La tragedia de Indonesia. El fútbol, pasión que mata

El 2 de octubre de 2022 quedará en los anales del fútbol y en las páginas judiciales como una de las grandes tragedias que lo enlutan. No es para menos. Aquel día se jugaba uno de los partidos más esperados de la parte oriental de Java, Indonesia. Se enfrentaban  por la superliga en el estadio Kanhurujan, el Arema y el Persebaya Surabaya.

La expectativa ciudadana era total, la demanda de cupos para gozar en vivo y en directo este clásico agotó en un solo día las 38 mil boletas, demanda aprovechada por los especuladores de siempre, por quienes hacen una inmensa fuente de ingresos de aquello que otrora fue una diversión, y quienes vendieron 4 mil boletos más de los que aguanta el estadio.

El juego fue intenso y el marcador estrecho, pero sin favorecer al equipo local –el Arema– que terminó vencido 3–2. Y con el pitazo final, sin esperanza alguna de remontar el marcador, la desilusión dio paso a la rabia y esta al copamiento del campo, y allí a una explosión de violencia potenciada por la irracional intervención de los cuerpos antimotines de la policía que, como siempre y en todo lugar primero pegan, gasean y después desconocen toda responsabilidad.

Esta vez no fue diferente y con su irracional actitud, al lanzar gases sobre las tribunas, provocan la estampida de la concurrencia. La afición busca por dónde salir de aquella situación pero se encuentra con las puertas cerradas, y allí la policía golpeando más, sin consideración. La confrontación gana en intensidad, cuyo resultado final lo dice todo: 130 muertos y 300 heridos.

Esto sucede en un país como indonesia, donde la violencia no es casual sino que, como en Colombia, es una realidad que polariza, atomiza, divide a la sociedad y somete; un país donde los paramilitares –pancasilas– actúan con libertad y complicidad estatal.

Memoria

La tragedia en el fútbol de Indonesia no es la única. Según la Fifa el uso de gases lacrimógenos en los estadios del mundo está prohibido, sin embargo esa instrucción no se cumple. Se calcula que en los últimos cuarenta años han muerto en los estadios por incidentes de este tipo 1.600 personas. Veamos algunos ejemplos:

El 24 de mayo de 1964, fecha luctuosa para la afición del fútbol. El estadio Nacional de Lima, Perú, fue escenario de un partido que terminó de forma trágica. Se esperaba con mucha emoción el partido de las selecciones juveniles de Perú y Argentina por la clasificación a los Olímpicos de Tokio. A los 35 minutos del segundo tiempo el partido iba 1-0 a favor de la selección visitante y los locales empataron. El árbitro decidió que el gol  no era válido y se desató el caos: 300 muertos y 800 heridos. Responsables de la tragedia, el ministro de Gobierno, y el comandante de la Policía que ordenó gasear las tribunas y fuera del estadio balacear a los aficionados. En esa década de 1960 la lucha de clases en Perú fue aguda, protestas, marchas, levantamientos campesinos, surgimiento de las guerrillas, y el gobierno de Morales Bermúdez decidió comprar gases lacrimógenos para contener las protestas.

Rusia 1982: 200 muertos y 1.000 heridos; otros dicen que fueron 66 los muertos por una estampida de aficionados que salían de un partido de eliminatorias de la copa Eufa entre el Spartak de Moscú y el HFC Haarlem holandeses jugado en el estadio Luzhniki de Moscú.

Bradford, Inglaterra 1985: 56 murieron y 300 salieron heridos al incendiarse las graderías del estadio Valley Parade durante un partido de tercera división.

En 1985, estadio de Heysel en Bruselas, partido de la final de la copa Europa entre la Juventus y Liverpool, que ganó el italiano 1 a 0: 39 muertos y 600 heridos.

Abril, de 1989 en Hillsborough, 96 aficionados, hombres, mujeres y niños murieron en una estampida, era la semifinal del fútbol de Inglaterra entre Liverpool y el Nothingham Forest en el estadio Hillsborough de la ciudad inglesa de Shefield. La tragedia fue por un error policial.

Guatemala, octubre de 1996: 82 personas murieron y 150 heridas, justo antes del partido entre Guatemala y Costa Rica por eliminatorias del mundial 1998.

Camerún, enero de 2022: 8 muertos y 50 heridos durante una estampida en el partido de la Copa Africana de Naciones. Sucedió porque las puertas del estadio estaban cerradas.

Ghana, mayo de 2001: 125 aficionados murieron y cientos resultaron heridos, por una estampida. En el estadio había 70.000 personas y la policía disparó gases lacrimógenos contra los que estaban destruyendo los asientos.

Sudáfrica, 2001: 43 personas murieron en un estadio cuando se jugaba un partido entre los dos mejores de Sudáfrica. La estampida se produjo cuando miles de aficionados intentaron ingresar al estadio y la policía disparó gases lacrimógenos produciéndose la estampida.

En 2012, liga egipcia de fútbol, se jugó en Pord Said, fue un enfrentamiento político. Jugaron el equipo el Al Masry, defensor de Mubarak –el octogenario dictador–, y el Al Ahly, favorable a las reformas democráticas de la Primavera árabe. El campo fue invadido varias veces cuando Al Masry ganaba 3 a 0.

Al finalizar el partido los aficionados del Al Ahly fueron a enfrentar a las graderías a los hinchas de Al Ahly, conclusión: 74 muertos, porque la policía se negó a abrir las puertas del estadio. Este hecho, a su vez, generó disturbios en todo el país a lo largo de varios días. La liga fue suspendida por el gobierno, y como dijera el técnico del Al Ahly, eso estaba preparado. Se detuvieron 73 personas, de las cuales 21 –incluyendo algunos policías, un ingeniero y tres dirigentes de deportivos– fueron condenadas a pena de muerte, decisión que motivó más protestas con nuevo saldo de 31 asesinados.

¿Es posible medir la capacidad de violencia que se ejerce alrededor de un estadio? ¿Es posible mediar un partido de fútbol por el número de muertos y heridos? Y sobre todo, ¿cuánto dolor y angustia puede soportar la pelota de fútbol?

Todo esto para decir que los aficionados no se pueden imaginar con cuanta violencia puede terminar un partido, aunque por principio no debería finalizar con saldos de heridos y muertos. Se supone que el deporte de la redonda, la “pasión de multitudes”, por más apasionado que sea, no debería terminar en tragedia, y las autoridades no deberían obrar sobre los aficionados como si fuera población que abarrota una cárcel en motín, tratando a los asistentes como supuestos delincuentes. 

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Información adicional

Autor/a: Pedro Miguel Tapia
País: Colombia
Región: Sudamérica
Fuente: Periódico desdeabajo Edición Octubre 18 - noviembre 18 - 2022

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