Entre mar, río y manglar: una escuela que compite con la guerra 

El corregimiento de Santa María del Darién, municipio de Unguía, Chocó, es un lugar al que no se llega por carretera: la única forma de entrar es por agua. Desde el muelle turístico de Turbo se toma una lancha –o “panga”, como la llaman los habitantes– durante hora y media para atravesar mar, río y manglar. Mientras navegábamos, abrí Google Maps para seguir la ruta, pero el camino fluvial no existe en los satélites. Mientras en la pantalla se veía tierra firme, nosotros nos desplazábamos por canales de agua que la tecnología no registra.

Después de recorrer un trayecto cada vez más angosto, entre casas flotantes y caseríos de pescadores, divisamos el puerto de Santa María del Darién. Al llegar, todo el mundo sabe quién eres, porque nadie entra sin que la comunidad lo permita.

En este territorio convergen problemáticas sociales, culturales, políticas y ambientales. Sin embargo, ninguna de ellas puede explicarse por separado de un hecho que atraviesa la vida cotidiana: las relaciones entre paramilitares, ganaderos y narcotraficantes “mandan la parada”. En Santa María es posible ver niños y jóvenes a caballo o en moto, con radios, y cobrando vacunas. Los pobladores conviven con esta situación porque “el grupo” les brinda seguridad, forma parte de la comunidad y los consideran dueños del territorio: sus integrantes deciden quién entra, quién sale y quién puede permanecer, están presentes en cada broche, en cada entrada. También han construido las redes de distribución de agua y manejan la energía eléctrica mediante paneles solares. Es decir, han abastecido y sostenido a la comunidad, y estas acciones les han otorgado poder ante la población.

No hay robos ni habitantes de calle, pero tampoco hay espacio para lo diferente: las identidades de género diversas, los cabellos pintados, los aretes, los tatuajes, y hasta las personas provenientes de otros lugares son rechazados por una moral conservadora, reforzada por la Iglesia Adventista. La mayoría de los pobladores son llamados “chilapos”, un etnónimo atribuido a los antiguos campesinos que migraron desde Córdoba y Sucre hacia las selvas del Darién. Sin embargo, para ellos esta denominación no es legítima, pues ahora son propietarios.

Casi nadie conserva la cultura chocoana: los niños en su mayoría se identifican con la cultura paisa o cordobesa, o cualquier otra, pero no con la suya; su jerga es diferente a la del interior del Chocó, su acento es caribe. Ser chocoano aquí es visto como algo ajeno, casi indeseable.

Cuando el currículo se estrella contra la realidad

Durante la primera semana fui asignada a un grupo de segundo grado que no tenía profesora desde hacía un mes, así que empecé preparando una clase de Español con todas las formalidades que me enseñaron en la universidad: objetivo, competencia, desempeño, actividad de inicio, desarrollo y cierre. 

Trabajé un texto sobre la importancia de los ecosistemas de manglar –precisamente el paisaje que habíamos atravesado para llegar– y pensé que lograría conectarlo con el mundo de los estudiantes. Cuando les pedí que empezáramos a leer en voz alta, un niño de once años, en extraedad para el segundo grado, me miró con una mezcla de burla y desinterés.

—Profe, pero… ¿y eso pa’ qué sirve?

No era una pregunta; era una sentencia.

En ese momento entendí el primer gran reto pedagógico de la ruralidad atravesada por el conflicto: la escuela compite, y casi siempre pierde, contra un proyecto de vida mucho más concreto y rentable. Para muchos de mis estudiantes, el futuro no era la universidad, ni siquiera la culminación del bachillerato. El futuro era “trabajar con esa gente”, irse a la mina o llevar los “kilos” a Panamá.

Los profesores luchan contra esas realidades todos los días, la mayoría –por no decir todos– arrastran una resignación que se percibe en cada pasillo, en cada aula y en cada patio. Observan que, después de años de trabajo con los niños, ellos quieren cada vez más tomar aquello que la escuela llama “el mal camino”, pero que para ellos es simplemente el camino posible: el que da dinero, estatus, miedo y respeto.

Mi clase sobre el manglar ese día, fracasó. A la semana siguiente, intenté otra cosa: les pedí que me contaran cómo era un día en Santa María, qué animales veían, qué sonidos escuchaban y qué palabras utilizaban para nombrar su mundo. Ese día logré que hablaran y escribieran, aunque con faltas de ortografía, sintaxis y gramática, escribieron sobre lo que conocían. Y, he aquí mi primera lección como profesora rural: la didáctica y el aprendizaje significativo no empieza por el currículo, empieza por la vida de las y los niños. Sin embargo, reconocer su vida también significaba enfrentarme a un dilema ético terrible: ¿cómo valido su experiencia sin legitimar la violencia que la atraviesa? Eso no me lo enseñaron en la universidad.

La vara, el género y el poder

A los pocos días me topé con el segundo gran reto: las niñas y los niños estaban en una constante competencia, en una pelea por el poder, su actitud era violenta y permanecían siempre a la defensiva. La palabra de una profesora no bastaba para establecer orden; para imponer respeto se necesitaba que un profesor –un hombre– controlara la disciplina, además de esto, los padres y madres les pedían a los docentes que “les apliquen la vara” a sus hijos. En varias aulas vi ramas de árbol y reglas grandes que servían más para intimidar que para corregir.

Por supuesto, mi posición fue negarme a ese tipo de prácticas normalizadas, pero negarme sin tener una alternativa clara me dejó en un limbo pedagógico muy angustiante. ¿Cómo construyes autoridad en un contexto donde la violencia es el lenguaje cotidiano del poder? ¿Cómo convences a un niño, a una niña, que el diálogo puede funcionar, si afuera del salón el que manda es el que tiene el arma? 

Otro día, después de un conflicto entre dos niñas que casi termina en golpes, las senté frente a frente y les pedí que explicaran por qué estaban bravas. No funcionó, al principio se rieron.

—Profe, qué maricada esto –me decían.

Pero insistí. Tardamos tres días –tres recreos, en realidad– para que lograran hablar sin insultarse. No sé si aprendieron algo, pero pensé que construir convivencia sin violencia es un proceso ridículamente lento y solitario, y que a veces una no sabe si está sembrando o simplemente perdiendo el tiempo.

La soledad que no está planeada

Durante dos meses y medio viví en una casa construida para los maestros dentro de la escuela, vivía con dos profesoras y un profesor provenientes de otras partes del Chocó. No había cuarto para mí, pero acomodaron un depósito de materiales para ponerme una cama. 

La mayoría de las noches se iba la luz, quitaban el agua y podía durar hasta tres días sin llegar. No había señal de celular ni internet, y la comida era demasiado cara, especialmente las proteínas animales. No había ducha, nos bañábamos con agua del río que se recogía en unas albercas, el baño de la escuela no lo lavaba nadie porque no había personal de servicios generales. Si quería utilizarlo, debía limpiarlo yo misma.

Una mañana, una tormenta eléctrica, con borrasca incluida, se llevó los techos de dos salones, del comedor y de la biblioteca que llevábamos mes y medio arreglando. Solo quedaron unos cuantos libros viejos y mojados. Ese mismo día llegó el alcalde de Unguía y la gobernadora del Chocó, dijeron que traerían ayudas, que reconstruirían la escuela y que al día siguiente enviarían tejas de zinc para que las clases pudieran continuar. Desde ese día, la escuela primaria cerró. Con ayuda de las madres llevamos pupitres, sillas y mesas a la sede de bachillerato para seguir las clases allí, en salones prestados, improvisados y hacinados.  Aun así, manteníamos la fuerza para superar las adversidades de la naturaleza. Sin embargo, hasta el día en que me fui, no había llegado ninguna ayuda.

Pero lo más difícil no era la precariedad material, lo más difícil era la soledad. Una compañera me dijo una tarde: “Acá uno se traga todo” y era cierto. Entre la planeación, la escuela, los niños y la violencia, una también tiene una vida, preocupaciones y angustias que no salen del cuerpo y que nadie atiende. 

¿Quién cuida al maestro rural?, ¿quién le pregunta cómo está? ¿quién le ofrece contención cuando ha tenido que explicar la diferencia entre una guerra y una conversación, entre la justicia y la venganza, entre el miedo y la esperanza? ¿quién cuida a los hijos e hijas de los profes rurales mientras con amor, dan la vida por los hijos de otros? Eso tampoco lo aprendí en la universidad. Lo aprendí al ver llegar a mis estudiantes con los ojos asustados y las manos llenas de barro, eso sí: llevaban la ropa muy limpia y los cabellos muy bien acicalados, aunque cargaran realidades muy duras. La mayoría de los niños y niñas no viven con sus padres, sino con sus abuelas, sus padres están huyendo, desaparecidos o muertos. O en el mejor de los casos están trabajando como vaqueros en la mina, o con “esa gente”. Al final, todo les pertenece a ellos.

También lo vi en mis compañeras docentes: la profesora de Quibdó, la de Istmina, la de Medellín y la de Córdoba. Todas tenían a sus hijos e hijas en otras ciudades, al cuidado de sus abuelas o sus tías. Llevaban el corazón en la mano por sus retoños, pero luchaban por construir una vida mejor para los niños de allá y para los de aquí.

Una certeza incómoda

Me fui de Santa María del Darién con una certeza incómoda: los privilegios de la ciudad son enormes. Si en las urbes hay carencias, ¿cómo serán las condiciones de aquellos lugares a los que no llega nadie, donde el Estado no existe? Quizá las y los profes valientes son los únicos que llegan a tratar de romper paradigmas, barreras, principalmente las mentales y emocionales, mientras intentan construir realidades diferentes. Es un trabajo muy difícil, sobre todo cuando como docentes estamos solos en esos lugares escondidos entre la selva, el mar y el río.

Es urgente que pensemos en cómo mejorar las condiciones de la educación rural para que las y los profesores tengan una vida segura y protegida, para que mejoren las condiciones físicas de las escuelas; y para que las niñas, niños y jóvenes puedan estudiar dignamente, con transporte y con una alimentación que cubra sus necesidades. También necesitamos que se nos forme para lo que realmente vamos a enfrentar: enseñar en territorios donde el currículo se deshace contra la realidad, construir autoridad sin violencia y cuidar nuestra propia salud mental. Todo esto debería ser una prioridad, sin importar cuál sea el gobierno de turno.

Finalmente, no sé si mis estudiantes terminarán el colegio o si acabarán trabajando para “esa gente”… Un día, dos meses después de llegar a ese rincón del Darién donde el mapa no llega, me despedí de niñas y niños muy fuertes y con muchos sueños. Con quienes descubrimos que las palabras lindas, los abrazos y el arte también podrían ser parte de sus vidas. 

Y esas ideas, por efímeras que sean, son las que me sostienen. 

Información adicional

Autor/a: Anny Caicedo*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº338, Agosto 17 - Septiembre 17 de 2026

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