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La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo

La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo

Planificación centralizada y democracia

 

La trayectoria de las luchas populares entre la conquista de la independencia de los pueblos de las Américas (1776-1830) y la consolidación de la democracia en el mundo, tras la II Guerra Mundial, con la descolonización de Asia y África (1976), se ha visto caracterizada por revoluciones y guerras, entre las que destacan las revoluciones de 1848 en Europa, la Guerra de Secesión en Estados Unidos (1861-65), la Comuna de París (1871), la Revolución de 1905 en la Rusia zarista, la I Guerra Mundial (1914-18), la Revolución rusa de octubre de 1917, la Guerra Civil Española (1936-39) y las numerosas revoluciones y guerras internacionales y civiles que componen la llamada II Guerra Mundial (1939-1945). Esta, en realidad, no acabó con la rendición de Japón en 1945, como se habla convencionalmente. Basta recordar los conflictos de agrados por esta guerra mundial y que prosiguieron después de 1945 en China y Vietnam, en Grecia, en Filipinas y en otros países colonizados del Tercer Mundo. Todos estos eventos marcaron con violencia los avances de las luchas por no solo más democracia política sino también por profundas mudanzas sociales y económicas.

Muchas de estas guerras las iniciaron regímenes que procuraban fortalecerse gracias a las glorias bélicas de conquista a países extranjeros, pero acabaron por debilitarse en la medida en que los conflictos se extendían en el tiempo, infligiendo enormes sufrimientos a la masa popular. Revueltas populares ayudaron a derrocar regímenes autoritarios, incluso donde no llegó a haber revueltas, sino solo agitaciones políticas que abrieron camino a grandes avances en las luchas obreras, feministas, de liberación nacional y de afirmación democrática y socialista. Esta larga experiencia histórica forjó en las mentes de muchos socialistas la idea de que sin violencia revolucionaria era imposible vencer las resistencias al avance de las luchas populares.

Este había sido ciertamente el caso de Karl Marx y Friedrich Engels, cuya influencia sobre las luchas populares desde el lanzamiento del Manifiesto del Partido Comunista en 1848, difícilmente puede exagerarse. Ambos son autores del programa revolucionario socialista más inspirado, que a partir de la II Internacional, motivó y orientó un sinnúmero de movimientos y los dotó de una visión de otro sistema socioeconómico, superior en todos los aspectos al capitalismo, siempre supuestamente al borde de su crisis terminal. Marx y Engels heredaron de los socialistas utópicos la idea de que la economía socialista tendría que ser autogestionaria, teniendo como modelo las cooperativas de producción de su época. Esta idea predominó en la I Internacional, habiendo sido compartida por partidarios de Marx y Engels, y de Proudhon y Bakunin. La bandera de la libre unión de los productores como directriz básica de organización de las actividades económicas emergió en la Revolución de 1848, en Francia, y nuevamente en la Comuna de París veintitrés años después.

Marx estudió intensamente la administración capitalista de las empresas guiado por la experiencia empresarial de Engels, que dirigía una fábrica textil de su familia. Marx captó la contradicción entre la anarquía provocada por la competencia entre las empresas en el mercado y la minuciosa racionalidad aplicada en la gestión de la empresa para extraer de ella el máximo de beneficio. Marx y Engels concluyeron que en el socialismo el mercado podría y debería abolirse, y en su lugar el ajuste entre la oferta y la demanda se produciría, mediante una planificación centralizada de toda la economía en su conjunto, análogo a lo que el capitalista realiza en su empresa. Obviamente, esta planificación no perseguiría la maximización del beneficio privado sino el bienestar de los consumidores. Para que la sociedad pueda dar el salto de la economía anárquica del mercado a la economía ordenada por el Estado, es preciso que este se apropie al mismo tiempo de todos los medios de producción; lo cual, exige obviamente la conquista de todo el poder del Estado por parte de una organización revolucionaria y, por tanto, la necesidad de la caída del gobierno existente.

La historia fue cruel con los padres del socialismo científico al hacer que su propuesta acabara siendo aplicada, cerca de 40 años después de formulada, en Rusia. La planificación general de toda la economía, centralizada por el Estado, fue practicada durante cerca de 70 años. El modelo se exportó después de la II Guerra Mundial a numerosos países de Europa, Asia y África, y a Cuba en América. Uno de sus resultados innegables es que el Estado, lejos de perecer, como pensaban Marx y Engels, se hipertrofió. La aspiración democrática se dejó de lado y la vida social se vio sometida a una camisa de fuerza. En palabras de alguien forzado a vivir en un país inmerso en el socialismo real: “Aquí todo lo que no está prohibido es obligatorio”.

El aspecto que aquí nos interesa es que la planificación centralizada es incompatible no solo con la democracia “burguesa” sino también con el socialismo autogestionario, que tanto entusiasmo había despertado a Marx y Engels. Selucky, que analizó esta contradicción con mucha perspicacia, concluyó:

Me gustaría sugerir que el rechazo al mercado es, por definición, incompatible con el concepto de un sistema económico socialista autogestionario. Si el mercado es abolido, la autonomía de las unidades económicas desaparece. Si el mercado es abolido, la relación horizontal (esto es, el intercambio) entre unidades económicas también desaparece. Si el mercado es abolido, la información proveniente de los consumidores (la demanda) o es enteramente cortada o es irrelevante para los productores. De ser así, el plan central es la única fuente proveedora de informaciones relevantes para los productores en la toma de decisiones.

Aunque la autoridad para tomar decisiones esté formalmente garantizada a los órganos autogestionarios, su única fuente de información es el plan central, ya que se ha eliminado el mercado. Cualquier economía sin mercado tiene que ser, por definición, centralizada: dirigida por un plan de comando, controlada por un puñado de planificadores en vez de por los propios trabajadores, basada en la manipulación de los productores por la agencia de planificación (1).

Tras la II Guerra Mundial, cuando el régimen soviético se extendió a numerosos países de Europa Oriental y Central, no tardó mucho tiempo para que los sucesivos levantamientos obreros en Berlín, Hungría, Polonia, y finalmente en la Checoslovaquia entre 1953 y 1968, desenmascarasen el pseudosocialismo. Después de la invasión rusa de Checoslovaquia en 1968, en un intento por reprimir la instauración allí de un socialismo “con rostro humano”, el régimen vigente en la Unión Soviética y sus satélites pasó a ser denominado en el mundo entero “socialismo realmente existente” o abreviadamente “socialismo real”. Numerosos partidos comunistas situados fuera de la Unión Soviética se distanciaron públicamente del socialismo real, mientras que los pocos partidos comunistas que no lo hicieron perdieron la mayor parte de sus electores.

El único país del bloque soviético que intentó construir una economía socialista autogestionaria fue Yugoslavia, mientras la gobernó Tito, entre 1948 y 1980. Las cooperativas estaban bajo la influencia de las autoridades nacionales y también de las comunidades locales. Para que el sistema pudiera funcionar con cierta autenticidad, el partido comunista fue disuelto y sustituido por la Liga de los Comunistas y la represión a las libertades civiles fue considerablemente atenuada. A pesar del mantenimiento del régimen de partido único, los temas económicos y sociales controvertidos se discutían públicamente. Paul Singer, co-autor de este capítulo, estuvo personalmente en el país en 1978 y pudo verificar el contraste entre la total ausencia de libertades políticas en los países que integraban el mundo del “socialismo real” y el régimen yugoslavo.

Lamentablemente, después de la muerte de Tito en 1980, los diferentes países que conformaban Yugoslavia entraron en conflictos étnicos y religiosos violentísimos, que desintegraron la nación y con ella la experiencia de autogestión, que hasta aquel entonces se consideraba única en el mundo.

En realidad, la autogestión obrera no se encontraba en la agenda de la socialdemocracia. En esta predominaban, más bien, los temas reivindicativos de los sindicatos, cuyo cumplimiento produjo el famoso y en su momento consensuado Estado del Bienestar Social. En este, lo que más se acercaba a la autogestión obrera era la reivindicación de los derechos democráticos en el local de trabajo: la creación de comités de empresa, compuestos por representantes elegidos por los empleados, con poder para intervenir en situaciones en las que algún derecho contractual o legal de los empleados se estuviera vulnerando. Cabe notar que estos derechos se conquistaron en diversos países europeos, dando a los representantes elegidos por los trabajadores cierta capacidad de influencia en las decisiones de los empleadores que afectasen directamente a los intereses de sus representados.

 

Autogestión

 

La autogestión volvió a la palestra con la explosión de protestas y manifestaciones de los estudiantes de París que rápidamente se extendieron por Europa, América del Norte y del Sur, en el inolvidable año de 1968. Fue antes que nada un movimiento juvenil, de una generación que estaba siendo educada para actuar en un mundo que no solo desaprobaban sino que los indignaba por las flagrantes injusticias que los poderosos estaban cometiendo, sin que nada se estuviera haciendo para impedirlo.

El radicalismo europeo en 1968 era totalmente internacionalista, inspirado en los movimientos revolucionarios no occidentales o en la rabia contra los Estados Unidos contrarrevolucionarios.

En mayo de 1968, la agitación estudiantil estalló en la Universidad de París, la Sorbona. Los estudiantes entraron en huelga, ocuparon la universidad, y en seguida organizaron manifestaciones en las calles, con la consiguiente represión de la policía, lo que despertó la simpatía de la población hacia los jóvenes. De este modo, las protestas estudiantiles acabaron por contagiar a la clase obrera fabril. En respuesta, el Partido Comunista, que dominaba el sindicato más poderoso, repudió el movimiento estudiantil, denunciando que los estudiantes rebeldes eran enemigos pseudorrevolucionarios de la clase trabajadora. Sin embargo, a medida que los acontecimientos se sucedían, los militantes comunistas inevitablemente se adhirieron a las manifestaciones. Sabedores de que sin ellos ningún desafío real al gobierno iría a producirse, de un modo reluctante, la CGT acordó con las otras centrales sindicales una huelga general de un día para el 13 de mayo, cuando ochocientos mil trabajadores marcharon en un claro apoyo a las acciones de los estudiantes (2).

El ánimo en la protesta pasó de los estudiantes a los obreros. En un fin de semana, la onda expansiva de la huelga se expandió, concentrada en el cinturón rojo de París, Normandía y Lyon. Se vieron afectadas las industrias de automóviles, aviación, ingeniería, carbón, química y construcción naval, además del sector público, con el transporte municipal, ferrovías, gas y electricidad, los correos, servicios sanitarios y la navegación del canal, todos en huelga. También pararon los profesionales técnicos, como los controladores aéreos y el personal de la radio y de la televisión. El 18 de mayo 2 millones estaban en huelga y había 120 fábricas ocupadas. La semana siguiente, el número de huelguistas llegó a algo en torno a los 4 y 6 millones. Al día siguiente ya eran entre 8 y 10 millones (3).

La rebelión estudiantil, probablemente sin quererlo, acabó provocando un inmenso movimiento de protesta social. En las universidades ocupadas, los estudiantes trataron de eliminar jerarquías, democratizar la administración y redefinir los currículos. “Sin embargo, los trabajadores también rearmaron su compromiso. Inspirados por el ejemplo de los estudiantes, su audacia sorprendió no solo a los empresarios y al gobierno, sino también a los sindicatos. En Nantes, la acción en la Sud Aviation consiguió galvanizar la huelga general, que culminó el 27 de mayo con la toma del ayuntamiento por el comité central de los trabajadores, agricultores y estudiantes, expulsando al alcalde y al jefe de la policía (4).

Después de la prolongada resistencia en las fábricas y en las universidades, obreros y estudiantes acabaron teniendo que ceder ante el gobierno, que al final consiguió restaurar el orden. Sin embargo, el movimiento de mayo de 1968 ha dejado un rico legado que aún da frutos. “Animar a la revuelta antiautoritaria fue un ideal de autogestión, adoptado oficialmente como Autogestión por el nuevo Partido Socialista (PS) en 1973-75. Previa a la democratización de la economía, mediante la reivindicación del control de las fábricas por sus trabajadores, de cooperativas autogestionarias y de constitución de los negocios, así como mediante la toma de decisiones participativa, la apertura de los libros, la descentralización de la gerencia y la mejora general de los locales de trabajo” (5). La posición del nuevo Partido Socialista reflejaba los valores del movimiento de mayo del 68, que presentan significativas semejanzas con los del movimiento de la economía solidaria en Brasil y en otras naciones, 35 años después.

El movimiento estudiantil, que tuvo su epicentro en París, y se desparramó por toda Francia en 1968, repercutió en Italia, en Alemania y en otros países de Europa, en los guetos negros de las grandes ciudades de EU, en la masacre estudiantil en Ciudad de México, en el Cordobazo argentino, y en las huelgas y masivas manifestaciones en la calle de los estudiantes en Río y en São Paulo. En 1968, en plena dictadura militar, las universidades brasileñas estaban en huelga a favor de la reforma universitaria, en el fondo protestando contra el golpe que había fulminado la democracia.

En 1973 los trabajadores ocuparon la fábrica Lip, pero dos meses después se vieron forzados por la policía a evacuar el edificio. Aunque, antes de ello, los trabajadores habían requisado piezas de la producción para continuar con la fabricación en talleres clandestinos. El gobierno negoció un plan de reflotamiento de la empresa con los sindicatos e industriales “progresistas”, que después de prolongadas idas y vueltas acabó siendo aprobado por los trabajadores. Sin embargo, las medidas de racionalización no fueron suficientes para garantizar la recuperación deseada y con la recesión en 1975-76 la dirección de la Lip anunció en abril de 1976 la quiebra de la empresa, lo que llevó a los trabajadores a volver a ocuparla con la esperanza de poder contar con la solidaridad de la izquierda francesa y de la clase obrera organizada. Los obreros abrieron las puertas de la Lip a visitas (solo en mayo fueron sesenta mil). Los sindicatos y ellos mismos participaron en reuniones en toda Francia, con la prensa, con representantes del gobierno y con los síndicos de la quiebra, nombrados por el tribunal. Los obreros sobrevivían con el seguro de desempleo y las ganancias por la venta de diversos artículos que producían y vendían a los simpatizantes.

Finalmente, en noviembre de 1976, la asamblea de los trabajadores decidió formar una cooperativa que compraría la Lip a sus accionistas. Por razones ideológicas, este paso tardó 19 meses en darse: se consideraban asalariados en lucha contra los propietarios y la idea no era que ellos mismos se convirtieran en propietarios. Temían que su transformación en cooperados implicara un cambio en su identidad de clase y por tanto en sus relaciones con la clase obrera asalariada del país. Estaban convencidos, no obstante, de que en las elecciones de marzo de 1978 la izquierda saldría victoriosa y que con un gobierno de izquierda una empresa de propiedad de sus trabajadores podría ser un ejemplo para otros ocupantes de fábricas. Y, de hecho, en 1974-75 más de 200 ocupaciones de fábricas en Francia se inspiraron en el ejemplo de la Lip. No obstante, la izquierda fue derrotada en las elecciones, lo que no impidió que los trabajadores presentaran un nuevo plan para asumir la empresa en calidad de cooperativa (6).

En 1980 comenzó otra insurrección por los mismos motivos: aumento de precios. El astillero Lenin fue ocupado por obreros liderados por Lech Walesa. Pero esta vez los trabajadores plantearon una nueva reivindicación: sindicatos independientes. Mientras el gobierno negociaba con los trabajadores en las diferentes regiones, en septiembre se fundó el Sindicato Independiente Autogestionario o Solidaridad Solidarnosc. Al mes siguiente estalló una huelga general y el número de seguidores del Solidarnosc crecía de manera exponencial: 3 millones en septiembre, 8 millones en octubre, llegando a 9,5 millones, esto es, más de tres cuartos de una fuerza de trabajo de 12,5 millones, un año después.

A pesar de ser reprimido por la fuerza, el movimiento de Solidarnosc tuvo una enorme repercusión en otros países, particularmente en los que actuaban los jóvenes estudiantes, comprometidos con movimientos sociales herederos de los valores de 1968. En Brasil, la lucha del Solidarnosc coincidió con la fundación del Partido de los Trabajadores por un amplio frente de agrupaciones de izquierda, de diferentes orientaciones pero con una significativa representación en los nuevos movimientos sociales. Una parcela significativa de los dirigentes estaba compuesta por personas que habían estado exilados en Europa, por tanto, conocedores de las luchas por la autogestión obrera de los países al otro lado de la aún incólume Cortina de hierro.

En Brasil, uno de los que se enfrascaron en el estudio del socialismo autogestionario fue Claudio Nascimento (7). En un testimonio autobiográfico comentaba:

En 1980 había publicado encuadernaciones en tapa blanda y ensayos sobre el movimiento obrero y sindical que había surgido en Polonia, el Solidarnosc. En Francia participé en estudios y acciones de apoyo a los exilados de Solidarnosc, que estaban apoyados por la Cfdt, donde trabajaba. […] Muchas entrevistas y tertulias en bares de la periferia de París con dirigentes obreros e intelectuales polacos […], reuniones con militantes de Lublin, que venían mediante un convenio con la Universidad de Lovaina la Nueva, en Bélgica, me llevaron a escribir sobre esta experiencia de autogestión. Me documenté en Francia sobre el movimiento de autogestión en Polonia, el Solidarnosc, consultando bibliotecas y Centros de Documentación. El trabajo se publicó en Portugal, en la editorial Base-Fut, de Oporto.

De vuelta a Río de Janeiro, me reincorporé al Cedac (Centro de Acción Comunitaria). Con el compañero de la metalurgia Ferreirinha pasé a integrar el Equipo de formación sindical de la Secretaría de Formación del Estado de Río de Janeiro. Desde esta época hasta más o menos 1991 viajé por varios estados, impartiendo cursos sobre “socialismo autogestionario” para grupos de jóvenes, de obreros, estudiantes y militantes de movimientos sociales, ávidos de conocimiento sobre una nueva forma de organización de la sociedad y de autores prácticamente desconocidos por nosotros: Rosa Luxemburgo, el Austro-Marxismo, Pannekoek, Mariátegui y experiencias históricas de autogestión.

El testimonio de Nascimento muestra que el socialismo autogestionario recibió una divulgación sistemática por parte de un número considerable de intelectuales, a partir de por lo menos julio de 1983, cuando el autor vuelve a Brasil. En realidad, esta actividad comenzó antes, según relata en sus declaraciones:

En 1978-79, con el regreso de los amnistiados habíamos fundado diversas ONG para llevar este trabajo a varios estados de la federación: en Río fundamos el Cedac, donde empecé a trabajar. En esta época, ya era asesor de la Pastoral Obrera Nacional (8). Trabajábamos por establecer una oposición sindical en todo el país. Esta intensa actividad me llevó más de una vez a sufrir persecuciones: tras ser seguido durante seis meses, en 1980, entraron en mi piso de Río, con la ola de terrorismo que asoló el país en aquel período […]. Por ello, tuve que salir de Brasil, rumbo a Francia, trabajando durante tres años en un sindicato, la Cfdt. Este tipo de práctica fue en el campo de la formación sindical, pues estábamos a punto de fundar la CUT [Central Única de los Trabajadores] y necesitaríamos personas que supieran cómo organizar la formación en un sindicato (no teníamos esta experiencia en el país debido a la constante represión y prohibición de las centrales sindicales) (9).

La fuerte afinidad de los socialistas cristianos con el socialismo autogestionario o la economía solidaria se manifiesta también en el hecho de que el Complejo Cooperativo de Mondragón, la mayor red de cooperativas del mundo, ha sido fundado por la iniciativa y el liderazgo del padre Arizmendiarreta, un genuino socialista cristiano y discípulo del padre Lebret.

El neoliberalismo surge avasallador desde 1979-80, al mismo tiempo en que la Unión Soviética comienza a librarse de las amarras estalinistas que sofocaron durante casi 70 años cualquier iniciativa democrática de su población. Hay quienes atribuyen la apertura rusa a esta onda neoliberal, hipótesis que no encuentra ninguna corroboración en los hechos. Lo que sorprende en los países capitalistas es la casi total incapacidad de la izquierda de ofrecer resistencia a la ofensiva neoliberal, por la ausencia de alternativas, que no precisaría ser socialista sino apenas democrática, como la que los movimientos juveniles están hoy reivindicando en la periferia europea y en los países árabes. Las prolongadas luchas por la democracia y el socialismo, trabadas por los movimientos obreros y sus intelectuales orgánicos a lo largo de los siglos XIX y XX, prueban que la esencia del socialismo es la democracia sin más adjetivos, aplicada no solo a la política, sino a la economía, a la educación escolar, a la asistencia sanitaria, a la planificación urbana, al cuidado con el medioambiente y a las demás áreas cruciales de la interacción social.

La economía solidaria se concreta con el apoyo de movimientos sociales apoyados por los sectores organizados de la sociedad civil: comunidades eclesiásticas de base, pastorales, sindicatos, movimientos estudiantiles que actúan en “incubadoras” o entidades similares, movimientos de trabajadores rurales sin tierra, recogedores de residuos reciclables, grupos de indígenas y afrodescendientes, mujeres, ex internos de manicomios, sin mencionar la solidaridad entre vecinos que forma parte de la cultura de las clases trabajadoras de baja renta.

La creciente diversidad cultural enriquece la economía solidaria al juntar obreros de empresas recuperadas, que aportan la experiencia reciente de la lucha de clases, con pueblos que cultivan los valores de la economía solidaria en función de sus propias tradiciones, transmitidas de generación en generación desde hace muchos años. Gracias al respeto a los diferentes, la diversidad amplía los horizontes de los comprometidos en la economía solidaria y los capacita para extraer de los avances y retrocesos, de las ganancias y de las pérdidas, las enseñanzas que facilitan la convivencia y activan la inteligencia colectiva para enfrentarse a nuevos desafíos.

Bajo nombres diferentes, la economía solidaria se da en numerosos países de los cinco continentes y gracias a la revolución informática el intercambio de experiencias se ha visto facilitado, lo que posibilita no solo la interacción sino la colaboración efectiva que permite hablar de la globalización de una variedad de alternativas viables al capitalismo neoliberal, que a todos amenaza. El florecimiento de una profusión de economías solidarias o sociales o humanas, o como quiera que se denominen, es la garantía de su viabilidad, pues la vocación de la humanidad no es la uniformidad.

 

Consideraciones finales

 

Quien levanta la bandera de la economía solidaria como la futura “otra economía” alternativa al capitalismo es el propio movimiento de la economía solidaria y los diversos movimientos sociales que en ella participan.

En cuanto a la relación entre el sindicalismo y el cooperativismo, podemos decir que no es contradictoria, muy al contrario, de colaboración mutua, en la medida en que ambos tienen por base social trabajadores combativos. Hay también sindicatos amarillos (agentes patronales) y cooperativas formadas por empresas de la agroindustria. La contradicción es explícita entre los sindicatos y las cooperativas alineados con los oprimidos, y los que se alinean con los opresores.

¿Cuál es el alcance del movimiento de la economía solidaria como crítica al sistema capitalista? y ¿qué propuestas plantea para el avance sobre el sistema económico como un todo? En la actual coyuntura que vive Latinoamérica, el embate del movimiento de la economía solidaria con el sistema capitalista tiene como centro la crisis medioambiental y la lucha por la tierra de campesinos, indígenas y comunidades de descendientes de esclavos. Estos últimos luchan, en general, en defensa de los espacios que ya ocupan y consideran como suyos, y contra los avances de empresas capitalistas, cuando no de racistas frecuentemente criminales.

Hay, un significativo avance de la agroecología, de las finanzas solidarias en forma de cooperativas de crédito y bancos comunitarios y de cooperativas sociales de ex internos de manicomios y de cooperativas de recicladores de residuos sólidos. La economía solidaria tiene un papel significativo en la inclusión productiva urbana.

 

 

* Apartes de “La construcción de la economía solidaria como alternativa al capitalismo”. Economía social y solidaria en movimiento, José Luis Coraggio (organizador), Ediciones Ungs, 2016.
** Paul Singer. Profesor de la Facultad de Economía. Desde 1996 se dedica a la economía solidaria.
Valmor Schiochet. Máster en Sociología Política. Director de Estudios de Divulgación de la Secretaría Nacional de Economía Solidaria (Ministerio del Trabajo 2003-07).

1 Selucky, Radoslav (1975). “Marxism and Self Management”. En Vanek, Jaroslav. Self-Management; Economic Liberation of Man. Inglaterra: Penguin Education, Harmondsworth.

2 Ibid.: 401
3 Idem.

4 Idem.
5 Ibid.: 406.
6 Carnoy, Martin y Derek Shearer (1980). Economic Democracy. The Challenge of the 1980s. Inglaterra: Routledge. pp.163-169.

7 Intelectual autodidacta y educador popular, que a partir del 2003 integraría el equipo de la Secretaría Nacional de Economía Solidaria como coordinador general de Formación.
8 Con Frei Beto, Frei Eliseu, sindicalistas como João Pires Vasconcelos, José Ibrahim e intelectuales como Piragibe Castro Alves.

9 Claudio Nascimento, 2014.

Información adicional

Autor/a: Paul Singer y Valmor Schiochet
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