Se acerca el día
Mientras esto sucedía entre Cartagena y Santafé, en Caracas y Pamplona se instalaron Juntas de Gobierno, logros que convencieron a los criollos de que la única opción que tenían era constituir una junta suprema de gobierno, que, como las anteriores, conservara los derechos de Fernando VII. Con estímulo del debate entre los notables de la capital del Nuevo Reino de Granada, sus reuniones fueron detectadas por el Virrey. Con cambio de sede, se citaron para el 17 y el 18 de julio de 1819 en la torre del Observatorio Astronómico, dirigido por Francisco José de Caldas. Al final, los notables del Cabildo concluyeron que debían capturar el poder. El pueblo sería utilizado de manera temporal y puntual, pero de ninguna manera se permitiría su protagonismo. Un liderazgo como el sostenido 40 años atrás (Rebelión de los Comuneros) podía poner en riesgo los privilegios de los comerciantes, los hacendados, los esclavistas y los religiosos.
El plan acordado consistía en provocar una limitada y transitoria perturbación del orden público para permitirle al Cabildo hacerse por sorpresa con el poder, forzando al Virrey a convocar e instalar una Junta Suprema de Gobierno integrada por los Regidores del Cabildo de Santafé, presidida por Amar. Además, y sin descuido, tomar medidas para el pronto restablecimiento del orden e impedir que el movimiento –diseñado según sus particulares intereses– se saliera del marco fijado. El día establecido para tal perturbación fue el 20 de julio. Ese día estarían allí muchos de los personeros de la oligarquía criolla: Camilo Torres, José Miguel Pey, Jorge Tadeo Lozano, José Acevedo y Gómez, Joaquín Camacho, Antonio Morales y otros más.
20 de julio con dudas
Algunos de los conspiradores, indecisos con el plan, insistían en argumentar de nuevo ante el Virrey sobre la necesidad de una Junta, y así fue aprobado. El mismo 20 de julio en horas de la mañana se desplazan hasta la casa Virreinal, pero la respuesta obtenida es la misma: ¡No!
En estas circunstancias, sin posibilidad de conciliación, no hay más que hacer. El plan se pone en marcha y hacia las 12 del día sucede el altercado conocido como el “Florero de Llorente”, y a renglón seguido hay una gran agitación a los gritos de: “¡Queremos Junta!, Están insultando a los americanos, ¡Mueran los bonapartistas!”, que gana la participación de indios y blancos, patricios y plebeyos, ricos y pobres. Una expresión de los extremos de impopularidad en que habían caído las autoridades, en particular los Oidores de la Audiencia. Sin estar dentro del libreto, el despreciado y utilizado pueblo, en forma de turba, sin orientación en torno a qué hacer y cómo actuar, sin objetivos políticos precisos ni un programa de acción revolucionario, se precipitó con piedra sobre las casas de los Oidores Alba y Frías, y del Regidor Infiesta. Rompieron las vidrieras, forzaron las puertas y registraron todo su interior.
Los ánimos crecían. Una vez saqueadas unas viviendas, el turno llega para las tiendas y almacenes de los comerciantes españoles. Al cabo de una hora de alzamiento, eran pocas las puertas, ventanas y vidrieras del comercio peninsular sin huellas de piedra y garrote. Hacia las 3 de la tarde, la situación tomó visos de alarma porque las multitudes se olvidaron de las autoridades, y la dinámica de la miseria y la injusticia las indujo a prescindir de toda distinción. Ante la situación, los magnates criollos de la capital temieron que les llegara el turno de sufrir el impacto de la inconformidad popular. Los conspiradores –movidos sólo por sus particulares intereses–, se replegaron a proteger sus casas y sus propiedades, y a esconderse de la posible rabia popular.
Al final de la tarde, José Acevedo y Gómez, el más firme y valeroso jefe entre los conspiradores, prevé que en poco tiempo todo pasará sin pena ni gloria. Decide entonces dejar su casa y su familia para arengar a los campesinos, comerciantes y otros paisanos que aún quedaban en la plaza principal. Desde el balcón del Cabildo, arenga ante los pocos que le escuchan, para que no abandonen la plaza principal. A las 6:30, con las sombras de las pocas luces que alumbraban la plaza, grita y relaciona los nombres de quienes debían integrar la Junta de Gobierno, todos retirados del lugar, dedicados a proteger sus bienes o escondidos de la rabia popular. Desde su Palacio Virreinal, Amar y Borbón seguía los acontecimientos, dándole tiempo al tiempo para que, llegada la noche, el día pasara como un simple y fugaz episodio.
Así, sin pueblo, se completó la conspiración: cambiar para que todo siguiera igual.


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