Muere el viejo mundo, nace el nuevo. Antecedentes del desmoronamiento del dominio español en América Latina (I)

Muere el viejo mundo, nace el nuevo. Antecedentes del desmoronamiento del dominio español en América Latina (I)
Así, miles de brazos se independizaban y dejaban la tutela de nobles y monarcas. La iniciativa individual tumbaba barreras, dando cuerpo a ciudades grandes y talleres de notable dimensión. Se dejaba de producir para el villorrio, pudiendo abastecer la comarca, la región y mucho más. Los excedentes así lo permitían. El comercio y la manufactura florecían. En menos de dos siglos –XVI y XVIII–, nuevas fuerzas sociales amasaron capitales, al mismo tiempo exigían representación política, y bajo su presión nacían los parlamentos modernos para el derecho de la discusión previa de toda ley. Pero, a la vez, demandaban nuevos mercados para sus productos, objetivo que cumplieron las Armadas de sus países para ‘descubrir’, conquistar y someter nuevos territorios. Los cañones le abrían las fronteras a la mercadería que ahora se producía por toneladas en el imperio naciente.
 

 

A este campo visible de transformaciones lo subyace una serie de cambios menos conocidos pero no por ello desprovistos de importancia, dentro de los cuales se deben destacar los cambios técnicos en la agricultura. La sustitución del barbecho (período de descanso de la tierra) por la rotación de cultivos, que sustituía un tiempo de regeneración improductivo de la tierra por uno productivo, en el que lo que se hacía era establecer una secuencia de cultivos que consumían sustancias diferentes del suelo, a diferente profundidad del mismo, permitió un uso mucho más intensivo del suelo. En igual forma, el uso sistemático del abono animal estableció una relación directa entre ganadería y agricultura, y, con la sustitución artificial de ciertos nutrientes del suelo, el barbecho prácticamente desapareció, dando lugar a aumentos significativos de la producción agrícola en un mismo espacio. Igualmente, la mejora en el arado y el desarrollo de sembradoras, que permitieron el reemplazo de la siembra al voleo, mejoraron el rendimiento de cada una de las plantas, ya que, al regularse el espacio entre ellas, las condiciones de su nutrición fueron mejor aprovechadas. La generalización del uso del caballo, en sustitución de bueyes, aumentó en un 50 por ciento la velocidad de tracción del arado y disminuyeron el tiempo y los costos de preparación de la tierra. También debe destacarse la profundización de la selección de semillas y la cría de animales (incluidos los cruces), que se constituirían en las primeras aplicaciones conscientes de biotecnología.
 
Los efectos de lo que algunos autores llaman “revolución agraria” fueron de diversa índole. De un lado, el aumento de la productividad permitió expulsar del campo una cantidad significativa de campesinos que se constituirían en una población de manos desocupadas, base de formación de la clase moderna de trabajadores, que, desplazados hacia las ciudades, no tendrían otra opción de supervivencia que venderle su fuerza de trabajo al naciente capital; del otro, el aumento de la productividad permitiría dedicar una parte importante de las tierras a la producción ya no de alimentos sino de insumos para la naciente industria, sin los cuales a ésta le hubiera sido imposible consolidarse. El sector rural iniciaría así un proceso de desocupación por expulsión que continúa hasta nuestros días, y un proceso de urbanización que marginaría a la tierra de la importancia que hasta el momento había tenido. La conversión del suelo en mercancía y la subordinación del campo a la ciudad serían los cambios estructurales que acabarían sepultando definitivamente a la nobleza.
 
Inglaterra fue el primer país-imperio que se benefició de este giro económico y político, llegando a ser para el siglo XVIII (y tras su revolución política del XVII) el país europeo más próspero. Minería, manufactura y otros sectores productivos se transformarían. Su auge arrolló. Así fuera con la derrota por la unión de las Trece Colonias en el norte de nuestro continente, en el territorio que luego serían los Estados Unidos de América, allende los mares se impuso la bandera inglesa en otros territorios de América, África y Asia. Pronto, su apogeo fue seguido por otros imperios. Así lo intentó España, aunque tardíamente, –Carlos III, 1770, Reformas Borbónicas– adormilada por las riquezas con despojo que extraía de sus dominios americanos y gracias a las anticuadas formas políticas defendidas por su monarquía, con las cuales los peninsulares quisieron paliar su menguado fisco. Disminuida para competir por la hegemonía del mundo, trata de reorganizar su administración y de reconcentrar el poder en las colonias, además de reducir el poder económico de los criollos, para lo cual, España creó nuevos impuestos en sus colonias. En poco tiempo, la reacción ante tales medidas se hizo sentir (Barrios populares de Quito, Túpac Amaru, Comuneros del Socorro). Además de las guerras de conquista, las reformas se imponían.
 
Hacia 1780, todo Estado que no quisiera perder sus dominios ni verse arrojado de la historia por las fuerzas que emergían bajo sus pies trataba de ajustarse a la nueva realidad económico-política, con fomento de la industria y con la aceptación de cambios, aunque no tan radicales como era aceptar la liberación campesina. Y llegaría la revolución. “Lo que aboliría las relaciones feudales agrarias en toda Europa […] sería la Revolución Francesa, por acción directa, reacción o ejemplo”.

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