En un deporte excesivamente comercial y mercantilizado, la actitud de la selección argentina durante la copa del mundo, sobre todo en la final, mostró lo peor de quienes lo han logrado todo y no saben perder. El comportamiento de la selección albiceleste de fútbol rompió el espíritu deportivo y tiró por el suelo algo tan básico en las relaciones humanas como el respeto y la decencia.
La final llegaba ‘caliente’ por cómo Argentina había logrado alcanzarla. Sospechas de ayudas arbitrales, privilegios por tener al que dicen el mejor jugador de la historia, el uso de artimañas y sus actitudes prepotentes. Todo ello al margen de tener a quien tienen en la presidencia de su república.
La falta de deportividad fue el sistema puesto en marcha por los argentinos para intentar desarbolar el planteamiento de la selección española. No se trataba de Latinoamérica contra Europa, ni de colonizados frente a colonizadores, era la pelea de la frustración frente a la compostura, de la incuria contra el decoro.
De un lado la marrullería, la violencia –sí, violencia en toda la amplitud de la palabra—, de otro la calma y los buenos modales. Cualquier otro equipo habría caído en las redes tramposas argentinas y habría devuelto los golpes. La roja no, mantuvo la compostura y, sin ofrecer la otra mejilla, se dedicó a lo suyo: a jugar con y sin balón. Frente a la bravuconería y la pelea, la inteligencia colectiva y la solidaridad.
Unos días después, aunque la tormenta todavía deja sus coletazos en redes y medios, tal vez lo que tendríamos que evaluar no es si el mundo ‘odiaba’ a Argentina antes de la final, sino en qué lugar queda su selección después del partido y si quienes vestían su elástica nacional en la final merecían hacerlo. Porque la sensación, y lo que todo el mundo vio –menos los propios jugadores y su fanaticada— es que la dejaron por los suelos con su manera de estar en el campo.
Tampoco es cuestión de que ahora se hagan las víctimas y lloren por lo mal que los tratan en las pantallas y en los papeles. Cada cual recoge lo que siembra y ellos sembraron soberbia e irrespeto. Nocioni (exbaloncestista argentino) puede estar muy orgulloso del papel de su país en el campeonato y se le debe agradecer la felicitación al campeón, pero no puede pasar de largo por cómo se comportaron en la final y decir solamente que el odio es porque no tenemos a sus jugadores en nuestros equipos. ¡Pibe, por favor! Es el momento de que “pisen el balón”, de que piensen y de que luchen por lo que les corresponde: recuperar la imagen y la humildad.
Por otro lado, como era de esperar, la derecha extrema se ufana en defender que el deporte no debe formar parte de la política y que las y los deportistas no se deben expresar políticamente, pero no pierden un segundo en hacer política del triunfo y apropiarse de lo que no debería ser cosa de colores o partidos, sino objeto de orgullo deportivo nacional (sin zeta).
La izquierda, y el progresismo en general, que siempre va un paso por detrás de sus rivales en temas de banderas y tonalidades, intenta hacer ver la pluralidad del equipo español de fútbol como una riqueza cultural y política y mostrar que esas personas representan los valores de una España multicultural y diversa. Y es cierto, más que les pese a algunos y lo tergiversen los otros. Aunque después sigamos insultando e irrespetando a quien piensa distinto o tiene otro color de piel o profesa otra religión (échenle una miradita a este monólogo de Manu Sánchez en “el perro andaluz” –después del minuto 7— y eso que solamente se habían clasificado para octavos).
Se acabó el mundial de los tres organizadores; de las cuarenta y ocho selecciones; del pelo zanahoria intentando lavar su imagen pero recibiendo un premio que no se merece y presionando a su colega de la FIFA; de una mujer, latina, presente con su carisma y casi ninguneada en el escenario de los premios; de las grandes selecciones derrotadas; de otra mujer, latina, cantando su himno oficial; de la hasta ahora campeona ganando solamente el premio a la mala imagen y la desvergüenza, y de un grupo de españoles –sí, aunque haya negro, musulmán, vascos, catalanes y hasta un francés— que han logrado juntar a su favor a casi todo el universo futbolístico por su manera de jugar y también de comportarse. Aquel premio FIFA de la paz, entregado como una prebenda, le correspondería por méritos propios a la selección española de fútbol.
Si quieren predicar con el ejemplo propongan, desde los gobiernos, las federaciones y las instituciones internacionales, más educación, menos ignorancia, más deportividad, menos soberbia, más respeto, menos prepotencia y más comprensión de la riqueza cultural del mundo y de sus gentes.
Por cierto, el cartel en el autobús durante la rúa del equipo por las calles de Madrid habría quedado mejor con “las estrellas brillan juntas”. Hasta el 2030.
Y mientras llega, podríamos luchar por el mundial que propone Javirroyo en una de sus viñetas.
No olvidemos Gaza, el Líbano, Cuba, Venezuela, el Sahara…


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