Turismo y gentrificación, la mercantilización de todo

Estimados/as lectores/as compartimos la serie de artículos más leídos durante el 2023. Una relectura necesaria de hechos y proyecciones de diferentes temas tanto nacionales como internacionales. Esperamos que su lectura sea de utilidad.

El turismo y la gentrificación urbana y sus áreas circunvecinas van unidos a los efectos corrosivos del capital y las relaciones de mercado. En paralelo con los atractivos naturales y humanos con que atraen a miles de turistas al país, se multiplica el precio del suelo, a tal escala que hoy una persona necesita el doble de tiempo de trabajo que hace tres décadas para comprar vivienda.

¡Turismo, el nuevo «Dorado»! Anualmente Colombia registra 3,2 millones de llegadas de turistas internacionales. Los viajeros son seducidos por el contraste de regiones, paisajes y climas, la gastronomía, la biodiversidad y la multiculturalidad, y no menos importante, por la heterogénea y explicita oferta sexual, el acceso a sustancias psicotrópicas y la búsqueda de fiesta, “rumba pesada” y experiencias “extremas”.

Desde la distancia, nos convertimos en un pintoresco paisaje. El raudal de turistas generó el proceso de gentrificación en las grandes ciudades y sus áreas circunvecinas; esto es, la renovación, reconstrucción y cambio en los usos del suelo que se acompaña de un flujo de personas de clase alta y el consecuente desplazamiento forzado de los habitantes más pobres e históricos. Esta dinámica y transformaciones se analizan a continuación.

El turismo y la sociedad de consumo

El conjunto de actividades que realizan las personas durante sus viajes y estancias en lugares distintos a su entorno habitual con fines de ocio, negocios u otros, definidas bajo la categoría de “turismo”, registran un dinamismo y complejidad creciente desde mediados del siglo XX, aupadas por la “sociedad de consumo”. De acuerdo con la Organización mundial del turismo (OMT), la llegada anual de turistas internacionales oscila alrededor de la cifra de 1.500 millones de personas. Con un crecimiento por año estimado entre 3 y 4 por ciento, en 2030 el flujo mundial de turistas alcanzará los 2.000 millones. Una corriente creciente de personas y gasto que lleva a que el sector turístico aporte el 9,2 por ciento del PIB global.

En Colombia, durante 2015 el flujo turístico registró la cifra de 2.519.979 personas; en 2019 alcanzó un máximo de 3,5 millones; en 2020 –durante la pandemia– su número cayó a 920.276; la recuperación se inició en 2021 y en 2022 las llegadas de turistas internacionales fue de 3,2 millones (tabla 1).

Durante las temporadas vacacionales, extranjeros y nacionales eligen destinos turísticos para salir de la rutina y realizar la fantasía de lo que debe ser una existencia vital, de acuerdo con la ideología implícita que promocionan los paquetes turísticos. Aunque muchos vacacionan en planes familiares, otros más suelen hacerlo en búsqueda de realización de fantasías, divertimento sexual y consumo de sustancias psicoactivas. Según la antropología durkheimiana los seres humanos están animados por deseos desenfrenados que, a diferencia de los apetitos animales, no se encuentran naturalmente limitados por el instinto: no hay nada dentro del individuo que contenga sus apetitos. El sistema capitalista también es insaciable y promueve toda clase de deseos y ficciones.

De acuerdo con datos de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), el 20 por ciento de los viajes turísticos internacionales se refiere a turismo sexual y un 3 por ciento de éstos registra tendencias pedófilas, esto es, turistas que viajan alrededor del mundo con fines de explotación sexual de niños, niñas y adolescentes. Y los grupos de poder acondicionan sus países para atraer una cada vez mayor masa de viajeros en procura de tales atractivos, y así quedarse con una parte de los 108.000 millones de dólares anuales que según la ONU produce la prostitución, constituyendo este como el segundo negocio que más mueve dinero en el mundo. Es así como Tailandia, Brasil, España, Indonesia y Colombia destacan ahora como los cinco países del mundo con mayor cantidad de trabajadoras sexuales por cada 10.000 habitantes.

Como parte de esta misma dinámica, el uso recreativo de sustancias psicoactivas se lleva a cabo con la intención de potenciar la experiencia de turismo. El Informe Mundial sobre Drogas 2023, elaborado por la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (Unodc), destaca el aumento a nivel global del número de consumidores de sustancias psicoactivas, que pasó de 240 a 296 millones entre los años 2011 y 2021, lo que representó el 5,8 por ciento de la población global de entre 15 y 64 años, y un 23 por ciento más que hace una década. Una oferta que está asociada a ambientes culturales en los que estas sustancias están socialmente aceptadas, son de fácil acceso y las autoridades son tolerantes, corruptas, cómplices y cordiales con cualquier viajero que traiga divisas.

Un giro social, en su cultura y economía que va sentando huella en Colombia, uno de los 22 países que relaciona el informe anual del Gobierno de Estados Unidos, conocido como la ‘lista negra’ de los países productores y distribuidores de sustancias psicoactivas en el mundo, y entre los cuales junto a Colombia también figuran Afganistán, Bahamas, Belice, Bolivia, Birmania, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Haití, Honduras, India, Jamaica, Laos, México, Nicaragua, Pakistán, Panamá, Perú y Venezuela1.

En toda “la cadena de producción turística”, el manejo de la imagen y el espectáculo son fundamentales. El turismo, encumbrado por la sólida alianza capitalismo-Estado2 transformó a las sociedades “periféricas” en empresas en las cuales todo está en oferta, bien sea en venta o alquiler. Los colectivos humanos, la biodiversidad y las “experiencias extremas y sin límites” hacen parte de las ventajas comparativas y competitivas de los “paquetes turísticos” con los cuales se busca seducir o atraer a los lascivos e insaciables consumidores de las sociedades del “centro” con alta capacidad de compra en dólares o euros.

Como factor prioritario de esta seducción los mercaderes del turismo se han concentrado particularmente en el aprovechamiento del paisaje, los cuerpos, la plurietnia y la multiculturalidad para motivar el desplazamiento de los individuos que habrán de “consumirlos” en el espacio tiempo. En esa mezcla de comerciantes con usuarios-clientes (turistas) que suele denominarse el turismo, se da preferencia al concepto paisaje sobre el de territorio, porque es más ligero (light), menos problemático desde el punto de vista político3. La noción de “paisaje” fragmenta, cosifica y deshumaniza el territorio, naturaleza sin gente.  El turismo mundial, destaca como destinos preferentes: Europa 62 por ciento; Américas 16, Asia 10, Medio oriente 7 y África 5.

La masa de sujetos que van por el mundo como turistas es creciente y ya son evidentes las externalidades negativas de carácter económico, social, cultural, ambiental, biológico (epidemias), ético y político que genera. Sus impactos negativos más evidentes son los diferentes tipos de contaminación, el congestionamiento, los daños a la naturaleza, la agresión cultural, la violación de derechos humanos (tráfico de personas y mercado del turismo sexual), la afectación arquitectónica, los cambios en los usos del suelo urbano y rural, el encarecimiento del costo de vida para los residentes, los desplazamientos forzosos de población debido a la gentrificación.

La expansión del turismo a nivel planetario es un fenómeno social contemporáneo que tiene una gran incidencia en el aumento de los riesgos para las personas, los entornos geográficos y los estilos de vida vernáculos. En ciudades europeas se busca regular, controlar y limitar el turismo: en Barcelona, por ejemplo, se propone permitir la afluencia del turismo a solo determinados días de la semana para que la comunidad local pueda tener acceso a los centros históricos y vivir tranquilamente su cotidianidad; en Ámsterdam se está limitando los horarios de funcionamiento de los negocios. Sin embargo, los conflictos se agudizan entre, de una parte, las comunidades que defienden su derecho a la ciudad, y, de otra, los dueños de negocios, turistas, trabajadores y administraciones públicas locales que derivan sus ingresos del turismo.

Desde mediados del siglo XX, el turismo comenzó a generar ingresos crecientes frente a otros sectores económicos, llegándose a considerar como una alternativa para el desarrollo, en particular para los países periféricos, exaltándose sus virtudes: “El turismo reúne varias condiciones superiores a las de otros sectores, para ofrecer oportunidades de empleo, de creación de microempresas, y de encadenamientos con otras actividades económicas, especialmente a mujeres y jóvenes, y en zonas remotas y alejadas de los centros urbanos, donde existen pocas oportunidades de desarrollo sostenible”4. A lo cual suman la generación de divisas. En esta exaltación, los altos y complejos costos implícitos que generan las actividades asociadas al turismo quedan ocultos.

El tiempo de permanencia en el país de estos turistas es de dos a tres semanas. Debido a los cambios registrados en el mundo laboral ocasionados por la virtualidad y la digitalización se ha forjado el nómada digital, un nuevo tipo de trabajador, un profesional que usa las nuevas tecnologías para trabajar a distancia, y que lleva a cabo un estilo de vida errante. Estos profesionales, por lo general jóvenes, trabajan de forma remota en lugar de hacerlo en un lugar de trabajo fijo. Esta labor crece a ritmo constante, incrementado en 2021 por efectos de la pandemia. Se estima que 2035 habrá más de 1.000 millones de nómadas digitales en todo el mundo; personas más libres, sin horarios y sin ataduras geográficas, capaces de trabajar simplemente con un ordenador y conexión a internet.

En esta constante de trabajadores/viajeros, las principales ciudades de Colombia (Bogotá, Medellín y centros urbanos del Caribe, principalmente) son elegidas por un grupo creciente de estos nómadas digitales que en promedio permanecen en el país seis meses.

En Colombia, la participación en el valor agregado nacional del sector turismo es de 2 por ciento durante los años 2015-2022, con una contribución máxima de 2,6 por ciento durante 2018-19 y un mínimo de 1,2 por ciento en el año de mayor impacto de la pandemia (2020). El crecimiento anual del valor agregado del sector turismo es de 17,9 por ciento anual, pero registra altas oscilaciones e inestabilidad dependiendo de múltiples variables económicas, culturales, políticas e institucionales: en 2018 aumentó 32,5 por ciento; por efectos del covid-19 cayo 55,2 en 2020; en 2021 aumentó 61,9 por ciento y 52,5 en 2022 (gráfico 1).

El sector turismo es intensivo en la ocupación de fuerza de trabajo. En Colombia estuvieron vinculadas laboralmente al turismo 440.160 personas en 2021 y 709.263 en 2022, lo que significa un crecimiento relativo de 61,1 por ciento. La participación de este sector en el total de población ocupada nacional alcanzó al 2 por ciento en 2021 y al 3,2 en 2022 (gráfico 2).

El turismo se suele clasificar dentro del sector “servicios” y se identifica de manera singular de “subsector turístico” como si se tratara de una sola actividad económica, cuando en realidad es un conjunto abierto de toda clase de negocios. Los gastos realizados por los turistas en Colombia se distribuyen en servicios de alojamiento (15,9%), servicios de provisión de alimentos y bebidas (26,7%), Servicios de transporte de pasajeros por carretera (11,7%), Servicios de transporte aéreo de pasajeros (19,4%), Agencias de viajes y otros servicios de reserva (0,5%), Servicios culturales deportivos y recreativos (8%) y Bienes adquiridos por los visitantes en el transcurso de sus viajes (17,9%). Durante el período 2015-2022, el gasto turístico receptor aumentó 163,8 por ciento; el crecimiento más elevado lo registró la cuenta “Servicios culturales deportivos y recreativos” al registrar un aumento de 407,6 por ciento (tabla 1).

Colombia es destino para el turismo sexual infantil de extranjeros, provenientes de Estados Unidos y Europa; sus principales ciudades se han convertido en epicentros de tal tipo de turismo con niños, niñas, adolescentes y adultos. La Candelaria y Chapinero en Bogotá, el Parque Lleras de Medellín, la Ciudad Amurallada en Cartagena, Barranquilla5, la zona de Taganga en Santa Marta, el Bulevar del Río en Cali y el Eje Cafetero, son algunos de los lugares en donde se demanda y ofrece el turismo sexual, una actividad que involucra a redes de trata y tráfico de personas, debido al carácter lucrativo del negocio.

De acuerdo a investigaciones de Unicef, en Colombia existen 55 mil víctimas de trata de personas que son menores de edad. Las niñas entre los 12 y 14 años son las más vulnerables. Estas cifras ponen al descubierto porqué el país es considerado el cuarto de América Latina con mayor turismo sexual infantil.

En Medellín, según Juan Manuel Ospina, el negocio turístico se apoderó de la ciudad. Pero de un turismo nefasto alimentado por la capacidad empresarial local, teñida de rebusque y oportunismo, volcada a conquistar ese nuevo Dorado y para ello encuentra la mesa servida, porque la cultura paisa tiene en su ADN ser abierta y amable, como buenos comerciantes; donde hay negocio, ahí estamos. Hace años, evoca Ospina, el ex-presidente Alberto Lleras (1906-1990) afirmaba que el turismo prostituye a las regiones, a sus comunidades, que acaban vendiéndose por dinero al que llegue, enterrando su cultura y alma, entregándose sin restricción alguna, en el altar de la ganancia, a la que todo sacrifica6.

La exparlamentaria y concejal de Medellín Luz María Múnera afirma que alrededor de 40 millones de dólares mensuales se mueven en la ilegalidad en Medellín (es lógico que los circuitos legales e ilegales de la economía y las finanzas están orgánicamente integrados). Una alta proporción de estos recursos subterráneos tienen como fuente la prostitución, el mercado de sustancias psicoactivas y los paquetes turísticos para “vivir la experiencia de Medellín y los municipios del área metropolitana del Valle de Aburrá”. De hecho, empresas gringas, europeas y nacionales promueven fiestas con “un harén de colombianas”; el paquete es “todo incluido” desde pasajes, recepción, traslados locales, alquiler de apartamentos en zonas exclusivas de la ciudad o fincas de recreo en municipios cercanos, tours, shows privados, contratación de relaciones sexuales a cambio de dinero y toda clase de planes “excitantes y diversos” en la capital antioqueña y su zona de influencia. La Secretaría de Inclusión Social, Familia y Derechos Humanos de Medellín, señaló que la prostitución ha aumentado en el área metropolitana del Valle de Aburrá por la falta de oportunidades laborales, dificultades económicas, búsqueda de status en el consumo conspicuo y la migración.

En el costado norte del país, en Cartagena, las autoridades municipales salen iracundas a reclamar por el desprestigio a la ciudad generado por la prostitución abierta y permisiva, el consumo continúo de sustancias psicoactivas y el ambiente festivo de noche y día. La secretaría de Hacienda es consciente que una alta proporción de las finanzas públicas depende del turismo con fines de explotación sexual y consumo de sustancias psicoactivas, por eso son permisivas u ocultan este hecho estructural del Distrito Turístico y Cultural. En el tema de las divisas prevalece la doble moral. Cuando llegan los cruceros provenientes de Europa o Norte América, la ciudad se pone delirante: hoteles, taxistas, restaurantes, centros comerciales, bares, autoridades de “control”, funcionarios públicos, guías turísticos, agencias de viajes, población de barrios populares donde se recluta el diverso “recurso humano”, todos están en la “jugada”, todos buscan obtener algo del negocio turístico. Entre tanto, una masa sórdida recorre la urbe, excitada, alcoholizada o drogada; la población histórica pierde su derecho a la ciudad, a la tranquilidad y a los costos razonables de la canasta familiar. La publicidad de los paquetes turísticos es explícita: “Viajar en crucero es una experiencia única que combina la comodidad de un hotel de lujo con la emoción de explorar múltiples destinos en un solo viaje”.

En el Eje Cafetero, los fines de semana los aeropuertos están congestionados. Miles de personas de todas las edades se desplazan, organizados por los empresarios del negocio, en recorrido por diferentes municipios que ‘venden’ su paisaje y donde es posible pernoctar en otrora haciendas cafeteras convertidas –por efecto de la crisis del grano– en hoteles “ecoturísticos”. Variadas organizaciones ambientalistas denuncian los perjudiciales efectos que sobre el territorio está generando la afluencia de miles semana tras semana, sin posibilidad de descanso para la naturaleza.

Hacia el centro occidente de Colombia, el alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, sorprendió con una serie de declaraciones sobre el Bulevar del Río, uno de los espacios públicos más importantes y concurridos de la ciudad. Y es que el mandatario aseguró que está contemplando, entre otras cosas, establecer un código de vestimenta para quienes asisten a este lugar, ubicado en el centro de la ciudad. La música, el baile, el consumo de sustancias psicoactivas y la prostitución empezaron a tomarse el Bulevar en las noches. “Debemos tener un horario máximo para tener abierto el Bulevar cuando se adelanta esta actividad, un código de vestuario, de tal manera que no pueda estar en el Bulevar personas sin camisa, de una forma no apropiada con nuestro espacio público. Una restricción de cierto tipo de consumos. No queremos que el Bulevar tenga un consumo irracional e irresponsable de algunos psicoactivos”, afirmó el burgomaestre de la ciudad.

¿Y Bogotá? Esta es tierra de nadie. Todo está permitido, todo vale.

Gentrificación, conflicto y desplazamientos

El “Dorado” del turismo transformó las ciudades de Colombia y sus áreas circunvecinas. El fenómeno de la gentrificación disparó el precio de las viviendas en Bogotá, Medellín, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, Cali y el Eje Cafetero. Los procesos de renovación urbana y rural implican el desplazamiento forzado de sus históricos pobladores vía impuestos, valorización e, incluso, negativa a invertir por parte de la ciudad en la conservación de tales barrios; los urbanizadores, por su parte, llegan hasta aliarse con organizaciones delincuenciales y criminales que hacen el trabajo “sucio” de expulsión de los allí residentes. El dinero de turistas extranjeros con capacidad de pago en divisas y sin importarles los precios, el lavado de dinero del narcotráfico, el pago de actos de corrupción con bienes inmuebles, el capital de los inversionistas especuladores, los agiotistas, las empresas constructoras, los negocios de las oficinas pertenecientes a las “Bacrim” y los recursos de los presupuestos públicos confluyen al unísono para apalancar y potenciar estos procesos de renovación urbana y zonas colindantes en favor de las clases ricas y poderosas.

Como parte de esta dinámica, los inmuebles están destinados a atender la demanda de turistas extranjeros. Los “negocios” se realiza mediante plataformas virtuales y solo se transan en dólares o euros. Los arriendos aumentan en estas ciudades hasta en un 50 por ciento anual. El desplazamiento forzado se observa en la estratificación: los barrios populares escalan y ahora, con las nuevas construcciones y entornos turísticos pasan a ser estrato seis; la clase media (estratos 3 y 4) emigra hacia las zonas de estrato dos o uno y generan un desplazamiento adicional; los pobres son expulsados hacia la periferia, zonas rurales que ven cambiar los usos del suelo y municipios alternos.

En Cartagena, por ejemplo, el barrio Getsemaní, ubicado en su centro histórico, siempre estuvo ligado a los movimientos alternativos, de protesta y revolución. Hoy en día, el otrora barrio de “negros rebeldes”, por efecto gentrificador, está convertido en barrio turístico. Ya no es habitado por las comunidades históricas, ahora todos los inmuebles son hoteles, restaurantes, boutiques o establecimientos en los que se vende productos selectos y sitios de “rumba”. Muchos de estos sitios están conectados por pasadizos secretos con el fin de ocultar las “mercancías humanas”, los pushers o jibaros, los consumidores y turistas de los “controles” que de vez en cuando realizan las autoridades públicas del Distrito Turístico y Cultural. 

La gentrificación se focaliza en sitios estratégicos de la ciudad: El Poblado, Laureles y Belén, en Medellín; Candelaria, Chapinero y El Lago en Bogotá, por dar dos ejemplos. Los precios de inmuebles y arriendos, gestionados mediante plataformas virtuales y transacciones en dólares, se elevan demencialmente. El valor del metro cuadrado en estas áreas se multiplicó 24 veces durante los últimos 30 años (de 0,5 millones en 1993 a 10 millones de pesos en 2023); durante este período el salario mínimo aumentó la mitad de este factor multiplicativo, esto es, 12 veces (de 0,098 a 1,16 millones). En consecuencia, un hogar de trabajadores debe trabajar el doble de tiempo respecto a hace tres décadas para adquirir una vivienda o, la alternativa, dos miembros del hogar deben dedicar su ingreso a la compra y pago del crédito por la vivienda.

Pese a estas contradictorias realidades, el turismo está enfocado por parte del gobierno de turno como una de las alternativas para sustituir las divisas que dejará de percibir el país al cerrar el grifo petrolero y la explotación minero-energética.

“Turismo para una cultura de paz”: así es el nombre de la nueva política pública del Gobierno del “Pacto Histórico”. La iniciativa, diseñada por el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, busca impactar a 3,5 millones de habitantes de los 88 territorios turísticos de paz focalizados. El ministro, Germán Umaña Mendoza, destacó que “el turismo está en el corazón de ese anhelo de paz que tenemos todos los colombianos. Desde la firma del Acuerdo final para la terminación del conflicto, el país ha percibido un crecimiento en la llegada de viajeros internacionales, por efecto de la percepción de mejora en la seguridad. Queremos que este sector siga siendo un importante jalonador del desarrollo y la sostenibilidad de nuestros territorios”. Una opción polémica, por lo menos, y que merecería un amplio debate nacional. 

1   Según la Unodc, el tráfico de drogas mueve 320.000 millones de dólares anuales; la cocaína, con 85.000 millones de dólares, y los opiáceos, con 68.000 millones de dólares, son las dos sustancias que más dinero generan. Tal informe señala a Colombia como el primer país productor de cocaína en el mundo.

2   Para el caso colombiano, durante los dos gobiernos del Presidente Álvaro Uribe (2002-2010) se entregó a un monopolio privado el manejo de los Parques Nacionales para su explotación ecoturística. A la sombra del Estado se construyó el poderoso grupo empresarial Aviatur cuyo presidente es el negociante de origen francés Jean Claude Bessudo. En total hacen parte del Grupo Aviatur  21 empresas y 3 uniones temporales.  Las denuncias sobre el manejo privado de estos “Parques Naturales” son conocidas: comercio ilegal de predios, tráfico de estupefacientes, turismo sexual, pesca sin control, así como el deseo de muchos de sus propietarios de sacar algún provecho económico a través de proyectos ecoturísticos.

3   Castillo Parra, César. (2021). Geografía del turismo y el paisaje. Reflexiones críticas. Universidad del Valle, pp. 9-29.

4   Yunis Ahues, Eugenio. (2008). Turismo y reducción de la pobreza en América Latina. Bogotá, Universidad Externado de Colombia, p. 33.

5   En la Puerta de Oro de Colombia, la ciudad con unos de los mayores crecimientos en el país, se logra apreciar un desbordado y desordenado crecimiento de la prostitución: las hay de todo tipo, las que se encuentran en las calles de la ciudad, más específicamente en el centro de Barranquilla (Iglesia de San Nicolás, Iglesia de San José, ‘parque de las manitos’ o locutores, las calles 40, 41 y 42, entre otras); de igual manera, existe un grupo de mujeres que se encuentran en los famosos burdeles o bares. También las que ejercen el oficio en casas muy reservadas y lugares con fachadas diferentes pero que la finalidad es la prostitución, ubicadas en barrios y zonas comerciales; y de la misma forma, se encuentra el grupo de las ‘tapiñeras’, las que manejan una cierta exclusividad y son más conocidas como prepagos, que se manejan por llamadas y catálogos y son comandadas por los famosos proxenetas. El mercado de la prostitución mueve en Barranquilla más de 100 mil millones de pesos anuales.

6   https://www.elespectador.com/opinion/columnistas/juan-manuel-ospina/cuando-el-turismo-deja-de-serlo/. Visita: 1 de julio de 2023.

*    Economista y filósofo. Integrante del comité editorial de los periódicos desdeabajo y Le Monde diplomatique, edición Colombia.

Video relacionado:

Suscríbase

https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/product&product_id=179&search=susc

Información adicional

MÁS LEÍDO 2023
Autor/a: Libardo Sarmiento Anzola*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°304, 18 de julio-18 de agosto de 2023

Leave a Reply

Your email address will not be published.