
Umberto Eco fue durante décadas un filósofo e intelectual inquieto, que se hacía preguntas y merodeaba las respuestas con voracidad de curioso insaciable. Sobre todo, fue siempre un gran apasionado de la cultura. En 1964 publicó un libro que marcó época y que es referente para cualquiera interesado en entender qué demonios es eso a lo que llamamos cultura: Apocalípticos e integrados. Ahí fijaba una discusión que llevaba en marcha, como mínimo, desde la Revolución Francesa: la de quienes defendían la cultura como un saber que había que preservar por una elite de entendidos que la mantuvieran a salvo de las tentaciones de la vulgarización que terminaría por destruirla (los apocalípticos) o los que creían que la cultura debía hacerse popular, hacerse accesible y llegar a más gente para hacer que sus vidas fueran extraordinarias (los integrados), a pesar del riesgo de convertirla en un producto de masas. Eco se movía entre los dos territorios con su aguda mirada inconformista: cuando estaba en territorios apocalípticos se mostraba sarcástico con esa aristocracia cultural que hacía de la cultura algo estático y apolillado. Cuando tocaba acercarse a la cultura de masas era muy crítico con la banalización de la prensa y los efectos de internet como caja de ruido donde los mensajes perdían el sentido.
Eco era un hombre de una inteligencia pasmosa. Le acusaban desde algunos sectores de ser un gran profesor de teoría de la comunicación y las estructuras narrativas, pero que era fácil criticar los toros desde la barrera. Y decidió demostrar que construir una novela no era tan difícil. Y escribió en 1980 El nombre de la rosa, que inauguró lo que podría denominarse “thriller cultural”. Una denominación kitsch que le habría encantado y horrorizado al mismo tiempo. Lo que podía haber sido la veleidad de un profesor de poner su pica en Flandes en la narrativa resultó un libro maravilloso. Y además tuvo un efecto sorprendente: gustó a los críticos exigentes y encandiló al público en general. Una pirueta fantástica entre alta y baja cultura en la que introducía una trama policiaca en un contexto tan culto como una abadía benedictina dotada de una gran biblioteca y de las muertes que empiezan a acontecer alrededor de un libro eternamente buscado por los especialistas: La Poética de Aristóteles. Inolvidable el investigador –el franciscano Guillermo de Baskerville- y su fiel ayudante Adso. Eco tomó todos los clichés de la novela negra y la novela histórica: la ambientación de época, la pareja de investigadores, los crímenes seriados, las pistas falsas y los convirtió en una obra de gran altura literaria para demostrar que la cultura es algo poroso y que, en realidad, las propias calificaciones estrictas entre “apocalípticos” e “integrados” son tan relativas como la vida misma.
A continuación, cuando los que no lo conocían esperaban una carrera de novelista de éxito, se encontraron con nuevos artículos y ensayos en el entorno de la narrativa, la semiótica y la comunicación. Tardó 8 años en publicar su siguiente novela. El péndulo de Foucault fue otra de sus monumentales bromas serias, un pastiche entre lo cultural, lo científico y lo esotérico, con cargas de profundidad hacia la religión, mucho más compleja de lectura que El nombre de la rosa. Porque él siempre fue un ensayista y un reflexionador. Las novelas eran prácticas de laboratorio de sus ideas y maneras de introducir artefactos singulares y provocadores en el debate.
En sus últimos años Eco vivió tratando de buscar el sentido de la belleza en las artes y batallando en su crítica a unos medios de comunicación que habían arrinconado la cultura. Hace unos años publicó un cruce de cartas con Emmanuelle Carrère que dio lugar a delicioso un ensayo titulado Nada acabará con los libros. Ya con 80 años, Eco seguía alzando la voz para decir que la lectura es una de las actividades no solo más nobles, sino más necesarias para la Humanidad: “el libro es como la cuchara, la rueda, las tijeras… una vez inventadas no se puede crear ya nada mejor” y defendía con pasión que, fuese en hoja de papel o en el soporte que fuese, “el libro había superado la prueba del tiempo y nunca dejaría de ser lo que es”. Nos ha dejado a los 84 años y deja uno de esos silencios que no sabemos si podremos llenar.



Leave a Reply