El virrey Amar y Borbón se acomoda. Mientras unos dudaban, la monarquía y la burocracia –por sus intereses y beneficios inmediatos– optaron por Francia. Así expresó el virrey del Nuevo Reino de Granada, don Antonio Amar y Borbón: “América seguirá la suerte de la metrópoli y se sujetará a la dominación de cualquiera que reinase en España”. Pero una cosa pensaba quien defendía sus intereses inmediatos y otra quienes –si se cumplía el mandato de la Revolución Francesa– perderían todo su acumulado con la Colonia. Es así que los criollos, burlando la autoridad de los virreyes, se ponen en defensa de Fernando VII y sus intereses dinásticos: como primera declaración, cada una de las Juntas Supremas de Gobierno afirma su fidelidad al Príncipe heredero, sometido sin vergüenza ante el brazo de Bonaparte. Se destacan por su ausencia las exigencias de independencia y soberanía.
De Quito a Santafé
El primer intento de constituir una junta de gobierno se llevó a cabo en Quito. Con la consigna de “No dejarse sorprender por el enemigo [los franceses]”, el 10 de agosto de 1809, cuatro marqueses lideraron dicha empresa: los de Selva Alegre, Solanda, Villa Orellana y el de Miraflores, acompañados de un importante sector de los más pudientes de aquella sociedad. El pueblo brillaba por su ausencia. Fiel a su carácter social, la Junta juró obediencia y fidelidad a Fernando VII, no reconocer jamás la dominación de Bonaparte, y conservar en su unidad y pureza la religión católica.
Pero ni así estaban dispuestos los virreyes a compartir su poder. Desde Perú se movilizaron tropas que dieron cuenta de ellos. primero sometiéndolos a prisión, doce meses después asesinando a la mayoría de éstos. Años después, Manuelita Sáenz recordaría la impresión de ver todos aquellos cuerpos mutilados (5).
Este intento de rebelión tuvo eco en la Nueva Granada e hizo que el virrey Amar convocara una junta extraordinaria del Reino, que integraban el Cabildo de Santafé, la Audiencia, los oficiales reales, las autoridades eclesiásticas y “los hacendados y vecinos nobles de la capital” . Dos puntos abordó la Junta: uno, deliberativo: en qué términos contestar a la Junta Revolucionaria de Quito; y otro, consultivo: “sobre los medios que debían adoptarse para sujetar aquella provincia rebelde”. Aprobaron el envío de tropas para contener a los rebeldes, pero no tuvieron que llegar a su destino, toda vez que los peruanos cumplieron su cometido con anticipación (6) Pese a la derrota de los quiteños, su ejemplo impregnó la mente de los poderosos de Santafé.
Carbonell, sin escucha. Constituir una junta suprema de gobierno, presidida por el Virrey, fue desde entonces su proyecto favorito. En reuniones permanentes, y de manera clandestina, se compartía el avance de los franceses en el territorio de la “Madre patria”. También, se discutía cómo proceder en la Nueva Granada. La pretensión de una junta Suprema de gobierno, es decir, un complot que obligara al Virrey a encabezarla, sin tomar en consideración al pueblo de Santafé, era la salida favorita de los potentados, quienes insistían en un levantamiento popular. Entre ellos estaba un joven vinculado a la Expedición Botánica como escribiente, José María Carbonell. Pero no eran escuchados.



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