
1. Estamos instalados en plena sociedad del riesgo, en un discurrir cuya característica más evidente es precisamente la indefinición, la incertidumbre, el no saber hacía donde vamos. La sensación de estar cabalgando en una transición permanente en donde cohabitan viejas normas y nuevos valores, viejas y nuevas estructuras, precisa superar el solipsismo de la mirada de corto plazo, del vivir el presente sin imaginar y sin ir construyendo el futuro. Los nuevos movimientos sociales aportan esa mirada hacia el futuro generando innovaciones en el presente, de reflexión y de práctica que debe permitir la autodeterminación del sujeto, el control sobre los procesos sociales, el dirigir y controlar nuestras propias vidas. La mirada hacía el futuro nos permite reflexionar sobre los desafíos y los obstáculos que tenemos por delante.
2. Desde luego son muchos y muy complejos los retos que los movimientos sociales tienen por delante, si bien optamos por agruparlos en cuatro ideas, en cuatro erres: Repartir el poder (la democracia participativa); Redistribuir la economía y el trabajo; Respetar la naturaleza (las sostenibilidad ambiental) y Reconocer la interculturalidad.
a) El reto de la democracia de repartir el poder: Relacionarse con las instituciones esquivando la institucionalización
3. En las primeras etapas de la sociedad industrial se consolida una estructura social de nítidas diferencias entre clases sociales muy homogéneas y enfrentadas. La desigualdad en el acceso a los recursos y la explotación económica permite con relativa facilidad establecer repertorios de confrontación que se proyectan en marcos de acción colectiva. Las clases subalternas, especialmente la clase obrera, generan movimientos sociales (la clase para sí) y organizaciones de vanguardia con vocación de dirigir el movimiento a la toma del poder político. El tándem: clase-movimiento social-partido político de vanguardia, representa a groso modo el itinerario de la institucionalización de los movimientos en la etapa de modernización. En la medida que los cuadros dirigentes del movimiento se transformaban en cuadros dirigentes del poder, sus posiciones sociales eran transformadas, ocurriendo lo mismo, inevitablemente con sus psicologías individuales1. Así la orientación hacía el poder hace de los dirigentes, profesionales especializados que inhabilitan a los demás en la toma de decisiones.
4. Los partidos, ya en el marco del Estado de derecho, se orientan hacía el sufragio electoral en un sistema donde la política y la competencia entre partidos tienden a medirse en parámetros cuasi mercantiles en una lucha por la obtención de réditos electorales; mientras, que los nuevos movimientos sociales se orientan hacia la democracia directa y participativa en la búsqueda de un nuevo paradigma2. Si bien la estructura social, debido al fuerte impacto del neoliberalismo, se encuentra enormemente fragmentada en casi infinitas fracciones de clase, algunas de las cuales (las infraclases) quedan fuera del sistema en varias de sus dimensiones (sistema político, mercado de trabajo, segregación social y espacial) abriendo nuevas dimensiones del conflicto social en la medida que aparecen nuevas contradicciones solapadas que cuestionan la baja calidad democrática de un modelo representativo que presenta síntomas graves de desafección por parte de los ciudadanos. Se pone en evidencia, así, el desacoplamiento entre las viejas estructuras propias de la modernidad y una sociedad civil crecientemente compleja, lo que motiva, por otro lado, el surgimiento de nuevos actores políticos y nuevos protagonismos sociales.
5. Ya no podemos pensar en un sujeto histórico nítido y único, ni en clases sociales puramente homogéneas, ni, en consecuencia, en organizaciones políticas que representan los intereses de grandes clases exclusivas. De hecho se puede argumentar con toda propiedad que las nuevas demandas sociales han dado vigor a los nuevos movimientos sociales en la medida que los partidos políticos tradicionales son incapaces de encauzar, generar o atender las nuevas solidaridades3. Surgen algunos interrogantes: ¿Para qué y para quién una organización partidista? ¿Qué modelo organizativo se corresponde con los nuevos fenómenos y nuevas condiciones? ¿Qué política de alianzas? Los nuevos movimientos sociales tienen ante sí el reto de articular intereses y repertorios diferenciados pero no excluyentes, sino más bien complementarios e imbricados entre sí, es decir, tienen que jugar con una pluralidad que es en sí misma un valor ético y práctico. La mejora de la calidad de la democracia es un camino para ello y es consecuencia un desafío primordial para los nuevos movimientos. Tal y como expresa Enrique Venegas: “En correspondencia con la voluntad de conciliar teoría y práctica, se busca un modelo organizativo lo más parecido posible a la sociedad a que se aspira: democrático, pluralista, respetuoso de la diversidad, contrario a cualquier forma de elitismo, orientado a socializar los conocimientos y el poder, organizado de abajo a arriba”4. Esquivar la institucionalización es posible en unos movimientos que se encuentran crecientemente liberados de las estrategias nacionales de antaño y que acogen la democracia participativa como centralidad de acción promoviendo la incorporación de la política en el ámbito de lo cotidiano. Precisamente, en la ampliación de la democracia, en la socialización del poder, en la incorporación de los ciudadanos a la política, es como se puede generar “anti-cuerpos” contra el mal de la institucionalización.
6. Aún así, no podemos obviar la democracia representativa, la existencia de instituciones democráticas, etc. que son irremediablemente parte de la pluralidad con la que hay que jugar, a la que hay que transformar en una perspectiva democratizadora y de proximidad a la ciudadanía, de tal modo que permita el acceso a la política por parte de unos ciudadanos que son cada vez más pro-activos. Las relaciones de poder inhabilitantes no pueden cambiarse en los procesos electorales, aunque éstos sí pueden ser un instrumento, entre otros, para crear condiciones más favorables a la transformación social. La mediación entre los movimientos y las instituciones precisa de estructuras intermedias que sean en realidad una prolongación de los movimientos sociales. El modelo organizativo que haga de puente entre movimientos e instituciones debe poseer atributos más propios de los movimientos sociales que de las estructuras crecientemente obsoletas. Es decir, de un nuevo tipo de organización capaz de motivar y enriquecerse con una pluralidad interna, que precisa del pleno uso de la democracia participativa, es decir, flexible, transparente, basada en la confianza y fundamentalmente orientada, no a la toma del poder que asienta estilos de vida excluyentes e inhabilitantes, sino a la socialización y difusión del mismo. Se trata de una nueva organización política exploradora de nuevos procedimientos para articular y democratizar las distintas esferas de poder, teniendo presente un contexto donde la descentralización del Estado y la construcción de un Estado relacional5 es simultáneamente un objetivo y una oportunidad. Se trata, en definitiva, de explorar nuevas fórmulas para articular y democratizar las distintas esferas de poder, para una repolitización de la sociedad que a través de la democracia participativa y de la descentralización del Estado permita una redistribución del poder real y efectiva.
7 El reto de articular, lleva a pensar en las estrategias de alianzas, pero estas son complejas e intervienen múltiples dimensiones, políticas, culturales, socioeconómicas, todas ellas necesarias para vertebrar nuevos bloques sociales. Apuntamos las más relevantes. En primer lugar, desde las relaciones que se pueden establecer entre la gobernación local y los movimientos y entidades sociales, es necesario un reconocimiento de la existencia de un sector público estatal (estructura pura y dura administrativa) y de un sector público no-estatal (organizaciones y movimientos sociales con vocación pública). La complementariedad y acoplamiento entre ambos es primordial para el desarrollo de la democracia participativa. La construcción de una nueva hegemonía de la solidaridad pasa, en consecuencia, por la alianza entre los actores políticos emergentes: los gobiernos locales y los movimientos sociales, pero ya se ha dicho, el puente entre ambos precisa de un nuevo modelo organizativo permeable y fusionado con los propios movimientos sociales, que además tenga como objetivo asociar, en una estrategia de construcción política en común, a los propios movimientos parcializados promoviendo su autonomía y una integración en los procedimientos capaz de unir experiencias y de combinar la reivindicación y la movilización con la gestión directa de los recursos. En segundo lugar, es primordial una alianza entre fracciones de clase, particularmente, los excluidos (los que están fuera), los de abajo (los asalariados vulnerables), y los sectores ilustrados que se guían por valores posadquisitivos. Todos ellos son subjetividades complejas que precisan o abogan por una reorientación del modelo social.
b) El reto de redistribuir la economía y el trabajo
8. La dimensión económica se sitúa en el desafío de la superación de la explotación económica (del hombre por el hombre). Los efectos deshumanizadores (la alienación) provocados por la división social del trabajo en un marco de desigualdad y el cuestionamiento sobre el procedimiento de la obtención y distribución de la plusvalía en el proceso de producción no dejan de obtener una significativa centralidad en la agenda de los movimientos sociales. Las contradicciones capital-trabajo, indudablemente sigue siendo, quizá, la más importante de las dimensiones en cuanto a los efectos que provoca el modelo neoliberal. Una expresión de la creciente contradicción, en palabras de José Luis Coraggio, «es la incapacidad del modelo económico imperante para asignar recursos de uso social en magnitudes suficientes y a la vez sostener el proceso de acumulación capitalista»6. Especialmente paradigmático representa la aplicación de la receta neoliberal en los países en vías de desarrollo, donde su despliegue ha mostrado su carácter marcadamente ideológico, basado en un individualismo antropológico carente de cualquier eficacia productiva. “El neoliberalismo no sólo es una ideología del egoísmo privado, es también una práctica arcaica de las relaciones de producción puesto que no ve (y no puede reconocer) que hoy el valor es sólo un producto de la sociedad entera puesta a trabajar”7.
9. Obviando determinismos economicistas, parece que la construcción de un nuevo paradigma, como el que se esfuerzan en construir esa conjunción de múltiples subjetividades representadas por los nuevos movimientos sociales, precisa de una paulatina ocupación del espacio de la esfera económica como para forzar unas nuevas relaciones económicas que sean capaces de cohabitar con el capital y sobre todo que sean capaces de ir sustituyéndole. La consecución de un nuevo paradigma, al igual que ocurrió con la construcción del paradigma del capital (el cual cohabitó con el feudalismo durante prácticamente todo el segundo milenio) implica, en primer lugar, que las transformaciones necesarias precisan de la construcción de una base productiva alternativa capaz de ir implantando otras relaciones económicas y laborales, que en el contexto de la globalización tendrían que orientarse a obtener una cierta autonomía económica de los ámbitos locales respecto de las dinámicas globales, y tendría que establecer nuevos equilibrios entre las diversas economías. En segundo lugar, se precisa de una desmercantilización del ámbito productivo, “solamente a través de la vinculación entre la gestión democrática de la apropiación social y el ‘adelgazamiento’ del mercado, la ley del valor y del asalariado es como será posible una verdadera transformación de la economía, y no apenas una nueva administración avanzada implementada por un capitalismo renovado”8.
10. En este sentido, considerando la existencia de una economía de la diversidad: Economía Pública, Economía de Mercado, Economía Popular y una Economía Social, el desequilibrio vendría establecido por la dominancia de la Economía de Mercado cada vez más frecuentemente promovida y apoyada desde la Economía Pública, por ejemplo, a través de las privatizaciones9. El reto de los movimientos sociales se encuentra precisamente en trabajar por el desarrollo de la Economía Popular y de la Economía Social, de tal modo que la estrategia debe encaminarse a que la Economía Pública se reoriente a promocionar e imbricarse con la Economía Popular, dignificándola; y a la Economía Social y Solidaria. En el caso de la Economía Popular10, gracias a la cual sobrevive la mayoría de la población en los países del Sur, el desafío se encuentra en articular y movilizar la producción, dicho de otro modo, organizar y repolitizar a la economía informal motivando una reapropiación del proceso productivo por parte de la propiedad social11 que permita un nuevo modelo de desarrollo que se fundamente en una producción socialmente útil y responsable ambientalmente.
11. Particularmente, nos interesa aquí la Economía Social, Alternativa, Solidaria (según diferentes acepciones y matizaciones). Una buena síntesis de las características de la economía solidaria la recogió la declaración final del encuentro de Lima por una “Globalización de la Solidaridad” (1997): “La economía solidaria incorpora la cooperación, el compartir y la acción colectiva, colocando al ser humano como centro del desarrollo económico y social. La solidaridad en la economía implica tanto un proyecto económico como político y social, que conlleva una nueva forma de hacer política y de construir las múltiples relaciones humanas sobre la base de los consensos y acciones ciudadanas”.
12. Se trata, en consecuencia, de desarrollar una democracia económica que viene definida por el control del proceso productivo por parte de los participantes que cooperan en el mismo, y por la apropiación de los medios de producción y lo producido por parte de los trabajadores. Este desafío presenta dimensiones interrelacionadas que confluyen en tres orientaciones:
13. La democratización del trabajo o liberación en el trabajo12. Se inscribe en una lógica de superación de la “experiencia social escindida”13 entre la vida cotidiana (donde ganan protagonismo los valores democráticos) y la vida laboral (donde persiste el predominio de valores autoritarios). Se trata pues de la integración del sujeto en los procesos productivos (calidad de vida, apropiación, cooperación, participación).
14. La liberación del trabajo14. Quizá el factor más claramente exógeno es la disponibilidad de tiempo para poder participar en la gestión de los recursos y en las decisiones públicas, lo que André Gorz denomina como tiempo liberado (1995) absolutamente necesario para que el sujeto recupere autonomía en la esfera de la vida cotidiana, ya que la enajenación de los sujetos en la esfera laboral es un enorme obstáculo para satisfacer las necesidades de creación y de participación. Se trata de una optimización de la autonomía a través de una liberación del tiempo de trabajo que puede inducir, por un lado un reparto del trabajo y, por otro, un mayor control del mismo lo que puede tener consecuencias orientadas al surgimiento de otras actividades voluntarias y autoorganizadas encaminadas a la optimización de la satisfacción de las necesidades. Ello permite una mayor integración del sujeto en los procesos sociales y en su entorno.
15. Una economía descentralizada y endógena. El protagonismo conferido al sujeto en los procesos de liberación en el trabajo y en la liberación del trabajo apunta un carácter descentralizado de la economía, a un protagonismo local, y también a una mayor proximidad entre el ámbito del trabajo/producción y el ámbito de la vida cotidiana/reproducción generando una economía social basada en una sustitución de capital mercantil por un capital social que, además, sea capaz de generar nuevos recursos satisfaciendo necesidades sociales y ambientales de carácter local.
16. En consecuencia, cabe apuntar un múltiple desafío que deben afrontar los movimientos sociales consistente en desarrollar las sinergias que se producen entre perspectivas como el desarrollo local, la economía solidaria, el tiempo liberado y la democracia económica que se superponen y se retroalimentan hasta el punto de que cada uno de ellos no puede optimizarse sin la presencia del otro.
c) El reto de hacer respetar la naturaleza
17. La dimensión ambiental se sitúa en el desequilibrio derivado de la distancia sujeto-objeto, de la contradicción hombre-naturaleza. Aparece la necesidad de resolver el desajuste producido sobre la gestión de los recursos renovables sobre la base de dos principios básicos del desarrollo sostenible: por una parte, que el nivel de explotación de los recursos no exceda la capacidad del nivel de regeneración natural de los ecosistemas (rendimiento sostenido). De otro lado, que los niveles de emisión de residuos no excedan o sean equivalentes a las capacidades de asimilación natural por parte de los ecosistemas receptores de dichos residuos. Las capacidades de regeneración o reposición, y de asimilación o absorción deben considerarse capital natural, y el fracaso en el mantenimiento de dichas capacidades debe considerarse consumo de capital natural y, por tanto, no sostenible15. Desde esta perspectiva se fija la vinculación de los sujetos y de las organizaciones sociales al territorio, a la vez que se desarrolla una conciencia sobre los efectos del modelo económico productivista.
18. Así la percepción y convicción frente a las situaciones que se viven y que se evidencian como insostenibles para intereses propios o ajenos, y que son provocadas por agentes externos poderosos (poderes, instituciones, elites políticas y económicas) es lo que esta motivando una acción colectiva que persigue objetivos de transformación de esas situaciones. Esta perspectiva se ve reforzada en un marco de “sociedad del riesgo” donde la inteligencia16 ha puesto de relieve la amenaza que el proyecto productivista y despilfarrador del neoliberalismo global supone para la humanidad (cambio climático, inseguridad alimentaria, pobreza, crisis energética, enfermedades globales, agujero de ozono, lluvias ácidas, inseguridad nuclear, etc.) haciendo de los diversos intereses particulares una comunidad de interés en la defensa de la propia humanidad y del planeta
19. Los nuevos movimientos sociales conectan directamente con la idea de “democracia ambiental”17 y su consecución en un desafío central la acción colectiva. La implicación de los ciudadanos en la resolución de la crisis ambiental es crucial en la medida que la descentralización de los procesos, la comunicación entre los agentes sociales y la participación de los ciudadanos llevan a un devenir consciente sobre las responsabilidades de cada cual. El comercio justo y el consumo responsable, por ejemplo, no son posibles sin ese devenir consciente. La democracia ambiental se fundamenta, por tanto, en la participación directa de los productores y de la ciudadanía en la gestión de sus recursos ambientales (el patrimonio común es mundial) y su construcción es ecosistémica, es decir, es por definición reticular. Estas iniciativas, en suma, al reconocerse en el medio social y el entorno físico, se colocan en una posición preferencial para afrontar actividades sociales y ambientales de “responsabilidad pública” y de defensa de los intereses generales de las comunidades locales. La aproximación entre la producción y el consumo ayudan a desarrollar dinámicas de eficiencia energética y de calidad de vida, sin comprometer la eficacia productiva.
d) El reto de reconocer las otras culturas: generar reciprocidad y confianza intercultural
20. Hay quienes consideran que el hito fundacional de los movimientos de resistencia global se produce en el Primer Encuentro Intercontinental por la Humanidad y contra el Neoliberalismo convocado en el verano de 1996 por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional18. Entra en escena la perspectiva indigenista promocionando la convergencia de movimientos. Es quizás el indigenismo el más fiel exponente del regreso del sujeto19, del sujeto que se basa más en los valores éticos que en los técnicos. En palabras de Touraine “no busca ni el beneficio, ni el poder, ni la gloria, sino que afirma la dignidad y el respeto que cada ser humano merece”20. Desde la demanda de los derechos culturales se recrea la conciencia de la complementación de las culturas y se alerta de los exclusivismos endogámicos. La perspectiva indigenista (de los derechos culturales), permite, así construir la articulación desde la satisfacción de las necesidades territoriales y culturales, es decir de abajo a arriba, de la periferia al centro y del Sur al Norte, rompiendo los vicios etnocéntricos e incorporando una transversalidad que evite el peligro expresado por Albert Recio: “el peligro estriba en que el movimiento cristalice en una acción volcada hacia el entorno exterior, estructurada a partir de acciones globales que resultan epidérmicas para los que no participan en ellas y alejada de las cuestiones de la vida local”21.
21. En otro sentido, aparece otro peligro. La existencia de múltiples identidades que deben ponerse en común, trasladado a la acción colectiva significa la existencia de muchos focos de atención que dispersan el activismo convirtiéndolo en un hiperactivismo que pierde eficacia. La versatilidad de los activistas que participan simultáneamente de varios focos movimentistas disipa la energía social. Nuevamente, la respuesta se encuentra en la distribución del poder, con metodologías participativas adecuadas, ya que es la que posibilita establecer puentes con las bases sociales y conlleva la incorporación de los sujetos a las habilidades y las destrezas de la gestión política.
22. Ahora bien, los impactos del proceso globalizador han generado enfrentamientos entre culturas y repliegue y auto-cierre defensivo de las culturas más periféricas sobre las que se han despertado sentimientos de amenaza y actitudes endogámicas. El intercambio desigual, el fenómeno migratorio, el etnocentrismo occidental que provoca el refuerzo del etnocentrismo en las culturas agraviadas y la consolidación de los procesos de exclusión social representan graves problemas para el desarrollo del sujeto ético y supone la puesta en escena del anti-sujeto que utiliza la violencia y la crueldad22 como respuesta identitaria particularista.
23. La combinación de las contradicciones propias de la desigualdad con la de los conflictos asociados a los atributos diferenciales nos lleva a una nueva mirada sobre los tipos de movimientos sociales. Hasta ahora nos estamos refiriendo a los movimientos que podríamos identificar como movimientos antisistémicos23, pero la tensión que se produce entre la fuerza de la violencia y los valores solidarios hace emerger tanto al sujeto ético como al anti-sujeto.
24. Algunos han venido a identificar como “antimovimientos sociales” o “contramovimientos sociales” a aquellos movimientos que inscribiéndose en la defensa de supuestos derechos culturales, o sociales, y obviando la integralidad de los derechos humanos y particularmente los derechos políticos24 su acción colectiva se dirige no contra un sistema, o contra un gobierno, sino que se dirigen fundamentalmente contra un grupo social con atributos diferenciados reforzando así los procesos de exclusión de éste. Más acertadamente habría que denotarlos como movimientos antisocietarios ya que sin dejar de ser movimientos derivan de los conflictos subjetivos entre sectores y fracciones de clase, y no de la confrontación entre proyectos sistémicos alternativos. Tales serían los movimientos racistas, xenófobos, fundamentalistas y ultranacionalistas. Ambos tipos de movimientos, antisocietarios y antisistémicos, son sistemas de comunicación que vinculan sujetos y nudos de sujetos, por tanto, esto no diferencia totalmente un tipo de movimiento de otro. El primero se desarrolla en redes endogámicas cerradas al exterior, ancladas en el pasado y por donde fluyen estereotipos culturales exclusivistas, mientras que los segundos se desarrollan en constelaciones de redes abiertas a la transpenetración y, por tanto, a la información, por donde fluyen y se intercambian conocimientos que generan conciencia subjetiva y que frecuentemente se vinculan a redes emisoras de conocimiento científico. La mirada al futuro, de estos últimos, y las oportunidades que instituyen para la innovación facilita el acceso a los análisis de la realidad que a su vez proporcionan la construcción de proyectos de futuro, de orientaciones utópicas que permiten con mayor o menor éxito la acción colectiva en pro de la transformación de la realidad.
25. Un tercer tipo de movimiento que obligadamente hay que reseñar son los movimientos de los desesperados, de las infraclases, de los que se encuentran fuera del sistema, particularmente del político, y que en los últimos años se han puesto de relieve en movilizaciones en barrios desfavorecidos y protagonizados por minorías étnicas o religiosas. El caso francés y estadounidense25 son los más paradigmáticos y nos muestra la movilización durante meses de colectivos excluidos que mantienen en jaque al sistema sin tener unos objetivos claros, una estrategia política y organizaciones que les incluyan, representen y canalicen su desesperación.
26. La presencia creciente de estos tipos de movimientos, tanto los movimientos antisocietarios como los movimientos de los desesperados son un desafío para los movimientos antisistémicos, igualmente son un reto el incidir en las causas que les hacen emerger: la desigualdad y la exclusión social. En el primer caso, la extensión y el éxito de los movimientos antisistémicos sería un antídoto para evitar la emergencia del anti-sujeto, en el segundo caso, el desafío esta en reorientar la energía social que se libera en las fricciones del sistema para construir el sujeto en proceso, el sujeto de derechos.
1 Wallerstein, I. (2005), “O que significa hoje ser um movimento anti-sistêmico?” en: Leher, R.; Setúbal, M. (organizadores), Pensamento crítico e movimientos sociais, Cortez editora, São Paulo, p. 277.
2 Offe, C (1988), Partidos políticos y nuevos movimientos sociales, Sistema, Madrid.
3 Funes, M. J. y Monferrer, J. (2003), “Perspectivas teóricas y aproximaciones metodológicas al estudio de la participación” en: Funes, M. J.; Adell, R., Movimientos sociales: Cambio social y participación, UNED, Madrid, p. 43.
4 Venegas, E. (2003), “Movimientos sociales y nuevas estrategias de poder civil en la Era de la globalización” en: Alguacil, J., Ciudadanía, ciudadanos y democracia participativa, Fundación César Manrique, Lanzarote, p.125.
5 Mendoza, X. (1996), “Las transformaciones del sector público en las sociedades avanzadas. Del estado del bienestar al estado relacional”, en: Papers de Formació, 23, Diputació de Barcelona.
6 Coraggio, J. L. (1999): “La economía popular es más que la suma de microproyectos (alternativas para el desarrollo humano globalizado)”. En Política y Sociedad nº 31, Madrid.
7 Negri, A.; Cocco, G. (2006), Global. Biopoder y luchas en una América Latina globalizada, Paidós, Buenos Aires, p. 69.
8 Chesnais, F., Serfati, C.; Udry; C-A. (2005), “O futuro do movimento ‘antimundializaçao’. Primeiras reflexôes para uma consolidaçâo de seus fundamentos teoricos” en Leher, R.; Setúbal, M. (organizadores), Pensamento crítico e movimientos sociais, Cortez editora, São Paulo, p. 286.
9 Cabe afirmar que no es nada ético que desde la Economía Pública sustentada por el conjunto de la sociedad, si hablamos de una sociedad democrática, se promocione el lucro representado por el beneficio privado y estructuras no democráticas como son las empresas tradicionales.
10 La Economía Popular estaría conformada por la economía del ámbito de lo doméstico e incluiría el trabajo doméstico, el trabajo no asalariado (autónomos, ayuda familiar) y las micro Pymes.
11 Chesnais, F., Serfati, C.; Udry; C-A. (2005), op. cit.
12 Gorz, A. (1995), Metamorfosis del trabajo, Sistema, Madrid.
13 Tezanos, J. F. (1987), “La democratización del trabajo en los umbrales de la sociedad post-industrial” en Tezanos, J. F., La democratización del trabajo, Sistema, Madrid, p. 21.
14 Gorz, A. (1995), Metamorfosis…, op. cit.
15 Daly, H. E. (1989), Economía, ecología y ética. Ensayos hacia una economía en estado estacionario, FCE, México.
16 En el sentido que Jesús Vicens (1995) entiende lainteligencia (en El valor de la salud. Una reflexión sociológica sobre la calidad de vida, Siglo XXI, Madrid) como una acción consciente inversa a la entropía, es decir como la capacidad humana para aminorar y cambiar los procesos de degradación estableciendo estrategias de calidad de vida basadas en las necesidades humanas.
17 Leff, E. (1994), Ecología y capital: racionalidad ambiental, democracia participativa y desarrollo sustentable, Siglo XXI, México.
18 Taibo, C. (2002), “Los movimientos de resistencia frente a la globalización neoliberal” en Taibo, C. y Tamayo, J. (dir.), 10 palabras clave sobre globalización, Editorial Verbo Divino, Navarra.
19 Aunque otros movimientos de mujeres, de liberación sexual, de jóvenes…
20 Touraine, A. (2005), Un nuevo paradigma. Para comprender el mundo de hoy, Paidós, Madrid, p. 112.
21 Recio, A. (2001), “Más acá de la lucha antiglobalización” en Mientras Tanto, Nº 80, Barcelona.
22 Touraine, A. (2005), Un nuevo paradigma. Para comprender el mundo de hoy, Paidós, Madrid, p. 172.
23 Arrighi, G.; Hoopkins, T. K.; Wallerstein, I. (1999), Movimientos Antisistémicos, Madrid, Akal.
24 Touraine, A. (2005), Un nuevo paradigma… op. cit., p. 188.
25 Puede recordarse al respecto los amotinamientos de la población negra en la ciudad de los Ángeles en 1992 donde el gobierno estadounidense se vio obligado a desplegar a la guardia nacional y mantener un estado de excepción durante dos meses y replicas posteriores motivadas por el visionado del maltrato policial a personas de color.
El poder en manos de todos



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