Muere el viejo mundo, nace el nuevo. Antecedentes del desmoronamiento del dominio español en América Latina (I)

Muere el viejo mundo, nace el nuevo. Antecedentes del desmoronamiento del dominio español en América Latina (I)

La revolución industrial, y la química y los hierros que tejen y se mueven

 

Hasta el siglo XVI e incluso el XVII, la producción fabril se hacía con heredadas técnicas medievales y anteriores a estos momentos. Aunque increíble, así era: los razonamientos, por ejemplo, de Euclides y de sus contemporáneos dominaban en aquel período de la humanidad. Pero la paulatina ruptura de la servidumbre, el Renacimiento y la Ilustración –Siglo de las Luces–, el espacio ganado por el trabajo individual, la ruptura de límites impuestos por el feudalismo a la movilidad de las poblaciones y la necesidad de satisfacer mayores demandas (en el interior de cada país y en las colonias) desataron la imaginación y potenciaron la fuerzas de revoluciones campesinas, tanto como la aparición de una nueva clase, la burguesía, algo antes inconcebible.
 
El proceso se vive en medio de un conflicto imposible de solución con las estructuras de los regímenes políticos existentes: por un lado, la vieja sociedad, la aristocracia, con nobles e hidalgos defendiendo derechos ‘eternos’, como era vivir de la renta de la tierra y los frutos del trabajo ajeno; por otro, la nueva sociedad, las fuerzas ascendentes de comerciantes y trabajadores libres –burgueses–, que con energía inusitada tumbaban mitos y derechos; pero también en las colonias por parte de ‘criollos’ y otros sectores que exigían más espacio político y más poder económico. “Los alzamientos y revueltas serán su manifestación más precisa: Estados Unidos (1776-1783), Irlanda (1782-1784), Haití (1796-1804), Bélgica y Lieja (1787-1790), Holanda (1783-1787), Ginebra”, pero también en la actual América del Sur: la Nueva Granada (Barrios populares de Quito, 1765; Comuneros, 1781), Virreinato del Perú (Túpac Amaru, 1780), Tiradentes en Brasil. Hay resistencia pero caen las estructuras consideradas inamovibles.
 
Como un sueño, en pocas décadas la humanidad se halla ante el reto y la obligación de romper con la estructura heredada para delinear soluciones a los ingentes problemas que tiene al frente. Uno era, y para el caso de Inglaterra, primera potencia mundial en la producción de telas: ¿cómo producir más y mejores hilos? En aquella hora hay mejores condiciones económicas y técnicas, pero también espíritu (fruto de la Ilustración) para enfrentar y superar tales retos.
 
¡Vamos por la máquina! Los capitales necesarios para asumir las inversiones que exigen la investigación y la producción de piezas de metal se acumulan durante dos siglos, producto del impulso que encuentra el comercio. Pero también, fruto del trabajo ajeno, gracias a la esclavitud en tierras lejanas –en las colonias–, el robo y el saqueo de las riquezas de esos territorios.
 
El avance industrial sólo sería factible disponiendo de máquinas, de herramientas capaces de maquinar objetos de metal duro, de grandes dimensiones, y con un grado de precisión satisfactorio. Así se llega a producir una máquina (Spinning Yenny, ideada por James Hargraves, 1764) capaz de ovillar ocho hilos al tiempo, respondiendo a la urgencia de producir más y mejor hilo, y en menor tiempo. Luego vendría su perfección al crearse la Water Frame (1769), que funcionaría con energía hidráulica, y pasados unos años (1774) se impondría la Mule Yenny (diseñada por Samuel Crompton), que funcionaría con vapor.
 

 
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