Home » Marina y Dilma debaten religión y Petrobras

Marina y Dilma debaten religión y Petrobras

Marina y Dilma debaten religión y Petrobras

Coincidencias (¿electorales?) entre Dilma y Bergoglio. “Mi gobierno tiene una concepción de la familia basada en la realidad, nosotros no hacemos una definición de lo que debe ser la familia, no queremos interferir en un asunto de la sociedad, en Brasil hay varios tipos de familia”, opinó la presidenta y candidata a la reelección el martes, dos días después de que el papa Francisco casara a una pareja formada por una madre soltera y un hombre cuyo primer matrimonio fue disuelto por la iglesia.

La jefa de Estado brasileña, divorciada, citó palabras de Francisco al desarrollar su idea sobre la familia en el siglo XXI, hablando ante periodistas poco antes de participar en un programa televisivo frente a su adversaria Marina Silva, organizado por la Conferencia Nacional de Obispos del país católico más poblado del mundo, con 202 millones de habitantes.

Raymundo Damasceno Assis, titular de la Conferencia de Obispos y anfitrión del debate que se realiza cada cuatro años, entregó a los candidatos un proyecto de reforma política en la que se incluye el fin del financiamiento privado de campañas, propuesta defendida por el Partido de los Trabajadores (PT) y resistida por los empresarios en coludio con los grandes los medios de comunicación.

De ese modo, el cardenal Damasceno Assis escogió orientar el debate en una perspectiva algo más política que moral o religioso (asuntos que también se discutieron), a diferencia de lo sucedido en 2010, bajo el reinado del papa Benedicto XVI, cuando el programa debatió con insistencia el aborto y el matrimonio homosexual.

En la campaña anterior, el papa bávaro orientó a los obispos contra Dilma, por haber cometido el sacrilegio de apoyar la interrupción legal del embarazo, en lo que fue una interferencia política que congeló las relaciones entre Brasilia y el Vaticano hasta su recomposición en marzo de 2013, cuando Jorge Mario Bergoglio pasó a ser el papa Francisco.
En julio del año pasado, Bergoglio, con el aval político de Dilma y el gobierno del PT, fue recibido en Río de Janeiro por millones de jóvenes, a quienes instó a tomar las calles y las favelas –porque tiene conciencia del terreno perdido ante las iglesias neopentecostales que conquistaron casi el 25 por ciento de los brasileños– y se preocupó poco en hablar del aborto.

Mas, al dejar Brasil, declaró durante el vuelo hacia Roma que él no podía juzgar a los homosexuales, declaración que mereció elogios por sectores del movimiento GLBT brasileño. Según trascendidos publicados en diarios locales, el Vaticano no repetirá el error del papa emérito Ratzinger y adoptará una posición discreta, con algunos gestos que podrían indicar guiños hacia Dilma, una católica poco practicante, que construyó una relación fluida con el ex arzobispo de Buenos Aires.
Dilma y la evangélica Marina Silva, del Partido Socialista Brasileño, fueron las protagonistas del encuentro televisivo completado por otros seis candidatos que tomarán parte en la disputa presidencial del 5 de octubre. Mientras Dilma y Marina se maquillaban en los camarines antes de ingresar al estudio de la tevé católica, el martes por la noche, la cadena opositora Globo divulgaba una encuesta de Ibope donde la petista sigue adelante con el 36 por ciento de las intenciones de voto, seguida por la ambientalista, con el 31 por ciento.

No fue una buena noticia para la mandataria, quien perdió tres puntos ante el sondeo anterior, mientras Marina retrocedió sólo uno. Si se toma solamente el electorado católico, Dilma está adelante, con el 41 por ciento, frente al 36 por ciento de Marina, y si se miden sólo los evangélicos, Marina gana con holgura, 41 a 27.

En la proyección sobre el probable ballottage del 26 de octubre, Marina sigue adelante, con el 43 por ciento de todo el electorado, igual número que hace una semana, mientras Dilma suma el 40, habiendo retrocedido 2 puntos.
La hipotética victoria de Marina en el cómputo general del segundo turno fue motivo de optimismo en la Bolsa de Valores de San Pablo –donde echan pestes contra el PT–, cuya ronda de negocios subió más del 2 por ciento, mientras las acciones de Petrobras avanzaron cerca del 5 por ciento. Elude, Marina, mencionar que entre los sospechados de corrupción está Eduardo Campos, el fallecido candidato presidencial por el Partido Socialista.

Nada nuevo: cuando un sondeo indica que Marina le ganará al PT el 26 de octubre, esto motiva números positivos en el mercado, donde saben que la ecologista restaurará la posología liberal aplicada en la década del ’90 por su aliado, el ex mandatario Fernando Henrique Cardoso.

Marina posiblemente repetirá a Cardoso con la política de privatización gradual de Petrobras, tal vez revisando las leyes sancionadas durante los gobiernos petistas, una posibilidad que anima de igual modo a los tenedores privados de títulos de la petrolera como a las petroleras extranjeras, particularmente las norteamericanas, las más perjudicadas por las reformas ocurridas durante los gobiernos de Dilma y Luiz Inácio Lula da Silva.

Petrobras fue motivo de un acalorado cruce de opiniones en el programa televisado por la red católica de medios, donde estuvo el pastor Everaldo, un evangélico rubicundo, con el uno por ciento de apoyo, impulsor de un programa de gobierno de tres puntos: privatización total de Petrobras, prohibición del aborto y reducción de la minoría de edad penal.
Marina Silva es tan enemiga del aborto y poco simpática a la familia de personas del mismo sexo como su compañero de fe, el candidato Everaldo.

Ella es más ponderada que el predicador pentecostal cuando propone revisar la gestión de Petrobras (la candidata fue repudiada esta semana por el sindicato de los petroleros) y opta por un discurso tecnocrático, prometiendo convocar a “los mejores técnicos” en lugar de políticos “petistas” que hicieron de la empresa un supuesto “antro” de negocios turbios.
En ese sentido, la dirigente opositora Marina menciona insistentemente los casos de corrupción denunciados en Petrobras, el más sonado involucrando a un ex director, actualmente preso, que ayer fue indagado por los miembros de una comisión investigadora del Congreso.


 

Caciques y pulverizados

Por Eric Nepomuceno

Todos los indicios apuntan hacia una misma dirección: solamente cuando termine el conteo de los votos, en la noche del domingo 26 de octubre, se sabrá el nombre de quién presidirá Brasil entre el primer día de 2015 y el último de 2018. A menos que ocurra un vuelco espectacular, la disputa entre dos mujeres, la actual presidenta Dilma Rousseff y la evangélica y ambientalista Marina Silva, será la más dura desde que Brasil recuperó, en 1989, el derecho a elegir su mandatario.

En las últimas dos semanas se consolidó, acorde con los sondeos electorales, la tendencia de Dilma Rousseff a recuperar terreno frente a Marina Silva, cuya ascensión veloz parece perder fuerza. El domingo 5 de octubre se definen los candidatos que disputarán la segunda y decisiva vuelta 21 días después.

La otra gran incógnita se refiere a la formación del Congreso, con quien el futuro presidente tendrá que gobernar. En caso de victoria de Dilma, casi seguramente se mantendrá la actual alianza entre partidos que tienen en común un largo abanico de intereses regionales y ninguna identidad ideológica y política. Será, otra vez, una alianza de ocasión.
En caso de victoria de Marina, será necesario recurrir a parte de los actuales aliados de Dilma y también del neoliberal candidato Aécio Neves. El Partido Socialista Brasileño, por el cual Marina disputa la presidencia, tiene representación pequeña en el Congreso. Era, hasta hace poco, el más tradicional aliado del PT.

Los sondeos electorales insinúan que en la próxima Legislatura el Senado brasileño estará más fraccionado aún. Hoy, son dieciséis partidos que tienen representantes en la casa, el mayor número de la historia de la república. A partir de 2015 podrán ser dieciocho.

En medio de esa pulverización, todo indica que el PMDB se mantendrá como el partido con más senadores, seguido por el PT. Actualmente, son diecinueve senadores del PMDB, trece del PT y doce del PSDB de Aécio Neves y del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. De confirmarse los sondeos, el PMDB elegirá diecisiete senadores, el PT, catorce y el PSDB, trece. El PSB de Marina, que cuenta actualmente con cuatro senadores, podrá elegir nueve.

Hoy, en la Cámara de Diputados nada menos que 22 partidos tienen representantes. No hay proyección sobre cuántos parlamentarios serán electos, pero analistas creen que la pulverización será todavía mayor.

Frente a ese escenario, tanto Dilma como Marina tendrán que administrar el apetito voraz de diputados y senadores por puestos, cargos y presupuestos. Marina reitera, entre la citación de uno y de otro versículo de la Biblia, que sabrá construir una “nueva política”, liquidando hábitos y estructuras que, según ella, conforman la “vieja política” con todas sus fallas y vicios.

Son palabras al viento: los caciques de los partidos mayoritarios seguirán poderosos como siempre. Y, como siempre, el oportunismo será predominante a la hora de trabajar en el Congreso.

Dilma convivió, en sus cuatro años de mandataria, con una amplia y difusa variedad de deslealtades y traiciones. En muchos momentos capituló frente a las exigencias de sus supuestos aliados en el Congreso. Cedió y concedió como única forma de mantener los pilares básicos de su programa de gobierno y proyecto de país. Hay que ser realista: un nuevo período presidencial de Dilma se dará bajo el mismo ambiente.

Marina sigue siendo un enigma. Su programa de gobierno tiene nada menos que 240 páginas, plagado de declaraciones de intención y sin ninguna indicación sólida de cómo será cumplido. Ella no tiene, a su lado, a ningún liderazgo de peso, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. Sus asesores, responsables por un programa económico tan confuso cuanto contradictorio con sus promesas sociales, son todos del más nítido corte neoliberal. Tampoco tienen tránsito junto a los comandantes de los partidos que conformarán las mayores bancadas en el Congreso.

Brasil todavía padece los males de la política económica neoliberal de las dos presidencias de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). Volver a ese camino preocupa y asusta a buena parte del electorado más esclarecido. La campaña presidencial de Dilma Rousseff insiste en esa tecla: pese a las crisis globales y a los equívocos internos, al escaso crecimiento de la economía (las previsiones para este año indican una elevación inferior al uno por ciento del PBI) y a la presión inflacionaria (6,4 por ciento para 2014 será un buen resultado, dadas las circunstancias), el país no dejó de crear empleos y profundizar los alcances de los programas sociales del gobierno. Y es ese panorama el que está en riesgo.
Marina Silva asegura que gobernará con los cuadros de su propio partido y también con las mejores cabezas del PT de Dilma y del PSDB de Cardoso y Aécio Neves. Llegó a nombrar a dos figuras muy conocidas de uno y de otro partido, José Serra (PSDB) y Eduardo Suplicy (PT), como ejemplos de cuadros políticos con cuya ayuda espera poder contar. Ninguno de los dos le contestó.

Información adicional

LA PRESIDENTA BRASILEÑA MOSTRO SINTONIA CON EL PAPA Y LA AMBIENTALISTA USO UN DISCURSO TECNOCRATICO
Autor/a: Darío Pignotti
País: Brasil
Región: Surmaérica
Fuente: Página12

Leave a Reply

Your email address will not be published.