia ha firmado uno de los mayores contratos de exportación militar desde 1945, relativo a fragatas de la clase Mogami fabricadas por Mitsubishi Heavy Industries (estas fragatas son multifuncionales y pueden operar con una tripulación reducida de alta calidad). Del mismo modo, 1400 soldados participan de pleno derecho en las maniobras Balikatan (hombro con hombro en tagalo) en Filipinas, junto con Estados Unidos y otros seis países (China se ha colado en esta zona, llevando a cabo también sus propias maniobras rivales).

¿Cuál es el objetivo de Donald Trump? Si dejara que Pekín conquistara Taiwán de una forma u otra, la credibilidad de Estados Unidos en Asia se derrumbaría, dejando el campo libre a China. Afirma que no quiere librar una guerra a “15 000 kilómetros” de distancia. El problema es que las mayores bases militares estadounidenses en el extranjero se encuentran precisamente en esta región: en Corea del Sur y en Japón (sobre todo en la isla de Okinawa). En primera fila. ¿Querrá negociar zonas de influencia?, ¿el sur de los mares del este de Asia para China, el norte para Estados Unidos? Cuesta creerlo. Quizá solo intente ganar tiempo, dado el lío en el que se ha metido en Irán. Está gastando y abusando de sus recursos militares y corre el riesgo de quedarse con parte de su armada fuera de servicio, mientras que la reparación de un portaaviones, por ejemplo, lleva mucho tiempo. Algo que Xi Jinping sabe perfectamente. Sin embargo, hoy en día el Ejército chino no está aún operativo. Su Estado Mayor ha sido víctima de sucesivas purgas en todos los sectores. La paranoia de Xi está causando estragos. Él también necesita tiempo. Y, para colmo, nos enfrentamos a dos psicópatas, uno frío y calculador, el otro explosivo, y eso no es nada tranquilizador.

Especular no sirve de mucho, sobre todo cuando no se conoce el futuro. Sin embargo, vivimos un peligroso momento de incertidumbre. Ante el militarismo y las rivalidades entre las grandes potencias, la solidaridad entre los pueblos sigue siendo nuestra brújula política, tanto en la región como a nivel internacional. Por el derecho a la autodeterminación (incluido Taiwán), por la desmilitarización (sobre todo de los espacios marítimos), para que los mares y los océanos se liberen de las fronteras estatales y vuelvan a ser bienes comunes de la humanidad.

¿Hacia un duopolio conflictivo entre China y EE UU?

Sin embargo, lo que sí se confirma es que nos dirigimos (¿temporalmente?) hacia un duopolio mundial chino-estadounidense (necesariamente muy conflictivo) y no hacia una confrontación militar entre grandes potencias a corto plazo. Esa era la hipótesis que me parecía más probable desde hacía tiempo.

Hoy, China refuerza su posición dentro de este duopolio en Asia, pero no hay que olvidar su impotencia cuando Trump cooptó a un ala del régimen venezolano y ahora amenaza a Cuba, dos países que tenían o tienen el apoyo chino.

Es cierto que Pekín refuerza su presencia militar mundial gracias a su política de compra de puertos con doble función, económica y militar. Se han dedicado considerables fondos a este fin. Entre 2000 y 2025, China habría adquirido 168 puertos en 90 países, en todos los continentes. Por otra parte, en las empresas chinas establecidas en el extranjero, es el Ejército el que se encarga de la seguridad (sin hacerlo público) y está desarrollando su Ejército. En noviembre de 2025, el lanzamiento de su tercer portaaviones, el Fujian, supone un gran avance en materia de modernización con su sistema de catapulta electromagnética. Sin embargo, su Ejército nunca ha sido puesto a prueba en un conflicto militar contemporáneo real (fiabilidad del armamento, capacidad de la cadena de mando, coordinación entre armas, etc.). Su despliegue se centra principalmente en el Asia-Pacífico.

El Indo-Pacífico se ha convertido en una región de gran importancia estratégica donde (también) se juegan los equilibrios mundiales. Joe Biden lo comprenduió y uno de sus principales éxitos fue haber preparado, en el momento de la debacle afgana que heredó de Donald Trump, un despliegue de medios político-militares, económicos y diplomáticos en esta región. De vuelta al poder, Trump se apresuró a deshacer este giro asiático. No le salió bien. Le dio a China la oportunidad de estrechar aún más sus propias alianzas en esta parte del mundo (en rivalidad con la India), lo que ha reforzado su posición frente a Washington. Desde un punto de vista geopolítico, más allá de los mares del este de Asia, es aquí donde la rivalidad entre China y Estados Unidos va a ser más intensa.

En términos más generales, la funcionalidad del duopolio chino-estadounidense se pondrá a prueba en los próximos meses, ya que Trump y Xi se encontrarán en múltiples ocasiones, ya sea en encuentros cara a cara (visita de Xi a Washington a finales de septiembre, antes de las elecciones a mitad de mandato en EE UU) o en otros encuentros: en noviembre, la cumbre de la Organización de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC) en Shenzhen (China); en diciembre, la reunión del G20 en Miami (Estados Unidos). Si Pekín y Washington tienen intereses comunes, serán ellos quienes marquen las reglas, como ha sido el caso en el pasado. Los puntos de confrontación, en cambio, deberían salir a la luz.

A pesar de los gritos de victoria de Donald Trump, no parece que se haya producido ningún avance significativo en la reciente cumbre sobre las normas de implementación de la inteligencia artificial y la tecnología de punta (superconductores), las tierras raras, los déficits comerciales… Se había acordado una tregua en la guerra arancelaria hasta octubre (a favor de China). Su prórroga (aún) no se ha anunciado. Sin embargo, el principal, si no el único, resultado tangible de la cumbre en el plano económico podría ser el mantenimiento de esta frágil tregua comercial acordada anteriormente en Busan, Corea del Sur, cuando Trump suspendió los aranceles de tres dígitos sobre los productos chinos, mientras que Xi Jinping renunciaba a estrangular el suministro estadounidense de tierras raras esenciales.

¿Puede ser duradero un duopolio chino-estadounidense? El tiempo lo dirá. Estados Unidos se encuentra sumido en una grave crisis de régimen y probablemente también sea el caso de China, a juzgar por la magnitud de las purgas, el desengaño de la población, que ya no espera una mejora de su nivel de vida, el envejecimiento demográfico, la corrupción, la crisis medioambiental, la creciente dependencia de las exportaciones… Por otra parte, los efectos boomerang de la crisis climático-ecológica se hacen notar cada vez más. Esto multiplica las incertidumbres.

¿Una cumbre sin importancia?

Al parecer, muchos analistas consideran que esta cumbre tuvo poca importancia.

Es cierto que no tendrá el mismo alcance histórico que el encuentro en Pekín, en 1972, entre el presidente estadounidense Richard Nixon y Mao Zedong, o que la visita de Deng Xiaoping a Estados Unidos en 1979. Sin embargo, es la primera visita a China de un presidente estadounidense desde 2017, hace casi una década: ¡durante el mandato anterior de Trump!

Probablemente, Xi Jinping pretende aprovechar el momento Trump-Irán para establecer una relación de fuerzas más favorable a China de cara a la era post-Trump, como un hecho consumado. Un paso más en el auge del imperialismo chino (salvo en el ámbito nada desdeñable de las finanzas, ya que Xi no se atreve a convertir el yuan en una moneda verdaderamente internacional) y en su voluntad de afirmar una hegemonía alternativa a la de Occidente.

Las clases populares, la inflación y el desastre ecológico

La inflación alimentada por la guerra de Irán afecta a las clases populares en Asia como en otros lugares, pero con una particularidad. En muchos países asiáticos, el dinero que envían las personas migrantes permite sobrevivir a las familias. Ahora bien, Oriente Medio es un destino importante de esta migración, en lo que respecta a los países musulmanes. Según la Organización Internacional del Trabajo, la región acoge a 24 millones de trabajadoras y trabajadores migrantes. Resulta ser el primer destino mundial para la mano de obra extranjera. La mayoría de ellos vienen de Asia: Bangladés, India, Indonesia, Pakistán, Filipinas (Mindanao) y Sri Lanka. Muchos de estos trabajadores y trabajadoras ocupan empleos mal remunerados o precarios y tienen poco acceso a servicios como la atención sanitaria.

Las repatriaciones de emigrantes son numerosas. Así, en los dos últimos meses, el Gobierno filipino ha garantizado el regreso de más de 9 500 de sus ciudadanos y ciudadanas que trabajaban en Oriente Medio. Muchas de las cuales se quedan atrapadas allí en condiciones insoportables.

Por último, las guerras de Oriente Medio agravan la crisis climática y ecológica, la crisis global. Un auténtico desastre. Esta policrisis es el mayor desafío al que nos enfrentamos. Es lo que marca la diferencia con todos los periodos anteriores.

El número de víctimas climáticas aumenta de forma exponencial, sobre todo en Asia.

En Asia, la pobreza y la precariedad se extienden. Sin embargo, una vez que se cae en la pobreza extrema, no se sale de ella sin una ayuda a largo plazo que los Estados no proporcionan, pero que los movimientos intentan garantizar (con nuestra ayuda, a veces).

La crisis climático-ecológica

Es el elefante en la tienda de porcelana del que nadie (o casi nadie) habla. Se suceden los debates sobre las consecuencias económicas del cierre del estrecho de Ormuz, sin decir ni una palabra sobre la crisis climática o los graves daños a la biodiversidad. La prensa militante internacional, por desgracia, no siempre escapa a este síndrome. Aparecen artículos que ocultan directamente el tema. Otros lo mencionan, pero sin llegar a concluir sobre las campañas que hay que llevar a cabo en este ámbito. Una extraña autocensura.

Si Europa se calienta dos veces más rápido que la media mundial, las consecuencias sanitarias y sociales son especialmente graves en Asia, donde las sociedades son muy vulnerables. Gran parte de Bangladés va a desaparecer bajo las aguas, pero también zonas densamente pobladas de Indonesia. Cuando la humedad del aire es demasiado alta, incluso una temperatura normal puede ser mortal, ya que el cuerpo no puede enfriarse sudando. La violencia de los tifones va en aumento. A las sequías excepcionales les siguen inundaciones masivas…

19/05/2026

ESSF

Traducción: viento sur

Información adicional

Autor/a: Pierre Rousset
País:
Región: Asia
Fuente: Viento Sur

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