I-Mattei, China, etc.
La 16.ª Conferencia Anual de Economía Política se celebró en Lisboa, Portugal, la semana pasada. Organizada por la Iniciativa Internacional para la Promoción de la Economía Política (IIPPE), el tema de la conferencia de este año fue “El capitalismo más allá del neoliberalismo: crisis, cambios y lo que viene después”.
La IIPPE se fundó en 2006 con el objetivo de “desarrollar y promover la economía política en sí misma, pero también a través de un diálogo crítico y constructivo con la economía dominante, las alternativas heterodoxas, la interdisciplinariedad y el activismo, entendido en sentido amplio, desde la formulación de políticas progresistas hasta el apoyo a los movimientos progresistas… Aunque esperamos que la economía política marxista tenga una fuerte presencia y que los participantes la aborden con seriedad como tal, el IIPPE es un foro pluralista en el que todas las corrientes progresistas de la economía política son bienvenidas”.
Hubo dos ponentes principales. Clara Mattei es de la Universidad de Tulsa, Oklahoma, y presidenta fundadora de FREE: Forum for Real Economic Emancipation, donde presenta un podcast semanal de FREE. También puso en marcha el nuevo y ambicioso Centro de Economía Heterodoxa (CHE) en Tulsa.
En sus trabajos, Mattei sostiene que la austeridad no es un error técnico de política, sino una herramienta permanente y estructural que se utiliza para proteger el orden capitalista y reprimir el poder de la clase trabajadora. Tal y como detalla en su libro de 2022, The Capital Order: How Economists Invented Austerity and Paved the Way to Fascism, la austeridad moderna se diseñó en la Gran Bretaña e Italia de la posguerra para neutralizar el creciente radicalismo de la clase trabajadora.
Mattei sostiene que la austeridad es una intervención política impuesta desde arriba, diseñada para mantener a la mayoría en una situación de inseguridad económica y dependiente del mercado laboral privado para sobrevivir. La pobreza, la desigualdad, la inflación y el desempleo no son fallos accidentales del capitalismo; son mecanismos fundamentales que se utilizan como arma para impedir que las y los trabajadores ganen poder de negociación. La economía dominante se presenta como una verdad neutral y científica, pero sus modelos, en realidad, sirven a los intereses de la élite al convencer al público de que no hay alternativa al capitalismo.
En su nuevo libro Escape from Capitalism, Mattei sigue defendiendo que las reformas socialdemócratas solo pueden estabilizar el sistema, en lugar de transformarlo. Sin embargo, el capitalismo tiene que ser sustituido, no reparado. El objetivo de la producción capitalista no es la creación de valores de uso que favorezcan el desarrollo humano, sino la acumulación sin fin de valor de cambio por parte de una clase a través de su control sobre el trabajo de otra. La indignación generada por décadas de presión a la baja sobre el nivel de vida y el recorte de los estados del bienestar mediante medidas de austeridad cada vez más duras –que han sido necesarias para el capital– ha creado un terreno fértil para la política de la extrema derecha.
De ahí surge la pregunta: ¿cuál es la alternativa a la organización económica de la sociedad, si no son los mercados y la acumulación de capital con fines lucrativos? Mattei plantea esto, pero no lo desarrolla. Como señalan Stephen Maher y Scott Aquanno en una reseña del último libro de Mattei: si hay que escapar del capitalismo, eso solo será posible sustituyendo los mercados por la planificación a nivel nacional e internacional. Las cooperativas de trabajadores y las instituciones financieras gestionadas por la comunidad no bastarán. “Escapar” requiere sustituir la competencia entre empresas privadas por una coordinación a nivel macro de empresas de titularidad pública.
Antes de hablar del segundo discurso principal de Alfredo Saad-Filho, déjenme comentar algunas de las otras sesiones de la conferencia de la IIPPE. Como siempre, hubo demasiadas para abarcarlas en una artículo corto. Además, no estuve presente físicamente en la conferencia; solo participé y asistí a las sesiones híbridas en línea. Pero sí que recopilé algunas ponencias y presentaciones de varias sesiones para comentarlas.
El Grupo de Trabajo sobre China de la IIPPE organizó un sinfín de sesiones en línea y comenzó con una mesa redonda especial sobre la naturaleza de la economía y el Estado chinos, con un provocativo título: China no es capitalista. Esto atrajo a un buen número de asistentes tanto en Lisboa como en línea. Hubo cuatro ponentes.
Empecé mi presentación con una pregunta: ¿Es China capitalista o socialista? En mi opinión, no es ni lo uno ni lo otro. El primer argumento es histórico. China vivió una revolución en 1949 que expulsó a las fuerzas militares de los capitalistas y terratenientes y empezó a nacionalizar la tierra, la industria y las finanzas con un plan centralizado, al estilo soviético. En mi opinión, China, por lo tanto, claramente no era capitalista a partir de 1949. Las reformas de Deng de 1978 ampliaron el sector privado y los mercados, fomentaron la inversión extranjera y dieron inicio a la industrialización urbana. La planificación centralizada de tipo soviético dio paso a una planificación indicativa basada en orientaciones y directrices. Pero se mantuvieron los planes quinquenales, los sectores estatales dominaban las industrias clave, las finanzas y el capital, y se mantuvieron los controles sobre los flujos de capital transfronterizos.
Así que, en mi opinión, a partir de 1978 China no volvió al capitalismo, sino que desarrolló una economía híbrida en la que la maquinaria estatal, bajo el control del Partido Comunista, seguía llevando las riendas. El capitalismo se expandió, surgieron multimillonarios y apareció un mercado de valores. Pero la economía siguió estando dominada por el Estado y la inversión pública. De hecho, esa fue la razón por la que China pasó de ser una economía agrícola relativamente pobre a convertirse en una potencia industrial y exportadora en solo 40 años, sacando de la pobreza a más de 800 millones de chinos, según la definición del Banco Mundial. Eso habría sido imposible si China fuera simplemente otra economía capitalista más, con sus auges y sus crisis, como lo son la India o Brasil.
Pero China no es socialista, ni siquiera se está moviendo hacia el socialismo, como les gusta afirmar a los líderes chinos. El socialismo, en términos marxistas, es una organización social humana sin mercados, sin capital privado, sin dinero y en la que la maquinaria estatal (cuerpos armados de hombres) ha sido sustituida por una administración civil de las cosas a escala mundial. Entonces, ¿qué es China? Es una economía de transición, donde sigue operando la ley del valor (salarios, dinero, beneficios) y donde existen desigualdades considerables de ingresos y riqueza. Además, China está rodeada de Estados imperialistas empeñados en su destrucción y en el establecimiento del capitalismo. No existe un mundo socialista. Pero en China, el desarrollo de las fuerzas productivas sigue estando en manos de un Estado (burocrático), no de una clase capitalista. Para una exposición más completa de mis argumentos, échale un vistazo a mi artículo.
Mis compañeros ponentes también coincidieron en que China no es capitalista, aunque quizá se mostraran más dispuestos a aceptar que China se está “encaminando hacia el socialismo”. Torkil Lauesen argumentó que, si bien China no es capitalista, tampoco es socialista, al menos no todavía. De hecho, no hay ningún país socialista ni lo ha habido nunca. En cambio, las luchas anticoloniales del siglo XX dieron lugar a un grupo especial de Estados que abolieron el capitalismo, pero seguían en transición. Estos Estados intentan sobrevivir frente a las potencias imperialistas, al tiempo que tratan de desarrollar las fuerzas productivas basadas en la propiedad pública y la planificación. Estos Estados en transición han demostrado ser superiores al capitalismo occidental en cuanto a crecimiento económico y satisfacción de las necesidades sociales. Y China se ha convertido ahora en líder tecnológico en una amplia gama de sectores. Aunque a mí me preocupa que el estado de transición de China pueda volver al capitalismo, Lausen se mostró más optimista y cree que China podría avanzar hacia un modo de producción socialista en las próximas décadas.
Mick Dunford es profesor de la Facultad de Estudios Globales de la Universidad de Sussex y autor de Revisiting Uneven Development, sobre el que le entrevisté hace poco. Sostuvo que tenemos que ver el mundo desde una perspectiva no occidental. China ha evitado la transición al capitalismo y, en su lugar, sigue una política orientada a satisfacer las necesidades humanas, en la que el reconocimiento social se deriva de “lo que aportas al trabajo compartido de la vida cultural y material”, en lugar de “la transformación interminable del trabajo humano en valor abstracto, representado por el dinero”. Dunford cree que China va camino del socialismo. La transición al socialismo en China ha pasado por tres fases. En primer lugar, una fase turbulenta de construcción socialista en un contexto de escasez de capital y embargos estadounidenses (1949-1978); en segundo lugar, una fase de reforma y apertura en la era de la globalización neoliberal, cuyos primeros indicios se remontan al acercamiento con EEUU a principios de los años 70 (1978-2017); y ahora una Nueva Era que data de 2017, centrada en la innovación, el desarrollo verde, la prosperidad común y un orden mundial equitativo.
Dic Lo es economista político en el Lingnan College de la Universidad Sun Yat-sen y en la SOAS. Empezó diciendo que el socialismo tiene como ideal la emancipación del trabajo de la alienación. Un socialismo viable implica que la realización de ese ideal debe basarse en la creación de las condiciones materiales necesarias. La crueldad de la historia es que las revoluciones que aspiraban al socialismo solo han tenido éxito en sociedades económicamente atrasadas, pero han fracasado en las sociedades avanzadas. Por eso, la acumulación socialista primitiva ha sido la tarea principal de estas sociedades revolucionarias. Los países del antiguo bloque soviético lograron grandes avances, pero, al final, fracasaron en este sentido. Sin embargo, Lo cree que la “economía socialista de mercado» de China parece estar cerca del éxito. La pregunta ahora es si China se convertirá en una economía capitalista avanzada más o si irá más allá, hacia el socialismo. “Depende en gran medida de la interacción entre el Estado, el capital y el trabajo en la economía política china, en el contexto de la incertidumbre del capitalismo a escala mundial”. Efectivamente.
Así pues, todos los ponentes coincidieron en que China no era capitalista en términos marxistas. Pero discrepaban sobre si China era socialista o estaba en camino hacia el socialismo. Por el contrario, la mayoría de los participantes del público (no todos) se oponían a la opinión de la plataforma de que China no es capitalista. Un ponente de Brasil argumentó que la inversión china en Brasil no era más que otro ejemplo de explotación imperialista como en Occidente, es decir, la extracción de recursos utilizando mano de obra china o imponiendo condiciones de explotación. Otro ponente dijo que China era claramente capitalista, ya que la mayoría de los trabajadores chinos estaban empleados en empresas capitalistas y, por lo tanto, el Estado no era dominante. Otro planteó la cuestión de si China era realmente una forma especial de capitalismo, el capitalismo de Estado, en el que el Estado controla la plusvalía en beneficio de una élite minúscula.
En mi opinión, la inversión de China en el Sur Global tiene como objetivo conseguir materias primas vitales para su desarrollo industrial, quizá a costa de la mano de obra de esos países, pero a diferencia de instituciones lideradas por Occidente, como el Banco Mundial o el FMI, que a menudo imponen una gobernanza estricta, austeridad fiscal y largas trabas burocráticas a los préstamos, China ofrece financiación rápida para infraestructuras clave –como ferrocarriles, puertos y centrales eléctricas– que, de otro modo, a los países en desarrollo les costaría mucho financiar. Añadiría que la transferencia de plusvalía de las economías del Sur Global a China a través del comercio y la inversión es minúscula en comparación con la extracción de plusvalía de China y del Sur Global hacia Occidente (véase mi artículo y también el trabajo de Andrea Ricci, que también presentó su ponencia en Lisboa.
Sí, la mayoría de los trabajadores y trabajadoras chinos están empleados en el sector capitalista, pero eso no determina si una economía es capitalista o no. ¿Diríamos que, como la mayoría de los trabajadores estadounidenses están empleados en empresas pequeñas y medianas (73%), la economía de EEUU está dominada por pequeños capitalistas? No, lo que importa es el control de los medios de producción.
En China, predomina el sector público. De las 100 principales empresas chinas, alrededor de dos tercios son de propiedad estatal o están controladas por el Estado. Las empresas capitalistas nacionales y de propiedad extranjera son una clara minoría. Ningún otro país del mundo tiene una composición de la propiedad como esta.
En cuanto a si China es una economía capitalista de Estado, te remito a mi artículo citado más arriba. Las fuerzas productivas de la economía china se han expandido a un ritmo sin precedentes desde la revolución de 1949 (por ejemplo, en comparación con la India), y sin sufrir ninguna recesión ni caída en ninguno de los años en que el capitalismo global sí las sufrió (véase el gráfico de la evolución del PIB real más abajo). Si eso es un ejemplo de expansión capitalista o de capitalismo de Estado, entonces quizá deberíamos reconocer que el capitalismo aún puede contribuir al progreso de la humanidad. En cambio, yo creo que no. China no es un modelo de éxito capitalista, sino un ejemplo de propiedad pública y planificación por encima de la rentabilidad capitalista.
II- IA, imperialismo, dinero y fascismo
Chandrasekharan Saratchand, profesor de Economía en el Satyawati College de la Universidad de Delhi, presentó su crítica a la llamada inteligencia artificial general (IAG). La tesis es que la IAG puede aumentar indefinidamente la producción sin depender de una mano de obra humana cada vez mayor. Por eso, pone en peligro la participación de las y los trabajadores en la producción. Utilizando un enfoque neoclásico marginalista de los factores de producción, Saratchand considera que la IAG convertirá el conocimiento humano en una mercancía y lo automatizará para transformarlo en “capital mecánico escalable”, con lo que los propietarios del capital ya no tendrán que repartir salarios en función de las habilidades humanas. La desigualdad de riqueza e ingresos aumentará drásticamente, junto con una mayor concentración de los medios de producción. De hecho, sin intervención, las enormes ganancias de productividad que traerá la IAG serán monopolizadas, lo que provocará desempleo estructural y la pérdida de poder de la mano de obra mundial. Saratchand cree que confiar en que las entidades comerciales actúen con moderación es estructuralmente inviable debido a las inmensas presiones financieras de los inversores. En su lugar, aboga por “marcos institucionales rígidos y de arriba abajo para preservar el bienestar humano”.
Este análisis presenta varios problemas. En primer lugar, da por hecho que la IAG –es decir, los modelos de IA superinteligentes– será capaz de sustituir el trabajo humano casi por completo. En mi opinión, es muy poco probable que los grandes modelos de lenguaje (LLM) sean lo suficientemente inteligentes como para hacerse cargo de todos los sectores y profesiones de la industria. De hecho, podría pasar incluso una década o más hasta que la IA normal se adopte de forma generalizada en toda la economía.
En segundo lugar, la IA general nunca podrá sustituir ni replicar las habilidades y los conocimientos humanos. Recordemos lo que dijo Noam Chomsky sobre la IA:
“La mente humana no es como ChatGPT y similares, un pesado motor estadístico para la identificación de patrones, que se atiborra de cientos de terabytes de datos y extrapola la respuesta conversacional más probable o la respuesta más probable a una pregunta científica. Al contrario, la mente humana es un sistema sorprendentemente eficiente e incluso elegante que funciona con pequeñas cantidades de información; no busca inferir correlaciones brutas entre puntos de datos, sino crear explicaciones. Dejemos de llamarlo inteligencia artificial y llamémoslo por lo que es: “software de plagio”, porque no crea nada, sino que copia obras existentes –de artistas– modificándolas lo justo para eludir las leyes de derechos de autor”.
Como argumentamos Guglielmo Carchedi y yo en nuestro libro, Capitalism in the 2th Century (pp. 167-74), las máquinas no pueden concebir cambios potenciales ni cualitativos. El nuevo conocimiento surge de esas transformaciones (humanas), no de la ampliación del conocimiento existente (máquinas). Solo la inteligencia humana es social y puede ver el potencial de cambio, en particular el cambio social, que conduce a una vida mejor para la humanidad y la naturaleza.
Hace poco, unos investigadores de Oxford publicaron un artículo titulado “Theory Is All You Need”. En él se refuta la afirmación de que los modelos computacionales puedan generar auténtica novedad o nuevos conocimientos. Los LLM son máquinas de probabilidad que analizan retrospectivamente los datos existentes. La cognición humana mira hacia el futuro y es capaz de generar auténtica novedad. La cognición humana funciona, en teoría, de forma descendente (top-down) en lugar de ascendente (bottom-up) a partir de los datos. La IA se basa en predicciones a partir de datos, lo cual es en gran medida imitativo. Las y los humanos, sin embargo, usamos una lógica causal basada en la teoría que nos permite tener creencias que van más allá de los datos existentes. Las y los humanos no solo procesamos información, usamos la teoría para, en la práctica, intervenir en el mundo. “Nos dedicamos a la experimentación dirigida para generar datos completamente nuevos”. En mi opinión, estos son argumentos de peso contra el miedo actual expresado por las empresas de IA y que los medios de comunicación (Martin Wolf) los aceptan sin más: que la IA está fuera de control y destinada a dominar a la humanidad hasta nuestra destrucción.
El verdadero temor para los trabajadores y trabajadoras no es ese, sino la pérdida de empleos dignos y del nivel de vida a medida que los agentes de la IA sustituyan a los trabajadores en distintos sectores. El FMI calcula que el 60% de los empleos en las economías avanzadas se verán afectados. Los economistas de Morgan Stanley estiman que los bancos europeos podrían reducir su plantilla en torno a un 10% para 2030. La estimación se basa en un análisis de 35 entidades crediticias importantes que, en conjunto, emplean a unos 2,12 millones de personas. Un recorte de esa magnitud se traduciría en la desaparición de unos 212000 puestos de trabajo en los próximos cinco años.
En la década de 1850, Marx dejó claro el efecto de las nuevas tecnologías que ahorran mano de obra:
“Los hechos reales, que el optimismo de los economistas tergiversa, son estos: los trabajadores, cuando la maquinaria los expulsa del taller, quedan arrojados al mercado laboral. Su presencia en el mercado laboral aumenta el número de fuerzas de trabajo a disposición de la explotación capitalista… el efecto de la maquinaria, que se ha presentado como una compensación para la clase trabajadora, es, por el contrario, un azote de lo más terrible”.
Así que el problema no es ningún desastre existencialista que se avecine para la humanidad a causa de máquinas de IA superinteligentes fuera de control; es más probable que una crisis existencial venga del cambio climático. El verdadero problema es quién controla los medios de producción (la IA). En lugar de desarrollar la IA para obtener beneficios, reducir puestos de trabajo y mermar los medios de vida de las personas, una IA bajo propiedad y planificación comunes podría reducir las horas de trabajo de todo el mundo y liberar a las personas de la rutina para que se concentren en el trabajo creativo que solo la inteligencia humana puede ofrecer.
Hubo varias ponencias sobre economía política marxista, la teoría del valor y la tasa de ganancia. Voy a centrarme en un estudio empírico. Leonardo Segura Moraes presentó una ponencia sobre Valor, precio de producción y rentabilidad en la economía brasileña entre 2010 y 2025. En lugar de hacer cálculos con datos agregados de las cuentas nacionales, Segura partió de los balances de 48 empresas brasileñas –un enfoque de abajo arriba–. A partir de estos balances, calculó las categorías marxistas de capital constante y capital variable, plusvalía, rotación del capital y tasa de ganancia. Segura descubrió que la tasa de ganancia del capital en Brasil bajó de 2010 a 2015, se recuperó hasta 2018 y luego se estabilizó. Entre 2010 y 2015, la tasa media de ganancia de la muestra siguió una tendencia a la baja, pasando del 13,7% al 7,1%. A este periodo de crisis le siguió uno de recuperación hasta 2018 (cuando la tasa media de ganancia de la muestra alcanzó el 14,28%). Tras el fin de la recesión provocada por la pandemia, la tasa de ganancia se mantuvo más alta.
Lo que me pareció interesante fue que los resultados del enfoque de abajo arriba de Segura coincidían con los obtenidos a partir de datos agregados (enfoque de arriba abajo). Calculé la tasa de ganancia del capital en Brasil utilizando las Penn World Tables (serie 11.0) y observé una caída similar de la tasa de ganancia cuando terminó el auge de las materias primas que comenzó en la década de 2000; y, al igual que en los datos de Segura, hubo una recuperación a partir de 2015, pero la tasa seguía siendo más baja en 2023 que en 2010. Así que dos métodos de cálculo diferentes dieron resultados similares, lo que refuerza el respaldo empírico a la ley de la rentabilidad de Marx.
En otra sesión, Cristina Re, de la Universidad de Parma, y Gianmaria Brunazzi, de la Universidad de Milán, presentaron una versión actualizada de su tesis sobre el “imperialismo de la deuda”, que ya habían expuesto en el congreso de Materialismo Histórico celebrado en Londres el pasado noviembre. Su teoría entonces era que, dado que el dólar era la moneda de intercambio y de reserva mundial, la deuda de EEUU con el extranjero no era una desventaja, sino más bien un nuevo arma económica para que el imperialismo estadounidense dominara a otros países.
“El imperialismo de la deuda es una configuración en la que el centro mantiene su dominio emitiendo pasivos con demanda internacional, absorbiendo los excedentes extranjeros y utilizando el poder de mercado, monetario y militar para gestionar las contradicciones generadas por el auge de las semiperiferias. Los déficits de EEUU no son simplemente un síntoma de declive. Forman parte de la arquitectura del poder imperial contemporáneo”.
Tengo que decir que en aquel momento esta teoría no me pareció convincente (véanse mis comentarios adjuntos). Para mí, el imperialismo de la deuda es cuando los países pobres acumulan enormes deudas (préstamos) con instituciones imperialistas para crecer, pero luego, ante las crisis económicas, se ven obligados a declararse en mora, devaluar sus monedas e imponer medidas de austeridad severas para cumplir con sus obligaciones con los bancos del Norte Global y el FMI, etc. EEUU. es una excepción como deudor debido al “privilegio extraordinario” del dólar y a que puede financiar fácilmente sus déficits comerciales mediante inversiones extranjeras en empresas y activos financieros estadounidenses.Pero no veo cómo se deduce de esto que la deuda estadounidense sea una nueva vía de dominación para el imperialismo estadounidense. En el IIPPE, Re y Brunazzi han ampliado su teoría para argumentar que el imperialismo de la deuda estadounidense ha pasado a una fase terrorista, pasando del mero poder financiero a una dominación más política y al uso de la fuerza (como en Venezuela, Irán, etc.). Debatiré esta teoría en noviembre.
Henrique de Abreu Grazziotin, del Departamento de Economía de la Universidad de Massachusetts Amherst, presentó algunos aspectos de historia económica, concretamente un análisis de la crítica de Marx a la Ley de la Carta Bancaria de 1844. Esto es relevante porque el intento de las autoridades monetarias de controlar la oferta monetaria y la inflación vinculándola a las reservas de oro del país fue un fracaso estrepitoso. La ley no logró evitar el pánico financiero y, en cambio, agravó las crisis durante fases clave del ciclo industrial capitalista.
Marx argumentó que la ley –impulsada por Sir Robert Peel e inspirada en la Escuela Monetaria– se basaba en la suposición errónea de que el volumen de billetes en circulación determina directamente los precios de las mercancías. Era una teoría monetarista, precursora del monetarismo moderno tal y como lo expresó Milton Friedman. Marx se puso del lado de la Escuela Bancaria, afirmando que la circulación monetaria viene determinada en realidad por las necesidades del comercio, los precios de las mercancías y el estado del sistema crediticio.
Grazziotin tiene una teoría de las cinco fases del ciclo industrial capitalista, basada en la evolución de la tasa media de ganancia y el tipo de interés medio. El “beneficio de la empresa” es la diferencia entre la tasa general de beneficio y el tipo de interés, que impulsa la acumulación de capital a lo largo de todo el ciclo. Una crisis puede surgir tanto por el aumento del tipo de interés como por la caída de la tasa general de beneficio. En el gráfico de abajo, podemos ver que una caída de la tasa de beneficio puede reducir el beneficio de la empresa y, por lo tanto, provocar una recesión; o que un aumento del tipo de interés podría acabar desencadenando un colapso financiero. En las tres primeras fases del ciclo, una tasa de ganancia al alza puede absorber un aumento del tipo de interés de los préstamos, pero en la cuarta fase la tasa de ganancia empieza a caer mientras que el tipo de interés empieza a subir. En la quinta fase, la ganancia de la empresa se ve tan reducida que se produce una crisis.
Por último, permíteme referirme a la ponencia principal de la sesión plenaria del profesor Alfredo Saad Filho sobre Las crisis del neoliberalismo y el auge del fascismo neoliberal. Saad-Filho sostiene que el “fascismo neoliberal” es el resultado estructural de cincuenta años de neoliberalismo que han vaciado la democracia de contenido, intensificado la desigualdad y apostado por la financiarización. Pero, a diferencia del fascismo clásico del siglo XX, que surgió como reacción ante unos sindicatos poderosos o unos movimientos socialistas en auge, el fascismo neoliberal aparece cuando la clase trabajadora está en su momento más bajo. Así que combina una defensa despiadada de los intereses del libre mercado con la violencia excluyente del autoritarismo moderno. Estos partidos e incluso gobiernos (Italia, EEUU., Brasil, Argentina, etc.) movilizan la ira pública contra chivos expiatorios inventados –como las y los inmigrantes o un supuesto Estado profundo— para desviar la atención de la devastación económica en curso y consolidar un Estado totalitario resistente.
Saad-Filho sostiene que para superar esta nueva amenaza fascista hay que dejar atrás los fracasos de los sistemas del pasado y luchar por una democracia renovada y genuinamente inclusiva. A mí me suena un poco vago, si es que he entendido bien su punto de vista. Además, su énfasis en la debilidad de la clase trabajadora organizada no se puede compensar esperando que las y los inmigrantes y los trabajadores temporales lideren la lucha contra el nuevo fascismo del siglo XXI. El fascismo solo se podrá hacer retroceder mediante la coordinación de los trabajadores y trabajadoras organizados, a menudo en las nuevas industrias tecnológicas, movilizados en torno a un programa económico que les afecte de verdad (el coste de la vida, los servicios públicos, la vivienda), y no solo en torno a la democracia o la política identitaria.
Traducción: viento sur


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