Los de mi generación crecimos con el mal ejemplo nicaragüense de un gobierno monopolizado por una de las entonces famosas 14 familias más ricas de ese país, de apellido Somoza, que tenía por norma principal dejar que las otras hiciesen lo que les diera la gana en su correspondiente jurisdicción. De esta manera no había razón alguna para que no se respetara el corral ajeno.
Se dice que, especialmente a los Somoza, pero también a algunas familias más, se les pasó la mano, y algunos líderes revolucionarios se lanzaron a una rebelión que no tardó en “voltear el chirrión por el palito”. El resultado fue que los ricachos se fueron en su mayoría a Estados Unidos, como es de suponerse, pero algunos se acogieron en el pobre Paraguay, que padecía entonces una de las peores dictaduras que en el mundo han sido.
La satisfacción que nos dejó haber contribuido a liberar la tierra de Rubén Darío de tal calaña no tenía precio y, entre una cosa y otra, quienes podíamos presumir de haber contribuido, aunque fuera con un granito de arena a la democracia nicaragüense, no dejamos de hacer patente nuestro placer.
Algunos quizá lo hicieron con exceso y pronto fueron víctimas del repudio de la nueva generación de políticos nicaragüenses, pero la mayoría nos conformamos con contemplar cómo se “consolidaba la nueva democracia”.
No muy convencidos aceptamos que era indispensable un tiempo de “mano dura” que, en la medida en que fuera aflojando, daría lugar a la verdadera y añorada democracia. Pero los años han pasado, y el proceso dio lugar a otro férreo régimen dictatorial encabezado por Daniel Ortega, nacido en 1945, y su distinguida esposa doña Rosario Murillo, quien vio la primera luz en 1951.
Lo cierto es que el dúo que se entronizó en el gobierno de Nicaragua desde hace cerca de dos décadas, no puede preciarse de que ese pobre país haya conseguido un desarrollo social que pueda presumir. Es el caso de que, después de tantos años en los que las elecciones han sido únicamente de los cuadros bajos de gobierno, pues la cúspide gubernamental ha sido monopolizada cínicamente por el “feliz matrimonio”, el desarrollo social ha resultado en verdad mínimo.
Finalmente, para evitar las incómodas elecciones, el señor Ortega y su cónyuge decidieron que no se perdiera más el tiempo ni se despilfarraran recursos con sufragios “que no sirven para nada”.
Leer dicha noticia me trajo a la memoria la desagradable experiencia que padecí aquel día que el señor Ortega fue invitado a comer –con un espléndido menú, por cierto– en el Palacio de Gobierno de Jalisco y, dada mi entonces reconocida participación en favor de los “sandinistas”, me dieron un lugar muy distinguido: ni más ni menos que junto a él y dos de sus pequeños hijos… Casi no me dirigió la palabra, no obstante los diversos encuentros, clandestinos y no, que habíamos tenido ya entonces durante el proceso que, eso era lo que suponíamos, llevaría a Nicaragua a una situación mucho mejor…
No he vuelto a visitar tan entrañable país y no puedo constatar yo mismo como están las cosas por allá, pero la última disposición de no perder el tiempo haciendo elecciones, ni siquiera para cargos menores, nos ha dejado un pésimo sabor de boca.
Ahora no me atrevería a marcar una clara diferencia entre el entonces “compañero” Daniel Ortega y algunos de los afamados Somoza, en especial los de nombre Anastasio.


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