Nueva Granada 20 de julio de 1810: Independencia irreal o el grito por un mayor poder para los criollos

El sello de Carbonell, conocido desde las noches de discusión que antecedieron a esta jornada, en las cuales siempre insistió en contar con el pueblo, hoy será imborrable. Ahora, como los verdaderos héroes populares, será tildado de ‘agitador’ y simple ‘demagogo’. Pronto padecerá la primera acción represiva del nuevo gobierno, lo cual marca, por si había duda, su sello indeleble:

“Los compromisos pactados en la noche del 20 de julio no implicaron, como suele pensarse, una declaración de independencia, sino que ellos se limitaron a institucionalizar el gobierno de responsabilidad compartida entre el Virrey y los grandes voceros del estamento criollo. En esa alianza, acordada a espaldas del pueblo, los dos socios se beneficiaban mutuamente”. (11) Comenzó así a consolidarse la hegemonía política de la casta criolla, siempre distante de las mayorías del país, siempre opuesta a los intereses populares.

La voz del pueblo no calla

Consciente de que aún puede presionar para que el Virrey deje su puesto y sellar la Independencia, al día siguiente, 21 de julio, cuando se posesionará la Junta de Gobierno, el pueblo vuelve a la carga y exige prisión para el señor Amar, los oidores Hernández de Alba y Frías, y el regidor Mancilla.
La presión es intensa. Todo indica que al pueblo de Santafé no se le ocultó que la deseada emancipación de la metrópoli perdería sus efectos liberadores si se traducía sólo en el simple acaparamiento del gobierno por la poderosa oligarquía criolla, que buscaba desmantelar el Estado colonial, y convertirlo en un instrumento dúctil para someter más a los desposeídos y los humildes. Por tal motivo, el pueblo avanza sobre el Cabildo.

Las gente asalta luego la casa de los Oidores y vuelve sobre la plaza, en demanda de que estos funcionarios pasen a la cárcel, exhibidos con grilletes. Y así sucede. El ambiente es tenso, y los acuerdos del día anterior dan muestra de resquebrajamiento. Horas más tarde, previendo los hechos, Carbonell se dispone a organizar un Estado Mayor Revolucionario para “competir con los nutridos cuadros dirigentes del estamento criollo y mantener el entusiasmo libertario de las multitudes” (12).  Convoca a los jefes de los barrios, a los conductores de los artesanos y asimismo a los estudiantes de avanzada, a quienes reúne en un viejo local de San Victorino, donde instalan una Junta Popular. Los principales líderes serán el escribano García –el patriota–, el doctor Francisco Javier Gómez –alias Panela–, don José María Carbonell y el doctor Ignacio de Herrera.

La Junta es similar en funcionamiento e intención a la Sociedad Patriótica de Caracas, donde diría Juan Vicente Gómez: “¿La anarquía? Esa es la libertad cuando, para huir de la tiranía, desata el cinto y desanuda la cabellera ondosa. ¿La anarquía? Cuando los dioses de los débiles, la desconfianza y el pavor la maldicen, yo caigo de rodillas en su presencia. Señores: que la anarquía con la antorcha de las furias en la mano, nos guíe al Congreso para que su humo embriague a los facciosos del Orden y la sigan por las calles y plazas gritando ¡libertad!”.

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