Gustavo Petro: el phármakon de la democracia colombiana
Petro no inventó ese régimen, pero acaso haya sido el gobernante que mejor mostró, en nuestro país, hasta qué punto la democracia contemporánea, tecnológicamente mediada, puede convertirse simultáneamente en medicina y fuente de intoxicación para el cuerpo político.

Durante los últimos años se ha especulado hasta el cansancio sobre el cuerpo de Gustavo Petro. Se ha querido descubrir en él la verdad de un consumo, de un hábito o de una inclinación íntima, como si el destino de la democracia colombiana dependiera de una historia clínica. La historia clínica se confunde con una biografía espectacularizada. Esa curiosidad, alimentada con disciplina por las plataformas digitales, termina siendo una distracción. El problema político más inquietante no descansa en las sustancias que el presidente pudiera consumir, sino en la forma de poder que él mismo encarna y ha contribuido a consolidar.

En “La farmacia de Platón”, Derrida recordaba que el phármakon nunca es únicamente remedio ni únicamente veneno. Es ambas cosas al mismo tiempo, incluso antes de convertirse en una u otra. Su eficacia proviene precisamente de esa indeterminación. Petro ha sido el phármakon de la democracia colombiana. Llegó como respuesta a un sistema político agotado, incapaz de integrar a amplios sectores populares y de responder a demandas históricas de igualdad política, económica y cultural. En ese sentido, su irrupción produjo una apertura efectiva. Hizo visibles actores, problemas y conflictos que durante décadas permanecieron relegados a los márgenes del consenso liberal.

Sería un error desconocer ese aspecto “curativo”. Buena parte de las reformas impulsadas por su gobierno nacen de una voluntad democratizadora que difícilmente puede reducirse al oportunismo o a la mera ambición de poder. Existe allí una aspiración genuina por extender la ciudadanía más allá del sufragio y hacerla penetrar en las relaciones y las prácticas económicas, culturales y políticas en el sentido amplio del término.

Sin embargo, los remedios también transforman el organismo que pretenden sanar. En ocasiones lo fortalecen, en otras producen dependencia.

En la política contemporánea ya no se disputan solamente instituciones, leyes o programas de gobierno, también se disputan afectos y, en especial, la atención. Las plataformas digitales reorganizan el espacio público alrededor de un régimen de estimulación permanente donde la visibilidad vale más que la deliberación, la reacción inmediata desplaza la reflexión crítica y la adhesión afectiva sustituye progresivamente al buen juicio político. Lo relevante deja de ser convencer mediante argumentos para convertirse en la capacidad de mantener una audiencia movilizada.

Ese desplazamiento ha sido descrito por el colega Edwin Cruz como la consolidación de un régimen escópico donde la política adopta cada vez más las formas del espectáculo y de la economía de la atención (pornopolítica). Los mecanismos de participación buscan capturar miradas, visualizaciones, antes que construir mundo común. Petro comprendió tempranamente esa transformación y aprendió a moverse dentro de ella con extraordinaria eficacia. Sus transmisiones, confrontaciones públicas, mensajes dirigidos directamente a sus seguidores y permanente producción de acontecimientos comunicativos responden a dicha racionalidad.

El problema consiste en que tal racionalidad posee una lógica propia que termina subordinando incluso los fines a los que inicialmente pretendía servir. Allí comienza el efecto venenoso del phármakon.

El ciudadano deja paulatinamente de ser un sujeto deliberante para convertirse en un consumidor cotidiano de estímulos políticos. Se informa, se indigna, celebra o teme mediante secuencias ininterrumpidas de imágenes, publicaciones y tendencias que reclaman una disponibilidad afectiva permanente. La adhesión política adquiere entonces la forma de la fidelización. Los partidos ceden espacio a comunidades digitales cuyos vínculos recuerdan más a los clubes de admiradores que a las antiguas organizaciones cívicas.

En tales condiciones, la denominada polarización deja de ser un accidente para convertirse en el combustible mismo del sistema. Cada escándalo alimenta el siguiente. Cada crisis exige otra dosis de atención. Cada amenaza fortalece la cohesión interna del propio bando. Las cámaras de eco aparecen casi espontáneamente porque constituyen el ambiente más favorable para mantener la circulación continua de los afectos políticos.

El recurso de Petro a la consigna bolivariana de la “guerra a muerte” durante la discusión de la reforma laboral, y aun en momentos posteriores, no constituye un simple exceso retórico. Expresa la facilidad con que una política adversarial puede deslizarse hacia la vieja distinción entre amigos y enemigos cuando el objetivo prioritario consiste en mantener movilizado al propio “fandom”. El lenguaje se torna acá en una mera colección de consignas tan puntiagudas como la espada del libertador.

Así, un proyecto que pretende ampliar la democracia termina reproduciendo formas comunicativas cuya estructura es profundamente autoritaria. No porque impongan necesariamente censura o ejerzan violencia estatal, sino debido a que reducen progresivamente la autonomía del juicio y la posibilidad de configurar una sensibilidad crítica. La dependencia afectiva reemplaza a la participación democrática. La conexión permanente sustituye la organización. La ciudadanía es tecnológicamente infantilizada mediante dispositivos que administran afectos y guían conductas con notable precisión.

En su “Introducción para la crítica de La filosofía del derecho de Hegel”, Marx escribió que la religión era “el opio del pueblo”. El fragmento dice lo siguiente: “La miseria religiosa es, al mismo tiempo, la expresión de la miseria real y la protesta contra ella. La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu. Es el opio del pueblo”. Esa observación conserva buena parte de su fuerza. Sin embargo, el capitalismo de plataformas parece haber desplazado la metáfora hacia un escenario distinto. Las plataformas digitales ya no funcionan como el opio, sino como los opioides de poblaciones biopolíticamente administradas.

La diferencia no es menor, pues el opio pertenece todavía al mundo vegetal, mientras que los opioides son diseñados técnicamente con el objetivo de aliviar el dolor, al tiempo que producen dependencia química. Las farmacéuticas, por supuesto, se benefician tanto de su efecto medicinal como de su potencial adictivo. El paciente los consume convencido de que necesita seguir haciéndolo, la cura incorpora silenciosamente el mecanismo de la adicción.

Algo semejante ocurre con las plataformas digitales. Prometen participación, información inmediata, contacto inmediato con los gobernantes y democratización de la palabra. En parte cumplen esas promesas, pero simultáneamente reorganizan la experiencia política alrededor de circuitos de dependencia afectiva y captura permanente de la atención. El cuerpo democrático permanece conectado porque experimenta esa conexión como necesidad química.

Quizás debido a eso las diferencias de estilo entre Petro y quien lo sucederá resulten menores. Abelardo de la Espriella se mueve con absoluta naturalidad dentro de ese mismo ambiente. Si Petro intentó poner una tecnología de gobierno autoritaria en sus formas al servicio de un horizonte igualitario, De la Espriella parece asumir sin reservas la coherencia entre esa tecnología y un proyecto político de signo neofascista. El dispositivo permanece intacto, lo que cambia es el contenido que circula a través de este.

La democracia, en Colombia y en el mundo entero, no enfrenta simplemente una disputa entre izquierda y derecha, progresismo y conservadurismo, o reforma y reacción. En un plano más hondo, enfrenta la consolidación de un “régimen farmacopornográfico”, para tomar prestada parcialmente la expresión de Paul B. Preciado, cuya eficacia consiste en presentarse como el remedio indispensable para todos los malestares que él mismo reproduce. Petro no inventó ese régimen, pero acaso haya sido el gobernante que mejor mostró, en nuestro país, hasta qué punto la democracia contemporánea, tecnológicamente mediada, puede convertirse simultáneamente en medicina y fuente de intoxicación para el cuerpo político.

Debemos percatarnos de que la historia clínica de Petro era lo de menos. La discusión espectacularizada sobre esta fue un mero síntoma de nuestra propia salud, en tanto integrantes del nuevo cuerpo tecnopolítico.

Por, Iván Darío Ávila Gaitán, Doctor en filosofía. Politólogo. Docente de Ciencia Política en la Universidad Nacional de Colombia.

Información adicional

Autor/a: Iván Darío Ávila Gaitán
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: desdeabajo

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