La política después de la política

Las elecciones presidenciales de 2026 dejaron mucho más que un cambio de gobierno. También mostraron que la competencia democrática está dejando de definirse únicamente por las ideas o los programas para trasladarse al terreno de las emociones, las narrativas y la disputa por el sentido de la realidad. Comprender esa transformación es indispensable para entender no sólo lo que ocurrió en Colombia, sino los desafíos que enfrentará la izquierda en los próximos años.

Las elecciones presidenciales de 2026 no solo produjeron una alternancia en el poder. También revelaron una transformación mucho más profunda y es el cambio en la forma en que el poder se construye, se disputa y se ejerce en las democracias contemporáneas. Durante semanas, el análisis público se concentró en los resultados, las alianzas, las encuestas y los errores de campaña. Era natural. Toda elección invita a buscar explicaciones inmediatas. Sin embargo, esa discusión corre el riesgo de pasar por alto un fenómeno de mayor alcance. Lo ocurrido en Colombia parece formar parte de una mutación que atraviesa a muchas democracias. Quedó demostrado que la competencia política ya no depende únicamente de la capacidad para convencer a los ciudadanos, sino también de la capacidad para construir el marco desde el cual esos ciudadanos interpretan la realidad.

La política siempre ha apelado a las emociones. El miedo, la esperanza, la indignación o el deseo de cambio han acompañado todas las campañas democráticas. Tampoco la propaganda es una invención del siglo XXI, lo novedoso es la aparición de un ecosistema tecnológico que ha modificado radicalmente la velocidad con la que circula la información, la forma en que se organiza la conversación pública y los mecanismos mediante los cuales se consolidan las percepciones colectivas.

En ese contexto, la inteligencia artificial ocupa un lugar relevante, pero no suficiente para explicar lo ocurrido. Reducir esta elección a un triunfo de la IA sería tan simplista como atribuir la política televisiva únicamente a la existencia de la televisión. La inteligencia artificial actuó como un acelerador dentro de un ecosistema más amplio integrado por algoritmos, plataformas digitales, economías de la atención, segmentación de audiencias e influenciadores capaces de amplificar narrativas a una escala desconocida hasta hace poco. Lo importante no fue la herramienta en sí misma, sino el tipo de competencia política que favoreció.

La consecuencia de esa transformación es profunda. Durante buena parte de la historia democrática se asumió que las campañas electorales consistían, sobre todo, en confrontar programas, liderazgos e ideas. Hoy esos elementos siguen siendo indispensables, pero ya no bastan para explicar el comportamiento electoral. Antes de que los ciudadanos evalúen una propuesta, interpretan la realidad desde determinados marcos narrativos; antes de decidir qué candidato les ofrece mejores soluciones, ya han construido una percepción sobre cuáles son los problemas realmente importantes, quiénes son los responsables de ellos y qué emociones despiertan. La disputa política comienza, por tanto, mucho antes del debate programático. Comienza en la lucha por definir el significado de los hechos.

Si la competencia política cambió, no fue porque los ciudadanos dejaran de valorar las propuestas o porque la deliberación hubiera desaparecido. Cambió porque se transformó el proceso mediante el cual esas propuestas llegan a los ciudadanos y adquieren significado. En otras palabras, la disputa electoral ya no se desarrolla únicamente en el terreno de las ideas, sino en el de las percepciones.

Las democracias contemporáneas siempre han estado atravesadas por relatos. Ningún proyecto político ha triunfado exclusivamente por la solidez de su programa de gobierno. Todos han necesitado construir una interpretación de la realidad capaz de responder preguntas fundamentales: ¿qué está mal?, ¿quién es responsable?, ¿qué futuro es posible? Lo que distingue el momento actual es que esa construcción de sentido ocurre en un entorno donde la información circula de manera fragmentada, permanente y personalizada. Los ciudadanos ya no comparten necesariamente una misma conversación pública; hoy, los ciudadanos habitan ecosistemas informativos distintos, organizados por algoritmos que priorizan determinados contenidos y relegan otros.

Esa fragmentación tiene profundas implicaciones para la competencia democrática. Durante décadas, los partidos políticos y los medios de comunicación fueron los principales intermediarios entre los acontecimientos y la opinión pública. Hoy ese papel se encuentra distribuido entre múltiples actores como plataformas digitales, creadores de contenido, comunidades virtuales y sistemas automatizados de recomendación que deciden, segundo a segundo, qué merece atención y qué pasa inadvertido. La capacidad para instalar una agenda ya no depende exclusivamente de los recursos de una campaña o del respaldo de los medios tradicionales; depende también de comprender cómo funcionan esas nuevas dinámicas de circulación de la información.


En ese contexto, la atención se convirtió en un recurso político de primer orden. No porque sustituya a las ideas, sino porque determina cuáles ideas logran entrar en la conversación pública. Una propuesta que no circula difícilmente puede ser debatida. Un liderazgo que no consigue hacerse visible encuentra enormes obstáculos para ampliar su base de apoyo. La competencia ya no consiste únicamente en persuadir, sino en lograr que el mensaje exista para millones de ciudadanos inmersos en un flujo incesante de información.

Este cambio obliga a revisar una premisa que durante mucho tiempo orientó el análisis electoral: la idea de que los ciudadanos toman decisiones después de comparar racionalmente programas y candidatos. La evidencia acumulada por la ciencia política y la psicología política muestra un panorama más complejo. Las personas interpretan los hechos a partir de identidades, emociones, experiencias y marcos de referencia previamente construidos. Las campañas exitosas no crean esas disposiciones desde cero, pero sí son capaces de activarlas, reforzarlas o articularlas en torno a una narrativa política coherente.

Las pasadas elecciones parecieron confirmar esa tendencia. La discusión pública giró menos alrededor de la comparación detallada entre programas de gobierno y más alrededor de relatos capaces de despertar emociones, definir prioridades e interpretar el momento político. Esa constatación no supone un juicio de valor sobre el comportamiento de los ciudadanos. Supone reconocer que la política democrática siempre ha sido también una disputa por el significado de la realidad. La diferencia es que hoy esa disputa ocurre en un ecosistema tecnológico que multiplica su velocidad, su alcance y su capacidad de segmentación.

Las campañas presidenciales fueron, en buena medida, la expresión de dos maneras distintas de entender la competencia política contemporánea. Más allá de las diferencias ideológicas entre los candidatos, la elección puso en evidencia dos estrategias frente a un mismo ecosistema comunicativo.
La campaña vencedora pareció comprender que la disputa electoral comenzaba mucho antes del debate sobre las propuestas. Su esfuerzo no estuvo dirigido únicamente a presentar un programa de gobierno, sino a construir un marco de interpretación desde el cual ese programa adquiriera sentido para amplios sectores de la ciudadanía. La comunicación dejó de cumplir una función exclusivamente instrumental para convertirse en un componente central de la estrategia política. La ocupación permanente de la conversación pública, la capacidad de reaccionar con rapidez a los acontecimientos, la simplificación de mensajes complejos y el uso intensivo de formatos digitales no fueron elementos accesorios, estos hicieron parte de una forma específica de competir por el poder.

No se trata de afirmar que esa campaña hubiera prescindido de las ideas o que su éxito pueda explicarse únicamente por su estrategia de comunicación. Toda victoria electoral responde a una combinación de factores sociales, económicos, políticos y culturales. Sin embargo, resulta difícil ignorar que supo adaptarse con mayor eficacia a un escenario donde la velocidad de circulación de los mensajes, la producción constante de contenido y la capacidad para activar emociones colectivas se habían convertido en variables estratégicas de primer orden.

La campaña de Iván Cepeda respondió a una lógica diferente. Su principal fortaleza residía en un liderazgo construido durante décadas alrededor de la defensa de los derechos humanos, la lucha contra la corrupción y una trayectoria política ampliamente reconocida por su consistencia. Ese capital político constituía un activo excepcional. Sin embargo, la campaña pareció asumir que esa legitimidad podía traducirse casi de manera natural en una mayoría electoral.

Esa premisa merece una reflexión más cuidadosa porque la autoridad moral continúa siendo un recurso indispensable para cualquier proyecto democrático. La confianza pública no ha perdido valor. Lo que parece haber cambiado es la forma en que esa confianza se convierte en apoyo político. En un ecosistema donde la atención es un bien escaso y la conversación pública cambia de tema con enorme rapidez, la credibilidad necesita ir acompañada de una estrategia narrativa capaz de conectar con públicos diversos, disputar la agenda y construir identificaciones emocionales sin renunciar al rigor de las ideas.

Desde esa perspectiva, la principal dificultad de la campaña de Cepeda no fue la ausencia de propuestas ni la falta de coherencia política. Fue una lectura insuficiente del terreno donde se desarrollaba la competencia. Mientras una campaña entendía que el desafío consistía en instalar marcos de interpretación antes que argumentos aislados, la otra pareció confiar en que la fuerza de su trayectoria terminaría imponiéndose por sí misma. Esa diferencia estratégica ayuda a comprender por qué una candidatura con importantes fortalezas políticas encontró tantas dificultades para ampliar su base electoral en un contexto profundamente distinto al de elecciones anteriores.


Sería equivocado concluir que las ideas dejaron de importar o que la ética perdió relevancia en la política democrática. Las elecciones de 2026 sugieren, más bien, que ni las mejores ideas ni las trayectorias más sólidas producen efectos políticos por el simple hecho de existir. También necesitan una estrategia capaz de hacerlas visibles, comprensibles y emocionalmente significativas para una ciudadanía que hoy recibe información en condiciones radicalmente distintas a las de hace apenas una década.

Las implicaciones de este cambio trascienden, sin embargo, el resultado de una elección presidencial. Obligan a preguntarse qué significa hacer política democrática en un contexto donde la competencia por la atención condiciona cada vez más la competencia por el poder. Esa pregunta resulta especialmente relevante para la izquierda, no porque enfrente un desafío exclusivo, sino porque buena parte de su identidad política se ha construido alrededor de la deliberación, la movilización social y la fuerza de sus convicciones.

Durante décadas, la izquierda democrática encontró en la coherencia ética, la organización colectiva y la capacidad de formular diagnósticos estructurales sobre la desigualdad sus principales fuentes de legitimidad. Esa tradición produjo avances importantes y permitió ampliar derechos, visibilizar sectores históricamente excluidos y transformar debates públicos que durante años permanecieron al margen de la agenda política. Nada de ello ha perdido valor. Por el contrario, sigue siendo un patrimonio indispensable para cualquier democracia que aspire a ser más incluyente.

Lo que sí parece haber cambiado es el entorno en el que esos principios deben disputar apoyo ciudadano. En un ecosistema donde las percepciones se forman a gran velocidad y la atención se fragmenta de manera permanente, la consistencia ética ya no garantiza, por sí sola, la capacidad de construir mayorías. Las ideas necesitan encontrar formas de circulación acordes con las dinámicas contemporáneas de la comunicación política. De lo contrario, corren el riesgo de permanecer confinadas en espacios que ya las comparten.

Este punto merece una precisión. Adaptarse a un nuevo ecosistema comunicativo no significa renunciar al rigor, reemplazar la argumentación por la propaganda o asumir que toda estrategia es legítima con tal de ganar una elección. La democracia no puede sobrevivir si abandona su compromiso con la verdad, el pluralismo y el debate público. El desafío consiste, precisamente, en encontrar maneras de comunicar esos valores sin ignorar las transformaciones que han experimentado las formas de informarse, participar y construir identidad política.

En ese sentido, la principal lección de 2026 no es tecnológica, sino cultural. La disputa política ya no se libra únicamente alrededor de programas de gobierno o de la capacidad para administrar el Estado. También se libra en el terreno donde se construyen las identidades colectivas, se definen las prioridades públicas y se otorga significado a los problemas sociales. Quien logra incidir en ese proceso no sólo obtiene ventajas electorales; también contribuye a moldear el sentido común desde el cual una sociedad interpreta su presente y proyecta su futuro.

Para la izquierda democrática, ese desafío supone revisar una premisa que durante mucho tiempo pareció suficiente como es la idea de que tener mejores argumentos conduciría, tarde o temprano, a obtener mayor respaldo ciudadano. La experiencia reciente sugiere que entre la solidez de una propuesta y la decisión del voto existe un espacio decisivo ocupado por las emociones, las narrativas y las formas de identificación colectiva. Ignorar ese espacio implica dejar en manos de otros la definición de los marcos desde los cuales serán evaluadas las propias ideas.

Asumir esa realidad no significa abandonar los principios que han dado identidad a la izquierda democrática. Significa reconocer que la defensa de esos principios también exige disputar el terreno donde hoy se forma la opinión pública. Porque en las democracias contemporáneas no basta con elaborar un proyecto de país. También es necesario construir las condiciones culturales y comunicativas que permitan a ese proyecto ser comprendido, compartido y respaldado por amplios sectores de la sociedad.

El factor Petro: entre el liderazgo y el costo político

Ningún análisis de las elecciones de 2026 estaría completo sin considerar el papel desempeñado por Gustavo Petro. Su liderazgo siguió siendo el principal activo político de la izquierda colombiana, pero también terminó convirtiéndose, durante la segunda vuelta, en una de sus mayores fuentes de vulnerabilidad.

Resulta difícil entender el desempeño de Iván Cepeda sin reconocer que una parte importante del electorado progresista llegó a su candidatura impulsada por el capital político y simbólico construido por Petro durante los últimos años. Ese respaldo permitió consolidar una base electoral robusta y se explica en buena medida, en el resultado obtenido en la primera vuelta. Sin embargo, la dinámica de la segunda vuelta era distinta. Allí el desafío ya no consistía únicamente en movilizar al electorado propio, sino en conquistar a quienes aún dudaban entre las dos opciones.

En ese contexto, varias decisiones del presidente terminaron generando costos políticos para la campaña. Nombramientos controvertidos, como el de Daniel Quintero en la Supersalud, la defensa pública de funcionarios altamente cuestionados y la decisión de intervenir de manera permanente en la conversación política reactivaron las resistencias de sectores que podían estar dispuestos a respaldar a Cepeda, pero que mantenían profundas reservas frente al gobierno. Más que ampliar la coalición, esas actuaciones parecieron reforzar la idea de que la elección constituía un plebiscito sobre la administración saliente.

Probablemente la mayor contribución que Petro podía hacer en esa etapa era permitir que la candidatura adquiriera autonomía y construyera una identidad propia frente al electorado moderado. La elección terminó definiéndose por un margen estrecho, y precisamente por esa estrechez resulta razonable pensar que decisiones de este tipo pudieron influir en el comportamiento de un segmento reducido, pero decisivo, de votantes.

Al mismo tiempo, conviene evitar una lectura derrotista del resultado. La izquierda no sufrió un desplome electoral ni quedó reducida a una fuerza marginal. Por el contrario, conserva un caudal cercano a los diez millones de ciudadanos que siguen identificándose con un proyecto político de transformación social. Esa base constituye uno de los activos más importantes de la política colombiana contemporánea y demuestra que el progresismo continúa siendo una fuerza con capacidad real de disputar el poder.

El reto que comienza ahora es diferente. Durante los próximos años la izquierda tendrá que ejercer una oposición firme, inteligente y profundamente democrática. Deberá fiscalizar al nuevo gobierno con rigor, defender las conquistas sociales alcanzadas, corregir los errores que la alejaron de sectores moderados y, al mismo tiempo, reconstruir una narrativa capaz de volver a conectar con las mayorías. La elección de 2026 deja una lección clara y es el hecho de que las convicciones siguen siendo indispensables, pero sólo se convierten en mayorías cuando logran dialogar con una sociedad diversa, emocionalmente compleja y comunicativamente distinta a la de hace apenas unos años.

La derrota también obliga a la izquierda a revisar la manera en que ha entendido la moderación política. Durante años pareció asumir que la solidez de los argumentos, la consistencia ética y el respeto por el debate democrático terminarían imponiéndose frente a la desinformación y las campañas basadas en el miedo. Las elecciones de 2026 sugieren que esa convicción, aunque necesaria, ya no es suficiente. No porque la izquierda deba responder a la mentira con más mentira o renunciar a sus principios, sino porque necesita comprender que hoy la disputa política también se libra en el terreno simbólico, emocional y cultural.

Paradójicamente, mientras la derecha ha asumido sin complejos la defensa apasionada de su proyecto, buena parte de la izquierda parece sentirse obligada a justificarse permanentemente, o a hablar casi exclusivamente para quienes ya comparten sus diagnósticos. Colombia no necesita una izquierda menos radical; necesita una izquierda radical en el mejor sentido de la palabra. Radical porque vaya a la raíz de la desigualdad y de las exclusiones que siguen definiendo la vida nacional; radical en la defensa de la democracia, de los derechos humanos y de la justicia social, pero también radical en su capacidad para disputar el sentido común, emocionar, persuadir y construir mayorías. Si quiere volver a gobernar, tendrá que dejar de confiar en que las buenas ideas hablan por sí solas y comprender que, en la política contemporánea, las convicciones solo transforman la realidad cuando logran convertirse en una experiencia compartida.

Analista y asesora política. Cuenta en X @lacoboschica

Información adicional

Autor/a: Marcela Cobos*
País: Colombia
Región: Suramerica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº267, julio 17 - agosto 17 de 2026

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