Tránsito del romanticismo en Colombia
Según Jaime García Maffla, la literatura de la Independencia es una literatura de transición. Anota que, si bien es cierto que en la época de la emancipación la literatura era más de diversión u ocio, es decir, no era una actividad que profesionalizaba, los hombres de letras sí fueron quienes primero sintieron la necesidad de una sociedad distinta de la regida por España. Y, “de la actividad literaria o intelectual, tendrían que abocarse a la acción política y guerrera, en contraste con la existencia colonial”.
De acuerdo con García Maffla, la literatura de la emancipación narra los años finales del Virreinato de la Nueva Granada pero se extiende “hasta bien entrada la época romántica”. Además, este autor considera que hay “escritores que hacen parte de una y otras épocas, y escritores que miran a la vez al pasado y al futuro”. Es, pues, el período de transición de la Colonia a la época romántica, características que, por ejemplo, tienen José Joaquín Ortiz y José Caicedo Rojas, tocados por la revolución pero también por la esencia romántica.
Así, pues, el romanticismo habría de influir en las acciones independentistas pero sobre todo en la recomposición de las nuevas repúblicas. Si el romanticismo se caracterizó por el ansia de libertad, el gusto por el pasado, lo legendario y lo exótico, la exaltación del yo y el sentimentalismo, en Hispanoamérica se acentuó además el sentimiento patriótico, la tendencia historicista y el sentimiento de solidaridad y protección de los derechos sociales.
Mientras los escritores e intelectuales latinoamericanos sentían el influjo del romanticismo, en especial el francés y el Inglés, su entorno hablaba de las luchas por obtener nuevos derechos y acabar con privilegios, así que su fuente principal, la revolución francesa, habría de avenirse con las formas de lucha contra la injusticia, y por la libertad y el romanticismo lo haría enfatizando nostalgias por el pasado, y por sentimientos de solidaridad con los desprotegidos. Muchos de estos escritores participaron en batallas militares y movimientos de desobediencia.
El romanticismo europeo hablaba de volver a las fuentes, pero en Latinoamérica se hablaba de crear unas naciones con expresión propia por parte de algunos o de mantener las estructuras coloniales por parte de otros. Ese desencuentro hace que la literatura prefiera volcarse sobre lo costumbrista, ya que ello permite presentar radiografías de corte histórico y social, pero conservando su espíritu romántico.
Hacia 1850 se vive un nuevo ímpetu romántico. El país, con unos partidos políticos en formación, se agitaba entre el ansia de reforma y la lucha por sostener la tradición de unas estructuras coloniales.
No es gratuito entonces que al calor de estas ideas, la influencia del romanticismo francés, se asentara con todo su rigor en los espíritus colombianos de la época y, como lo argumentan distintos historiadores, que tanto liberales como conservadores leían con avidez a los más grandes poetas y novelistas franceses del momento.
Los temas de la novela y la poesía colombiana de la segunda mitad del siglo XIX se trabajaron de acuerdo con los modelos románticos europeos: predominaban en ellos la fatalidad, la muerte, los sentimientos amorosos; asimismo, se rindió culto a lo nacional y lo histórico, siendo este el punto más importante y rescatable de la influencia romántica europea, es decir, se adaptaron los temas a las realidades y también a la búsqueda de referentes que mostraran una identidad nacional, aludiendo y descubriendo elementos autóctonos que andaban perdidos en las leyendas y las tradiciones regionales, en los relatos bélicos, etcétera, y en los libros de cronistas. Se recupera, pues, el pasado histórico y se despierta el gusto por el sabor local.
En definitiva, podemos afirmar que el romanticismo, pasado el tiempo de las confrontaciones independentistas y la urgencia de recomponer las estructuras sociales de las nuevas repúblicas, hizo volver los ojos sobre la realidad propia. Era la época en que se perfilaba en el país el nacimiento de una burguesía que luchaba por reafirmarse como clase dirigente, intentando construir los cimientos socioculturales y políticos de la nación y la nacionalidad. Víctor Hugo había dicho: “El romanticismo no es en el fondo más que el liberalismo en la literatura, la libertad en el arte, la libertad en la sociedad, este es el doble fin al que deben tender todos los espíritus consecuentes y lógicos”. Podemos agregar que en Colombia su influjo tocó las puertas de la Nación.
Lecturas sobre María, Manuela y La Vorágine
El romanticismo tiene una huella indeleble en Colombia
Por Sttron Robin Bonilla Quintana
El romanticismo fue un movimiento cultural y político que tuvo su génesis en Alemania y el Reino Unido, a finales del siglo XVIII, como la reacción más radical y revolucionaria contra el racionalismo de la Ilustración, y ante la corriente de pensamiento estético e intelectual, más conocida como Clasicismo, que tuvo su apogeo entre 1730 y 1820, y, que además, estaba inspirada en los patrones estéticos y filosóficos de la Grecia clásica.
Debido al gran auge y el alcance que tuvo el Romanticismo, la vertiente literaria se vio fragmentada en diversas corrientes, como fueron el Parnasianismo, el Decadentismo, el Prerrafaelismo y el Simbolismo, que a la vez se reunieron para crear otra corriente literaria, denominada el Posromanticismo, derivación del que fue llamado Modernismo hispanoamericano. Además de tener grandes aportes en el campo literario, el Romanticismo también los tuvo en la pintura y la música.
Los principales autores europeos que influyeron de manera espléndida en la novela romántica fueron, por Alemania, Johann Wolfgang von Goethe, con su novela El joven Werther, en la cual el autor muestra la personalidad de un romántico que sufre por un amor imposible, hasta el punto de idear y ejecutar su muerte; por Francia, Víctor Hugo fue el máximo exponente del Romanticismo; lo siguió Alejandro Dumas, de quien se puede destacar La dama de las camelias, obra inspirada en un hecho real de la vida del escritor con Marie Duplessis, joven cortesana de París que tuvo romances con personajes importantes de la vida social. Dumas padre también tuvo importancia en el Romanticismo francés. En Inglaterra, esta corriente alcanzó su máximo esplendor en Lord Byron, Shelley y Keats, a quienes se les reconoció como los poetas satánicos, que además son los líricos canónicos del Romanticismo inglés. Por el Romanticismo español podemos hablar de José Zorrilla, con su novela Don Juan Tenorio, romance que constituye una de las principales materializaciones literarias del mito de Don Juan; y también podemos destacar al poeta y narrador Gustavo Adolfo Bécquer.
El Romanticismo, luego de pasar por estos países, llega a Italia, Rusia, Checoslovaquia (actual República Checa) y Rumania, entre otros países.
El Romanticismo en Colombia
Sobre el Romanticismo en Colombia, los especialistas no han logrado ponerse de acuerdo. Para algunos de ellos tuvo buena acogida, y para otros rotundamente no. Dicen que no pudo florecer en todo su esplendor por la estrecha relación que tuvo con el Cristianismo; tal vínculo fue negativo e impidió el desarrollo del auténtico Romanticismo. Los poetas y los escritores románticos colombianos ven su inspiración coartada por el pensamiento conservador cristiano, por la reverencia que sienten hacia el pasado y hacia las costumbres cristianas, razones por las cuales se cree que aquéllos carecen de una complexión artística para producir obras de la escuela literaria del Romanticismo. Para muchos, las únicas figuras importantes del Romanticismo en Colombia fueron Rafael Núñez, por ser el más filosófico, y José Eusebio Caro, porque fueron los poetas que más se acercaron a las características modernas del Romanticismo. Sin embargo, para otros, su mayor expresión estuvo en el escritor Jorge Isaacs, y esta corriente literaria no se puede concebir en el país sin hablar de María, ya que se trata de una obra que muestra en todo su esplendor las características necesarias para que se pueda hablar de Romanticismo.
Por tanto, en Colombia no se puede concebir el Romanticismo sin hablar de Isaacs, escritor romántico por excelencia, y su obra cumbre ya mencionada. Sin embargo, el Romanticismo en Latinoamérica no se pudo sostener después de la década de 1870 debido a la aparición, y luego el ascenso, de corrientes como el Marxismo, el Realismo y el Naturalismo, que acabaron con la buena fama del Romanticismo. Pese a eso, algunos novelistas colombianos adoptaron la forma de Romanticismo tardío en el Costumbrismo, y de este género se puede destacar Manuela, de Eugenio Díaz. Pero para Colombia, María fue pieza fundamental y suficiente.
‘María’, la novela romántica más importante de América Latina
María narra el idilio amoroso entre la protagonista y Efraín, quien tiene que viajar del Cauca a Bogotá para emprender su travesía estudiantil. Deja en el Cauca a su familia y también a María, quien había comenzado a despertarle un amor intenso, sublime, alejado de cualquier impureza. Después de seis años de estar separado, Efraín regresa al pueblo que lo vio nacer. Allí revive el amor entre él y María, con la misma o mayor pasión que en la adolescencia. Sin embargo, el idilio amoroso dura apenas tres meses porque Efraín tiene que volver a viajar para continuar sus estudios, en esta ocasión en Londres. Pese a ser un amor tan intenso, Efraín se empeña en mantenerlo en secreto. Luego de dos años, y al temer un nefasto desenlace, decide regresar, pues su amada se encuentra muy enferma. Pero ya es demasiado tarde, pues tan pronto llega, su hermana, de luto y con ojos lacrimosos, le cuenta que su amada ha muerto. Emma, hermana de Efraín, es la única que sabe del romance.
Esta obra cumple con varias de las características propias de la novela romántica: profundidad en los sentimientos, amor intenso e imposible, protagonista bella e inocente, coprotagonista lleno de virtudes e idealizado como un héroe en busca de la felicidad, y un final marcado por la tragedia.
No deja de sonar a contradicción que Jorge Isaacs, pese a ser el más importante escritor de la novela romántica en Latinoamérica, haya muerto como autor de sólo una novela. Algunos especialistas en la obra de Jorge Isaacs atribuyen esto a que le fue imposible superar la emoción romántica que caracterizó su obra de juventud.
Es de un escritor colombiano la novela catalogada como la obra romántica más importante de la literatura latinoamericana, algo más por lo cual debemos sentirnos orgullosos. Igualmente, debemos leerla para hacernos a una idea de lo que fue el Romanticismo en Colombia.
De reciente re-lectura
Por Francisco Trujillo
Tres libros denominados “joyas de la literatura colombiana”: Manuela, de Eugenio Díaz Castro; La vorágine, de José Eustasio Rivera; María, de Jorge Isaacs.
La primera, Manuela, muy recomendada siempre por el economista y escritor Antonio García, es una novela costumbrista, un testimonio sencillo, familiar, de la época. Noviazgo desafortunado entre dos jóvenes; enfrentamiento disimulado entre el bogotano un tanto intelectual que llega a la Posada del Mal –abrigo, cerca de la población de Buga; años 1860-1880. Las personas con frecuencia se refieren a la revolución del general Melo; las ideas socialistas, en algunos de los personajes, son frecuentes: un socialismo vago; y el aspirante a Alcalde, todo lo contrario. La casa, la música, el paisaje, los sencillos campesinos, el perro inseparable, el cura que apoya al aspirante, desfilan por las 400 páginas del libro. “El estilo de aquel bambuco era blando, suelto, suelto como el canto del toche”.
Dice el maestro Baldomero Sanín Cano: “La forma de la frase del libro tiene el mérito de carecer en absoluto de toda tentativa y afectación. La naturalidad y la sencillez son sus cualidades maestras”.
La vorágine, probablemente la más mencionada de estas joyas de la literatura. Dice su prologuista venezolano Juan Luis Panero: “La América que vive y se expresa en las páginas de Rómulo Gallego o en La vorágine podrá gustarnos más o menos, pero no es ya una libresca elaboración literaria sino una ventana abierta para el bien y para el mal, una tierra, unos paisajes y unas gentes sin identidad… personajes toscos, brutales, a veces demasiado de una sola pieza”.
En 1924 fue publicada La vorágine. Su protagonista, Arturo Cova, tiene muchas características del propio autor, también poeta. Alicia, ante todo, es el punto central de la novela, y, como acompañante, “la niña Griselda”. El ‘malo’ es Barrera, ladrón, tramposo y asesino, que rapta a las dos mujeres y con ellas se interna en la selva. Buena parte del libro corresponde a la realidad colombo-peruana, la explotación del entonces invaluable caucho, el látex, sangrando de los gigantescos árboles; pasajes infernales, el muy duro mundo de ambiciones e intrigas de los caucheros. Cova buscaba a Alicia, con quien tuvo una relación amorosa y se fugó tierra adentro para no contraer matrimonio con ella; a la larga, su arrepentido abandono se convierte en obsesión y angustia. Su anhelo más íntimo es castigar a Barrera.
Clemente Silva, hombre viejo, bueno, es el conocedor maestro de la región, quien orienta a Cova y sus hombres, y también a los demás. Dice Cova en su carta final: “Los que al recordarme piensen en mi fracaso sepan que el destino implacable me desarraigó de la prosperidad y me lanzó a las pampas, como los vientos, y me extinguirá como ellos, sin dejar más que ruido y desolación”.
Rivera inicia su obra así: “Antes que me hubiera apasionado por mujer alguna, jugué mi corazón al azar y me lo ganó la violencia”. Y el viejo Silva dirá: “Se lo tragó la selva”.
María, de Jorge Isaacs
Dice el poeta Rafael Maya en la introducción: “Una curiosa consideración me ha asaltado siempre al recorrer las páginas de María. ¿Cómo pudo salir de ese medio ambiente tropical una novela tan casta y pudibunda? Todo allí es puro, todo el inmaculado”.
La novela se desarrolla en el Valle del Cauca, escrita en primera persona, autobiográfica. Isaacs es poderoso económicamente, con muchas riquezas y haciendas, con la mayor de ellas y los sumisos y ‘agradecidos’ esclavos. Es de ascendencia inglesa y judía, en los años 1860, los mismos que en la novela Manuela. Recorre a caballo sus propiedades. A veces va con sus amigos a coquetear con las jóvenes de un trapiche cercano.
Participa en los trabajos del campo. Sus amigos que lo respetan son los arrieros, siempre con el arma de caza a la mano. Es un joven de mentalidad feudal y escritor poético: “Una tarde, tarde como la de mi país, engalanada con nubes de color violeta, bella como María, bella y transitoria como fue ella para mí”. Rivera, en La vorágine, busca a Alicia; Isaacs espera a María, y cuando está con ella la hace esperar por sus largos viajes de estudio fuera de Colombia.
El suyo es un idilio puro, intermitente. Dice Maya: “No es un realista a secas, uno de esos escritores que enfocan al paisaje de modo impersonal como simple fotógrafo”. De familia judía, el libro narra cómo hicieron para sus matrimonios católicos en Colombia, y cómo Isaacs enfrentó las guerras civiles de aquellos años, los mismos de Obando y Melo, pero él en las filas conservadoras.
Comienza su libro: “Era yo aún niño cuando me alejaron de la casa paterna para que diera principio a mis estudios en un colegio de Bogotá”. Finaliza su libro: “Soñé que María era ya mi esposa; ese castísimo delirio había sido y debía continuar siendo el único deleite de mi alma”.
Dice Rafael Maya: “seamos sinceros, heroicamente sinceros, para reconocer que todos llevamos algo de viudez por esa niña candorosa que surge en mitad de nuestra adolescencia”.


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