El Estado búnker y las resistencias abajo
A raíz de la reciente Cumbre de Ankara de la OTAN, repasa los tres estadios que recorrió la alianza atlántica desde su formación hasta la actualidad, las enormes transformaciones industriales y el fin de las soberanías, para concluir que los poderes globales apuntan hacia la guerra. Foto Ap / archivo

04 de septiembre de 2026

El desarrollo de nuevas ideas resulta de utilidad para el campo popular en resistencia si consigue alumbrar cuestiones que antes parecían poco claras, porque de ese modo nos permite afinar los caminos a seguir. El reciente trabajo de la investigadora Nel Bonilla, especializada en sociología de las migraciones y el estudio de conflictos, pertenece a esta categoría, ya que consigue echar luz sobre los proyectos en curso entre las clases dominantes del mundo. 

A raíz de la reciente Cumbre de Ankara de la OTAN, repasa los tres estadios que recorrió la alianza atlántica desde su formación hasta la actualidad, las enormes transformaciones industriales y el fin de las soberanías, para concluir que los poderes globales apuntan hacia la guerra, construyendo lo que acertadamente denomina como Estado búnker. Me centraré sólo en este aspecto porque desnuda las insuficiencias de las organizaciones de abajo, así como sus ilusiones “democráticas” y de “conquista de derechos”, para poder reflexionar en profundidad sobre lo que hacemos.

El texto que comento se titula OTAN 3.0: La jaula transatlántica y el auge del Estado búnker*. Lo define como “una transformación cualitativa del Estado moderno en el núcleo imperial”. Deja de ser un proveedor de bienes públicos, para orientarse “por completo hacia la securitización y la militarización”. En este nuevo modelo, “la población ya no se considera ciudadana con derechos civiles y económicos, sino principalmente objeto de la seguridad nacional. Además, el país y la región se convierten en nodos operativos de una red más amplia con el propósito de librar una guerra híbrida multidominio contra los llamados competidores estratégicos y sus aliados”. 

Nombra esta transformación como “El búnker y el vacío”: el primero simboliza “la mentalidad de fortaleza y la planificación securitaria (prioridad de la seguridad en términos militares y prebélicos) que reorganiza Occidente”. Por su lado, el vacío “representa la erosión resultante del proyecto civil, del bien común y del espacio democrático”. Estos conceptos pretenden ser el marco analítico para explicar “el fortalecimiento obsesivo de estructuras de seguridad, planificación militar y control, acompañado por el vaciamiento paralelo del espacio civil, democrático y social”. 

Quienes vivimos en América latina sabemos que se trata apenas de una lectura de una realidad que nos oprime y lacera. Dos elementos más para seguir: constata una separación y aislamiento profundos de los gobiernos y las estructuras de poder respecto a las necesidades reales de las sociedades occidentales. En segundo lugar, las confrontaciones geoestratégicas en curso y la creciente debilidad de Occidente llevan a las élites a una preparación permanente para el conflicto militar. 

La primera es resultado de la creciente fortaleza del campo popular (indígena, negro, campesino, popular), que explica ese divorcio entre pueblos y gobiernos. El segundo responde al ascenso de China y Asia en general, que desafían la hegemonía de Occidente. La respuesta en ambos casos es la guerra, desde las “guerras contra las drogas” hasta las guerras interestatales con la amenaza de utilizar armas nucleares, como se está ventilando estos días a cielo abierto, ya no entre bastidores. El pueblo palestino es la primera víctima global de este nuevo militarismo guerrero.

La pregunta es qué vamos a hacer en este mundo dominado por estados búnker y multiplicación de guerras y genocidios. 

Lo primero es constatar que la vieja caja de herramientas de los movimientos (huelgas, plantones, marchas, elecciones) ha quedado completamente obsoleta, lo que no quiere decir que no se deban utilizar algunas de ellas en ciertos casos. El problema es cuánta fuerza colocamos en la demanda a un Estado que ahora es una fortaleza que, en lo fundamental, sólo responde con exclusión y violencia, aunque mantenga una fachada “democrática”. Constato que por inercia seguimos pensando en término de “derechos” y creyendo en posibles respuestas positivas de las autoridades ante nuestras demandas. 

Lo segundo es pensar en el tiempo largo. El Estado búnker (o fortaleza) es un cambio estructural y por tanto llegó para quedarse un buen tiempo y, sobre todo, no depende de quién ocupe el gobierno porque los atraviesa a todos. En paralelo, la adopción de una nueva cultura política por las y los de abajo organizados demanda mucho tiempo, probablemente décadas, si no más de un siglo como señalan los zapatistas. 

Lo tercero, y lo central, es que ya existen trazos de esa nueva cultura política que se está tejiendo con base en las autonomías territoriales, en particular por pueblos originarios pero no sólo, que organizan autodefensas y autogobiernos para sobrevivir como pueblos. Una de las grandes dificultades para la expansión de las autonomías es que están confinadas mayormente en áreas rurales, con muy poca proyección urbana.

 *https://worldlinesletter.substack.com/p/nato-30-the-transatlanticcage-and

Información adicional

Autor/a: Raúl Zibechi
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Fuente: La Jornada

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