Nueva Granada 20 de julio de 1810: Independencia irreal o el grito por un mayor poder para los criollos

Y en su seno, dijo el joven Bolívar: “Se discute en el Congreso lo que debiera estar decidido. ¿Y qué dicen? Que debemos comenzar con una confederación. ¡Como si todos no estuviéramos confederados contra la tiranía extranjera! ¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resueltos a ser libres? Estas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas. Que los grandes proyectos deben prepararse con calma. ¿Trescientos años de calma no bastan? ¿Se quieren otros trescientos todavía?” (13).

Julio 22: Día de transición. La Junta de Gobierno exhibe la imagen de Fernando VII, le rinde honores, organiza una milicia de 600 integrantes, a cargo del más respetable y representativo de los hacendados de la sabana, don Pantaleón Gutiérrez. La disputa está abierta, y la Junta Popular decide mantener al pueblo en manifestación permanente hasta conseguir la prisión del Virrey y la declaración de independencia.

Con rapidez, las nuevas milicias organizadas de improviso se despliegan por la ciudad, dando la apariencia de coparla. Entre tanto, los sectores populares prosiguen su organización. El 24 de julio, las visitas a los barrios advierten la traición de los notables. La inconformidad prosigue. Insisten en la necesidad de prisión para Amar y la Virreina.

El 26 de julio. A pesar de estar la ciudad bajo control de las milicias, el pueblo copa la plaza principal, demandando la revisión de las armas que se creían cargadas, y exigen cárcel para el Virrey y la Virreina, a quienes acusan de preparar un ataque. La exigencia es mayúscula y se transforma en la primera prueba para la Junta oligárquica, que enfrenta un arduo dilema: atacar a quienes protestan o ceder ante sus demandas.

La fuerza popular es incontrolable y la Junta opta por aceptar parcialmente las demandas: revisa el parque en demostración de que las armas no están cargadas, y traslada al Virrey y su esposa al edificio del Tribunal de Cuentas como certeza de que no preparan ataques contra el pueblo.

Los sucesos dan para una revisión extraordinaria de la Junta de Gobierno. “Lo que ayer llamaron revolución, lo calificaron ahora de motín subversivo […] quienes en la noche del 20 de julio impusieron una Junta prefabricada, ahora acusaban a Carbonell de tomarse, sin derecho, la personería del pueblo” (14).

A renglón seguido y tratando de atomizar la protesta y la representación social, la Junta proclama un bando para que en cada barrio alguien canalice la protesta o las exigencias de la gente, sin ningún efecto práctico.

La Independencia, un “pleito chico”. De esta manera, “el estamento criollo, que con deliberación provocó el altercado entre Morales y Llorente para desatar una conmoción que obligara al Virrey a concederle parte de su poder, declaraba ahora, por boca de sus procuradores, que el pueblo no podía pedir en las calles y en la plaza la declaratoria de Independencia y la destitución de las autoridades coloniales, sino que estas magnas cuestiones de la nacionalidad debían tratarse como un chico pleito por medio de memoriales ante un párroco o un funcionario de confianza de la Junta” (15).

En estas sesiones se aprobó una revisión de los archivos de la Real Audiencia en los que se encontró que hacia Santafé se dirigía “un nuevo Virrey, don Francisco Javier Vanegas, en reemplazo del señor Amar” Este hallazgo abrió nuevos interrogantes a la Junta de Gobierno: ¿Cómo recibir al nuevo delegado del Rey? ¿como Virrey o presidente de la Junta constituida el 20 de julio?

Los interrogantes eran fáciles de aclarar antes de las luchas que terminaron con la detención del señor Amar, pero, tras estas, ¿aceptarían los habitantes de Santafé un nuevo Virrey? Además, el Consejo de Regencia, también en camino de Cartagena a Santafé, ¿debía ser reconocido? La discusión no permitió llegar a un consenso.

A pesar del calibre de los dilemas, nunca se llegó al tema de la independencia, que de verdad era fundamental. Los miembros del Consejo de Gobierno evadían el cuerpo, conscientes de la conveniencia de no comprometerse con decisiones que no tomaran en cuenta el resultado de la crisis en la metrópoli. Así se mantiene la fidelidad a Fernando VII.
Para agosto, la tensión entre el pueblo y los comisionados criollos había crecido. El club revolucionario no estaba quieto; en cada barrio popular constituía juntas dependientes de la Junta de San Victorino, encargadas de mantener la rebeldía y motivar a las gentes de ir al centro de la ciudad en caso de necesidad.

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