Fatiga
Daniel Innenarity plantea el síndrome de fatiga democrática como el desapego o la frustración de los ciudadanos frente a las instituciones y los partidos políticos. Foto Germán Canseco


El poder es el referente esencial de la política. En ese terreno, las instituciones regulan la interacción social, y han de generar las condiciones de certidumbre para la coexistencia funcional. Las elecciones son un caso prominente del entorno institucional; configuran los poderes del Estado y sus formas de interacción: de cooperación y confrontación. Las ideologías, conformadas como conjuntos de valores y modos de comprender el mundo, son un elemento significativo para orientar, en una u otra dirección, la dinámica social y la historia. 

Las ideologías se transforman y se desgastan. Son muchos los casos que lo ilustran y que ponen de relieve sus consecuencias. Las políticas públicas que atienden las demandas y los intereses de diversos grupos de la sociedad representan las coordenadas del quehacer y el estudio de la política. En este marco se ubican las condiciones que muestran el flujo del progreso, o el retroceso, de la situación social existente conforme a determinadas referencias. Este proceso es dinámico y contradictorio; constituye las condiciones de fenómenos como la fatiga de la democracia, además de que permiten asomarse a sus límites. 

Daniel Innenarity plantea el síndrome de fatiga democrática como el desapego o la frustración de los ciudadanos frente a las instituciones y los partidos políticos. La situación de desgaste genera, según la define, una “democracia irritada”. 

Se genera una ruptura política por fatiga cuando los ciudadanos se dan cuenta de que votar no soluciona sus problemas diarios como son: el empleo, la generación de ingresos, el acceso a servicios claves, como salud, la educación, la vivienda. Y, cada vez más, como ocurre en el país, frente a la vulnerabilidad provocada por la profunda y creciente inseguridad pública. 

El objetivo supremo del gobernante es conservar el poder. El poder no deriva de una recompensa a la virtud moral, es una herramienta pragmática usada para conseguir la estabilidad política, la unidad y la preservación del Estado. El concepto de virtud política fue definido en El Príncipe. La virtud del gobernante y, por extensión, del aparato político y burocrático, no reside en la bondad moral, sino en la capacidad práctica y la astucia para hacerse del poder y conservarlo. Tarea complicada, sin duda, sobre todo si se quiere conservar una democracia funcional y no un producto adulterado. 

La contradicción entre la pretendida virtud expresada como bondad moral y la consecución de los objetivos del poder político no pueden sostenerse indefinidamente. 

Hay un aspecto inevitable con respecto al sentido positivo o ético del poder político que tiene que ver, finalmente, con una cuestión pragmática. Esta puede expresarse como la capacidad de conseguir que las cosas que se proponen hacer se hagan y, por supuesto, que se hagan bien. Esta es una verdadera prueba del poder en el campo del ejercicio del gobierno. En este sentido nuestro entorno está en falta. 

Un caso ejemplar del requisito pragmático y de eficacia del ejercicio del poder y del gobierno es el sistema de salud. El 1º de enero de 2020, el gobierno canceló el Seguro Popular, que funcionaba desde 2003. Al parecer se canceló precisamente porque funcionaba. Su sustituto, el infortunado Insabi fracasó rotundamente y fue extinguido en 2023, con el reconocimiento explícito del entonces presidente de que había fallado. 

Ocho años después de iniciado aquel gobierno, la situación del sistema de salud sigue en crisis. El personal del IMSS está en las calles en protesta por las condiciones laborales y salariales; por el desabasto de insumos quirúrgicos y de curación para la atención de los pacientes. Estamos hablando de los materiales más comunes: vendas, sondas, jeringas y anestesia para operar a la gente. Advierten del faltante crítico de medicamentos considerados de alta demanda. Supuestamente había ya una “megafarmacia”, inaugurada en diciembre de 2023 que resolvería la situación. No pasó nada, ni siquiera hubo una explicación del fracaso, simplemente se consideró innecesario darla. Supuestamente, también, el servicio de salud en el país sería de primer mundo, como se dijo hasta el último día del gobierno anterior. Hoy estalla la crisis. 

La crisis del IMSS se ha descrito como de carácter estructural. Ocho años después, el director ofrece que hará una investigación de la situación “piso por piso”. Si esto no fue más que una desafortunada metáfora, es evidente que el propósito es irrealizable y está ya fuera de tiempo. Ocho años después y con el personal médico en las calles, el gobierno ofrece, una vez más, atender sus demandas legítimas. El principal enfermo es el sistema de salud que no soporta la insuficiencia de recursos humanos y materiales, la falta de atención administrativa, de planeación, voluntad política y capacidad presupuestal. Ignorar esto se acerca a la demagogia. 

De manera cruda, Schumpeter expuso que la democracia tiende a convertirse en un mecanismo para escoger a la élite mediante las elecciones, con una mínima participación ciudadana entre uno y otro proceso electoral. En el pensamiento político se señala que la fatiga democrática ocurre cuando los ciudadanos se percatan de ser usados como electores episódicos y, así, ser manipulados. 

Mientras, los asuntos mayores de la política pública y las decisiones económicas que los afectan quedan fuera de su alcance. Así, se pierde no sólo la motivación para ir a las urnas, sino la confianza en quienes gobiernan. Como ha dicho José Antonio Marina: “No hay nada más antidemocrático que el voto cautivo”. Plantea el fenómeno de la fatiga de la democracia como: “un vaciamiento de los contenidos esenciales del sistema y una pérdida de pensamiento crítico”, lo que deriva en lo que llama una “democracia fácil o crédula”

19 de octubre de 2026

Información adicional

Autor/a: León Bendesky
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Fuente: La Jornada

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