El Libertador, con mando único
Como base para una nueva estructura militar, el Libertador sabía que el primer paso a mano era reorganizar a los cientos de sobrevivientes emigrados de la derrota en Venezuela y Cartagena, en su mayoría dispersos por las islas del Caribe. Una reorganización posible si se lograba sujetarlos a una organización militar y un mando único. Su primer paso –con el apoyo de Petion– en esta dirección fue una reunión en Los Cayos, en cuya asamblea se incluyó como agenda, por una parte, discutir el plan para el retorno y el nuevo proyecto de guerra contra el Imperio español, y, por otra, designar el alto mando para conducir todas las operaciones y designar el general en jefe.
No fue fácil. Como todo exilio, sus víctimas trasladaron al Caribe sus historias, discusiones, contradicciones, odios, rivalidades, recuerdos, vanidades, pretensiones, que los separaron durante el tiempo anterior al ingreso de Morillo. De este modo, Mariño y Bermúdez mantenían la vieja hostilidad de los orientales contra Bolívar. Asimismo, los emigrados del patriciado cartagenero, dirigidos por el canónigo Miramón, prolongaron en el Caribe sus divergencias nunca canceladas con los hermanos Gutiérrez de Piñeres.
La Asamblea de los Cayos. Como presupuestó Bolívar, existía la base para una nueva fuerza militar, pero superar las rivalidades que dividían a unos con otros, unir tan profundas separaciones, fue tan difícil como emprender una tarea de cero. O sin cero. Aun ante esta realidad, los cientos de emigrados fueron citados y bajo transporte haitiano llegaron a la cita. El 7 de febrero de 1816 comenzó la Asamblea, a la cual “concurrieron cerca de 100 personas, encabezadas por el general Mariño, Brion, Bermúdez, Germán y Gabriel Gutiérrez de Piñeres, el canónigo Marimón, Piar, el teniente coronel Mariano Montilla, Salom, Mac Gregor, el corsario Aury, Francisco Antonio Zea, el coronel Ducundry-Holstein, Pedro León Torres, Soublette, Anzoátegui, Briceño Méndez y Francisco de Paula Vélez” (5). Negaron su asistencia numerosos exiliados cartageneros, pertenecientes al partido de Manuel Castillo y de García Toledo, en espera de los informes que recibieron del canónigo Marimón. La reunión se llevó a cabo bajo un tenso clima, ambiente que el Libertador percibió fácilmente.
Desde el momento mismo en que ingresó a la residencia del señor Bouvil, el anfitrión, captó que las tensiones todavía dominaban las relaciones entre unos y otros. Y ni siquiera el tiempo y la derrota atemperaron las antiguas rivalidades ni extinguieron los odios partidistas. Con el comienzo de la Asamblea, aflotaron las pretensiones de las partes:
Bermúdez, respaldado por Montilla y el corsario Aury, no disimularon su intención de disputar el comando de las fuerzas expedicionarias. El canónigo Marimón se tituló representante del extinguido gobierno federal granadino, y ladinamente trató de ganarse la simpatía de todos para actuar como árbitro e imponer, al final, una solución adversa a Bolívar, en particular: contra los hermanos Gutiérrez de Piñeres. Mariño, el más inteligente de todos deslizó entre los miembros de la Asamblea, como quien no quiere la cosa, la idea de un “comando plural”, a fin de hacer imposible la jefatura única de Bolívar y formar parte de tal comando.
El informe de Bolívar. La Asamblea tomó su curso fuerte a partir del informe central que presentó Bolívar. Sin pérdida de tiempo, detalló las características y la cantidad de recursos que cedieron Haití y Brion, y la exigencia de uno y otro para hacerlos efectivos.
Una vez escuchadas estas palabras, se desató el huracán de pretensiones y resentimientos: tanto Bermúdez como Aury, Mariño y Montilla declararon no estar dispuestos, en su calidad de abanderados de una causa libre, a aceptar la dictadura del general Bolívar y concluyeron con la propuesta de una jefatura de tres o cinco miembros. En secreto, el coronel Ducauday Holstein la compartía con Bermúdez.
Brion reafirmó sus condiciones. De inmediato, Brion notificó a la Asamblea el retiro de sus goletas. Además, estaba seguro de que el presidente Petion procedería igual con los recursos ofrecidos, ante la designación de un mando plural que juzgó incompatible con las necesidades de la guerra y contrario a los intereses de la empresa bélica por intentar. Mariño calificó con los más duros términos a Brion por su propuesta, además, de la jefatura única del Libertador. Bermúdez y sus amigos llegaron al extremo de manifestar una disposición resuelta para atentar contra la vida del ‘dictador’ Bolívar y recurrir a la fuerza para obtener que la Asamblea designara a Bermúdez como Generalísimo. Por su parte, el canónigo Marimón maniobró a través del corsario Aury para favorecer a todo trance a los cartageneros, en especial a los corifeos del partido de Castillo. La discursión ensombreció con los peores augurios y Bolívar debió terciar en los términos más duros para lograr el respeto con su persona.
El destino de la Patria, con incidentes y reñida votación. A la postre, el conflicto debió decidirse en ardua votación. Si bien por mayoría designó Generalísimo a Bolívar, “las injurias lanzadas de parte y parte motivaron, al término de la Asamblea, graves incidentes entre Brion y Mariño, Lugo y Piar, y el propio Bolívar y Mariano Montilla” (6). Como mar crispado, exaltaron los ánimos de estos derrotados de recientes batallas. Sólo la insistencia de Petion y Brion en sus condiciones pudo poner las cosas en su punto.
Capacidad de mando en favor de la reconciliación interna. Aunque las disputas tenían profundos resentimientos, el Generalísimo procedió con noble capacidad de mando. No sólo propició la reconciliación sino que además, con sentido de oportunidad, elevó la autoestima de sus comandados, entregando nombramientos y ascensos para contento de sus émulos. Únicamente en los casos de Bermúdez y del corsario Aury se negó a transar: excluyó al primero de la expedición, y privó al segundo de su rango como capitán de navío.
Ante unos cercanos tiempos bravíos, las fuerzas que embarcaron debieron superar la desproporción de fuerzas y las dificultades en la economía: “distancias inmensas, sin puentes por lo común y sin caminos; desiertos intransitables, escasa población, ignorante, parte de ella enemiga; y Bolívar enfrentarse a compañeros ambiciosos, a quienes la desgracia llevaba a su lado como amigos, y que se declaraban enemigos a la primera luz de triunfo o de esperanza” (7). Una vez con las contradicciones disminuidas, en distensión, y en acuerdo con las líneas de mando, los recursos solidarios fueron recibidos. Todo se dispuso para partir.



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