Un poco de militancia ‘pureta’ anti IA frente a la tiranía del ‘resultadismo’

La IA es la herramienta que nos hace adaptarnos a la dictadura de la aceleración, del siempre más, a un pulso agonístico que nos va volviendo superfluos.

Últimamente me ha salido algo así como un asistente plasta que aparece por todas partes insistiendo en que quiere ayudarme. Estoy escribiendo un wassap y el asistente insistente se mete en medio para ofrecerme su apoyo, abro un documento y ahí que está el asistente ofreciéndome un mapa de ideas. Busco cualquier cosa en el navegador, y acude presta la IA para hacerme un resumen digerible de lo que se tercie. Entonces me entra una crisis de identidad: ¿será que ya no soy una currante más y he devenido, sin darme cuenta, en una especie de CEO existencial con un ejército de secretarios y becarias a mi servicio? ¿En qué momento he enunciado yo este deseo?

Sé que lo que toca ahora —o al menos la semana pasada—, no es afrontar estas nimiedades, sino, permitidme que lo escriba en mayúsculas, como mayúsculos son los egos de los tecnoligarcas, hablar sobre EL FIN DE LA HUMANIDAD TRAS UN APOCALIPSIS IA. Como en el mundo somos muchas personas y no es necesario que escribamos todas sobre lo mismo, yo quiero centrar estos párrafos en algo que me viene atormentando desde hace ya tiempo. Lo voy a poner en minúsculas aunque también me parece de una importancia mayúscula: lo que me preocupa a mí —y a mucha otra gente— es la agonía del sentido.

Llevamos un tiempo de apocalipsis: El apocalipsis de los “para qués”. El sacrificio de los procesos en el altar del resultadismo. La pérdida de la agencia personal mientras se nos vende una omnipotencia de postín. El suicidio social que supone devenir poblaciones de patroncitos, en las que aceptamos una precariedad material y vital desquiciante a cambio de que la IA nos haga de secretaria, psicóloga, novia, amiga y visir. Entregados a una libertad de todo a cien que consiste en que nos lo den todo mascadito. ¿En qué nos convierte eso?

Desde la conciencia de que la oposición militante a la IA puede parecer poco realista o poco honesta —pues muchas de las herramientas que ya usamos para transcribir o traducir o no perdernos por la calle, ya tienen IA—  encuentro también problemáticas las posiciones a favor de la IA en base a un realismo incontestable que condena cualquier cuestionamiento a la calificación de “ingenuo”. Después de todo, el realismo no es un hecho objetivo sino que responde a un marco, se es realista respecto a una situación dada en el mundo, naturalizándola como inexorable. No olvidemos que muchas veces el “realismo” no es otra cosa que una herramienta del poder para disuadirnos de pensar alternativas que lo impugnen. 

Hablo con mucha gente de este tema, gente crítica, potente, reflexiva. “Si no uso la IA no me da tiempo a acabar todo el trabajo que tengo que hacer”, me dice una amiga. “Odio hacer power points y la IA me los hace en tres minutos”, me dice otra. “Le pido ideas de titulares/actividades/temas”, explica una polifonía de voces afines y queridas. Y a veces llega también la temida conclusión: “sin IA no podría hacer mi trabajo”. Se siente en el sustrato una voz común angustiada que dice: “mira, no llego a todo, me come el estrés. No me hagas sentir encima culpable por usar esta herramienta que usa todo el mundo, ¡pureta!”

Es verdad que la falta de tiempo nos atenaza, que las vidas han devenido carrera de obstáculos, y en este escenario de agotamiento y malestar, todo aquello que facilite las cosas, o que favorezca la evasión, encuentra fácil arraigo. Sobre todo, cuando se te impone como posibilidad por todas partes, lo busques o no. O cuando se apodera del imaginario común: colonizando la educación, la cultura, el debate público, o el entretenimiento. Cabría preguntarse: ¿pero combate el agotamiento y el malestar la IA? ¿Ha mejorado en algo nuestras vidas desde que en 2022 aparecieran ChatGPT & Company? ¿Responde a alguna necesidad humana toda esta innovación tan innovativa? y en definitiva ¿tiene sentido toda esta mierda?

Lo que nos está permitiendo la IA es la falsa ilusión de que podemos rendir más y mejor, en un sistema económico para el que ningún rendimiento es suficiente, lo que nos está permitiendo la IA es creer que podemos hacer cualquier cosa solos, mientras lo que hacemos es afianzar nuestra dependencia hacia ella. Resulta especialmente doloroso el uso de esta tecnología en entornos educativos, que deberían estar centrados en los procesos, en el descubrimiento del mundo. Claro que cuando se impone a nivel social el culto al resultado, cuando llegar entre los primeros deviene mucho más importante que el camino recorrido, en un contexto hiper competitivo, ¿cómo cometer la osadía de ir más despacio?

La IA es la herramienta que nos hace adaptarnos a la dictadura de la aceleración, del siempre más, a un pulso agonístico que nos va volviendo superfluos. La IA pretende mediar nuestra relación con la realidad: nos invita a leer resúmenes en lugar de los textos que crearon otras personas, nos ayuda a tomar decisiones sin el tedio de tener que reflexionar demasiado o incluso de dialogar con otros. Externaliza lo más humano, el pensamiento, el dolor, el consejo, la escucha, bajo el principio de la eficacia. Pero la eficacia o la eficiencia aplicada a lo humano deviene una objetualización de la vida que poco a poco nos va robando eso, el sentido. 

Que la eficacia no es un valor en sí mismo deberíamos haberlo aprendido con Hannah Arendt, cuando nos hablaba de la banalidad del mal. Como ya han alertado otros, si da miedo una IA autónoma que se convierta en una especie de Trump robótica dispuesta a acabar con la humanidad o dominarla, con el fin de llenar el mundo de resorts horteras para una oligarquía de androides, no dan ni un ápice menos de miedo las legiones de humanos Eichmann dopados, aplicando protocolos que operan a velocidades incomprensibles para la mente humana, para espiar, cazar y asesinar. El trío Pegasus, ICE, ejército genocida israelí, son solo la punta del iceberg de una tecnología ya enfocada al fascismo. 

Se dice que lo que pasa es que la IA se usa mal. Que tiene increíbles posibilidades para el bien de la humanidad, para luchar contra la crisis climática, para combatir enfermedades. ¿Qué crisis climática? ¿la que provoca en gran medida este régimen de aceleración capitalista subyugado a la innovación descocada?  ¿Qué enfermedades? ¿las resultantes de la desigualdad? ¿las derivadas de una alimentación ultra procesada? ¿las que caminan a lomos del estrés y la contaminación? ¿No sería mejor centrarnos políticamente en los orígenes de nuestros males en lugar de esperar a que a los listillos ególatras que manejan la IA les dé por hacer el bien o cedan su oligopolio al común? ¿Qué implica en este marco ser realista?

25 sep 2026

Información adicional

Opinión
Autor/a: Sarah Babiker
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Fuente: El Salto

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