Movimientos sociales del Norte Global, su importancia

La crisis de 2008-2009, lejos de resolver las profundas contradicciones que la desencadenaron, se ha profundizado. Las políticas impulsadas por las élites del capitalismo neoliberal favorecieron una obscena concentración de la riqueza, el deterioro de las condiciones laborales y el debilitamiento de los sistemas de protección social.

Los movimientos sociales que hoy observamos en Francia, Bélgica, Italia, Alemania, España y otros países europeos, y que están adquiriendo proporciones cada vez mayores, muestran el creciente rechazo de amplios sectores de la población a un modelo económico y político que sacrifica sus condiciones de vida para preservar los privilegios del gran capital.

Por otro lado, cada vez hay una mayor claridad de que las guerras iniciadas por Estados Unidos e Israel, con el apoyo de los gobiernos de la Unión Europea, son ilegítimas y, por lo tanto, consideran inaceptables los sacrificios económicos impuestos a los pueblos. El genocidio contra el pueblo palestino, así como la complicidad estadounidense con el gobierno de Benjamín Netanyahu, han generado un profundo rechazo. Los gobiernos occidentales no pueden justificar su discurso sobre la defensa de los derechos humanos mientras respaldan acciones que los vulneran gravemente.

Durante décadas, las sociedades del Norte Global disfrutaron de importantes conquistas sociales. Sin embargo, las políticas neoliberales fueron desmantelando progresivamente esas conquistas, mientras los capitales financieros y los nuevos magnates tecnológico-digitales concentraban enormes fortunas y adquirían una capacidad extraordinaria para influir en las decisiones políticas, favoreciendo proyectos autoritarios y de ultraderecha. A ello se suma la expansión de los fondos especulativos invertidos en la vivienda desalojando a miles de personas de sus hogares. El caso de Maricarmen, una mujer de 87 años desalojada en España y fallecida poco después, representa las terribles consecuencias humanas de un sistema que privilegia las ganancias sobre los derechos sociales. Y los gobiernos europeos imponen recortes sociales mientras destinan recursos crecientes al rearme y sostienen políticas militares impulsadas por Estados Unidos y la OTAN.

Todo ello se vincula con el poder hegemónico en declive de Estados Unidos, que subordina a sus aliados mediante la fuerza militar, una posición internacional cada vez más cuestionada, con el fin de robar recursos estratégicos, como pasó con el infame secuestro del presidente de Venezuela Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y por el cual Donald Trump se pavonea sin el más mínimo pudor afirmando que “el vencedor se lleva el botín”, es decir, el petróleo de ese país. Asfixiando y cometiendo verdadero genocidio en Cuba, no sólo redoblando el bloqueo que lleva casi 70 años, sino impidiendo que lleguen apoyos para paliar el sufrimiento de la población, porque quiere “cambiar el régimen”. Y en América Latina, los líderes espurios y algunos cuestionados, como el presidente de Ecuador, que ha sido considerado delincuente exportador de drogas, se entregan al imperio, y permiten la militarización de la región, la entrada de miembros de las Agencias de Seguridad estadounidenses y prestos a comprar la justicia para encarcelar a los líderes opositores.

En este contexto, las movilizaciones europeas adquieren una significación que trasciende sus demandas inmediatas. En Francia cientos de miles de personas han salido a las calles contra el deterioro de las condiciones de vida, los bajos salarios y la insuficiencia de los servicios públicos. En Bélgica, Italia, España y Portugal se multiplican las protestas por las pensiones, la vivienda, la educación, el encarecimiento de la vida y las políticas de austeridad. Sus demandas expresan un creciente cuestionamiento de las prioridades establecidas por sus gobiernos.

En este contexto hay un aspecto que merece especial atención. Ha sido la constante que los gobiernos y las fuerzas de ultraderecha han utilizado a los migrantes como chivos expiatorios para desviar la atención del sistema, el verdadero culpable de los conflictos que sufren las poblaciones. Mexicanos, árabes, musulmanes, africanos, y otras poblaciones migrantes, han sido presentados siempre como los responsables de las dificultades económicas, ocultando las verdaderas causas estructurales de esos problemas. En este sentido, las actuales movilizaciones muestran que el descontento alcanza sectores cada vez más amplios de las propias sociedades europeas, lo que podría estar señalando que cuestionan el orden neoliberal y la hegemonía imperialista.

¿Podrían estos movimientos sociales representar el comienzo de una ruptura con los discursos nacionalistas y xenófobos que durante tanto tiempo han servido para dividir a los trabajadores y preservar los privilegios del capital? ¿Podría abrir la posibilidad, inédita, por cierto, de una convergencia entre las luchas sociales del Norte y del Sur Global, no porque sus condiciones sean idénticas, sino porque enfrentan contradicciones de raíces comunes?

La trascendencia de estos movimientos cuyos cuestionamientos se presentan cada vez más con una renovada intensidad y que provienen del interior de los propios países centrales, contra un modelo económico que ha profundizado la desigualdad, las guerras y, de forma importante, la expulsión de poblaciones del Sur Global, sería la coyuntura posible para construir nuevas formas de solidaridad internacional y, si bien por ahora parece estar lejos de una transformación consumada, no hay duda de que sería la oportunidad histórica que no debería ser desestimada.

Información adicional

Autor/a: Ana María Aragonés
País:
Región: Mundo
Fuente: La Jornada

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