Estamos a tiempo

El 4 de febrero de 2025 ya tiene impronta en la memoria de las organizaciones sociales y políticas alternativas del país. Ese día, al caer la tarde, el país fue asaltado por la transmisión en directo de un Consejo de Ministros, según el presidente Gustavo Petro, “para gobernar con transparencia y democracia”.

Una referencia que nos lleva a recordar que el debate sobre lo que se entiende por democracia ha merecido páginas y más páginas a lo largo de décadas, y así y todo no hemos terminado por construir un común entender sobre este concepto. No es para menos, pues aquellos que por siglos han controlado el poder pretenden que la concreción de esta sea lo más formal y lo menos determinante posible. Forma sin contenido.

Fue así como, de la mano de la burguesía que ascendía al poder al finalizar el siglo XVIII, los derechos conquistados por los levantamientos sociales solo cubrían a quienes tenían cierta riqueza –democracia patrimonial–, además de no ser iletrados, y otras limitantes más. Las mujeres permanecían excluidas de todo y la esclavitud se conservaba en las colonias. Violencia directa e indirecta para someter y oprimir a los pobres y colonizados. Era una democracia de forma, reducida al sufragio; un derecho para menos del 30 por ciento de la población, toda vez que –repetimos– las mujeres estaban excluidas, como también los pobres y analfabetos.

Poco a poco, a lo largo de décadas, las gentes que no cabían en los clubes, donde conspiraban comerciantes, industriales y banqueros, se fueron abriendo campo, siempre de manera directa, copando calles, levantando barricadas. Dirigiendo su destino por propia mano, fueron tallando la insuficiente democracia que aún tenemos, incorporando nuevos beneficios a la Carta de derechos, entre otros el voto sin restricciones y la jornada laboral más humana, con acceso al descanso y al estudio. En las Cartas de derechos de segunda y tercera generación se puede revisar todo lo conseguido, nada de ello regalado por quienes ocupan las casas de gobierno, que, como lo permite certificar la historia, administran para provecho propio.

Fueron aquellas unas luchas incansables, pese a las cuales aún no se logra que las decisiones fundamentales que marcan la vida de todos y todas no se deleguen, no se tramiten en el poder legislativo, sino que sean decididas en forma abierta, directa, por medio de consultas populares. Pero tampoco se consigue el reencuentro entre política y economía, de modo que, en la cotidianidad de las naciones, no solo sea posible deliberar y decidir sobre la política y la sociedad en general sino que también la economía en todos sus matices entre al ruedo.

Deberá llegar el día en que la gente discuta y tome decisiones abiertas sobre el modelo económico, sobre la deuda interna y externa, sobre industria y comercio, y mucho más; que la propiedad privada y pública, que lo común, que todo ello, no quede al margen y sí ingrese en la deliberación cotidiana. Es de esperar que las cosas se decidan por las mayorías, con las características de cada uno de estos y otros aspectos que determinan su calidad de vida, sin dejarlos al margen, asustados de abordarlos, bajo el alegato de que “son cosas de especialistas”.

Hoy, si así fuera, en el debate diario debiera estar no solo para opinar sino igualmente para decidir cómo enfrentar la desigualdad social, qué medidas tomar para erradicar la pobreza de una vez y por todas, las opciones por implementar para no generar dependencia eterna con los subsidios que implemente el Estado, tal vez de manera bien intencionada, buscando que la pobreza no lleve a la muerte por inanición a millones de personas –con los subsidios que debieran ser temporales–, pero también la forma por acometer un hacer colectivo hacia la construcción de una economía en común, con distribución en igual sentido.

Todo aquello, que suena a quimera, es mucho más que abrir un Consejo de Ministros a la mirada y los oídos de las audiencias –invitadas impávidas–, que por unos momentos ven realizada –según el decir presidencial– la democracia; que en este caso ni siquiera redondea la formalidad, toda vez que nadie puede decir ni decidir nada. Ese Consejo no superó el diagnóstico –que llevó a reconocer que es un mal gobierno– y no preguntó por el quehacer en el mediano y el largo plazo en lo fundamental, la economía, para que el cambio sea real; para no seguir ejecutando el neoliberal libreto heredado. Un trascender así iría mucho más allá del capitalismo. Lo demás que allí se dijo –si se esperó o no un vuelo de inmigrantes repatriados, si las elecciones presidenciales están distrayendo de las tareas diarias a los ministros y a los funcionarios de primer nivel– es accesorio.

Pero lo que va más allá de ser accesorio y que merece toda nuestra atención, corresponde a: cómo proceder para que el Gobierno no quede sometido al poder de una sola persona, cómo actuar en la política cotidiana para que la administración pública sea de puertas abiertas, y otros muchos interrogantes que preguntan por lo participativo, por lo colectivo, procurando avanzar hacia la superación del presidencialismo y avanzar hacia un régimen político de estirpe realmente popular.

A propósito del presidencialismo y como una de sus perlas, recordar lo que el Presidente les enrostró a todos los presentes en el Consejo de marras: ¿Por quién votaron los colombianos? Y al así preguntar, también quiso decir, ¿quién manda aquí? En otras palabras, el Presidente les dijo: ustedes trabajan para ejecutar mi voluntad, soberana. Una aclaración trasnochada, inconsecuente con un Gobierno que se dice del cambio, toda vez que la democracia directa, deliberativa, radical, mandó a recoger esa forma de administrar desde hace mucho tiempo. “Mandar obedeciendo” dicen los zapatistas. “Bajar y no subir; convencer y no vencer”, redobla su apuesta.

Es aquel un proceder que está antecedido por encarar qué y cómo hacer para que aquellos que sean elegidos para representar a unos y otros no se atornillen en el poder ni se embriaguen con las mieles que lo cimentan. Pero, también, antecedido por los instrumentos por construir y por medio de los cuales nos reunimos para delinear los programas de gobierno, la forma de ejecutarlo y mucho más. En ese mucho más, aclarar con quiénes, es decir, determinar los aliados por privilegiar. Según la decisión presidencial –ojo, sin mediar discusión alguna con su partido–, los aliados prioritarios son los de arriba, en un Acuerdo Nacional ‘con los que sí tienen votos’ o ¿cuántos pone la izquierda? Claramente es aquel un proceder por arriba, para que todo continúe igual, aunque el mensaje diga lo contrario, discurso veintejuliero para calentar a la audiencia de siempre y sin preocupación por crear condiciones para que la democracia, también interna en un partido, sea algo real y no solo apariencia. De arriba hacia abajo, poco o nada efectivo se ha construido a lo largo de la historia de la humanidad; solo las revoluciones, que son momentos de conmoción colectiva, han logrado rupturas y transformaciones que marcan nuestra historia como especie, así después, cuando baja la marea y la gente se retira obligada por la supervivencia, el poder ajusta tornillos y recompone parte de lo perdido.

Estamos, entonces, ante un hábil manejo del gobierno que esconde la importancia que en todo esto tendría la efectiva autonomía de las expresiones sociales de los de abajo, como garantía colectiva para poder tomar distancia cuando no se comparte la forma de administrar de aquel por quien se ha votado. Esa autonomía se ha perdido en el curso del actual mandato, que ha logrado que el silencio se imponga y las dudas y críticas no sean expresadas, pues “se le hace el juego al enemigo”; un proceder con alto costo para las expresiones sociales y para el futuro de la llamada izquierda, que en el curso de los años de este gobierno ha perdido reconocimiento social. Tal ausencia, al mismo tiempo, permite sin resistencia alguna que una vez más se impongan los acuerdos con los de arriba para afrontar las elecciones de 2026. Un camino viciado, ya vivido, con pocas virtudes y muchos defectos, camino que, por demás, como también procede con la democracia realmente existente, reduce la política y la misma construcción del instrumento político al simple ejercicio electoral.

Así, mellada la democracia reducida a lo instrumental, el partido o el aparato político, queda sellada la separación con el país nacional, solo convocado para votar o aplaudir…, y pare de contar. Al fin y al cabo, diría quien opta por este sendero, ¿quién pone las ideas?

De modo que, ¿se debe asistir silenciosos a los debates políticos y a las ejecuciones del gobierno? Esa es la democracia de rebaño que no tiene futuro. Tampoco lo tienen los partidos y los movimientos como simples instrumentos electorales. Es la hora de los pueblos y, sin su vital participación, su deliberación, su energía, su voz, su voto, su control y sus ejecuciones, el cambio no será más que una consigna, promesa incumplida que desacredita a quienes la ofrecieron.

Es una dura realidad, imposible de ocultar, pero si factible de transformar. Aún hay tiempo para rectificar y retomar el camino de los de abajo. ¿Existirá convicción para dar el giro?

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Autor/a: Equipo Desde Abajo
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo N°321, 20 de febrero - 20 de marzo de 2025

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