Fenece el feudalismo, nace el capitalismo
Todo sistema político, económico y social que no se reforma a sí mismo perece bajo el ímpetu de sus contradicciones, y el impulso revolucionario y la juventud de las fuerzas más progresistas, que se originan en su propio interior. Para el feudalismo no podía ser distinto. Surgido en Europa en los siglos X y XI, tras unos 400 años de dominio, comienza un declive acelerado desde mediados del siglo XIV, hasta el punto de que, a finales del siglo XV, la propiedad rural, con una población trabajadora adscrita (siervos de la gleba), prácticamente desaparece. La creciente importancia de la ciudad y el resurgir del comercio a largas distancias sitúan en primer plano al grupo social de los grandes comerciantes, que empiezan a disputarle a la nobleza la primacía política.
El período histórico conocido como Renacimiento no es más que la expresión de un etapa de transición en la que se han roto las relaciones feudales y en el cual, pese a que aún no se dan las condiciones técnicas y sociales que perfilarán en forma definitiva los tiempos modernos, sí muestra rupturas radicales en el campo de las ideas y las prácticas sociales que servirán de marco y acicate a la instauración definitiva del capitalismo industrial a partir de la segunda mitad del siglo XVIII.
La etapa de capitalismo comercial, como se conoce el período que transcurre entre los siglos XVI, XVII y la primera mitad del XVIII, es fundamental para nuestra historia, toda vez que la invasión de América por población europea –a partir de 1492- será producto de esa necesidad de ampliar los mercados para acelerar la acumulación de riquezas, que se convertirá en eje de la racionalidad del nuevo sistemaRealidad intensa. Para el siglo XVIII era evidente que el viejo orden, defendido por unas monarquías absolutistas –poderosas, históricas, añejas–, estaba resquebrajado en su poder político y era ya anticuado en lo económico. Los monarcas hereditarios “por la gracia de Dios” lideraban jerarquías de nobles terratenientes, sostenidos por la ortodoxia de las iglesias. Pero su boato y su poder se deshacían bajo sus pies.
Para la época, con una población europea de 180 millones, con ubicación del 85 y hasta el 90 por ciento en el campo, el problema fundamental era el agrario: la relación terratenientes-cultivadores, contradicción entre quienes acumulan y quienes producen. La situación, sin embargo, no era igual en todas partes. En Rusia, por ejemplo, el siervo o campesino no era libre; estaba ahogado y marcado por la servidumbre, asemejándose a un esclavo: dedicaba gran parte de la semana al trabajo forzado en la tierra del señor o en otras obligaciones; era una servidumbre que llevaba a extremos la desigualdad. “Existían nobles propietarios de hasta 2’000.000 de hectáreas… Pero también, dueños de infinidad de personas, de seres humanos. Catalina la Grande repartió unos 40 ó 50 mil siervos entre sus favoritos”.
Los nobles (los ricos de hoy) eran relativamente pocos: en Hungría y Polonia, sólo el 10 por ciento de la población total; en España –finales del siglo XVIII– no eran más de 500 mil. En otros países, muchos menos. La condición de esos ricos, ligados a grandes propiedades, facilitaba el acceso a títulos –noble, hidalgo–, asegurando privilegios sociales y políticos, entre los cuales acceder a los altos puestos del Estado.
Pese a ello, puede considerarse que en términos generales, y de modo más marcado en los países de Europa Occidental, las relaciones económicas cambiaban. La tierra ya no cumplía su función de siglos. “Europa giraba: los fundos característicos hacía tiempo que habían dejado de ser una unidad de explotación económica, convertida en un sistema de percibir rentas y otros ingresos en dinero. El campesino más o menos libre, grande, mediano o pequeño, era el típico cultivador del suelo (pagaban renta por ello). Eran cambios intensos que se impusieron a pesar de la reacción y la fuerza de los poderes dominantes. Así, en la medida en que este mundo rural fue cambiando, surgieron pequeños y medianos comerciantes (mercaderes) que compraban y vendían toda la producción de una región, sentando las bases para el capitalismo industrial. Los lazos de dependencia se flexibilizaban, y vieron la luz artesanos de distinto tipo (tejedores, operarios y otros oficiales) con talleres”.










Leave a Reply