Los resultados del 31 de mayo marcan un momento de profunda reflexión, no solo para el país, sino para la región. Testimonio de un cambio global en las preferencias sociales del electorado latinoamericano, pero también un giro en las formas de construir conexiones entre un cada vez más difuso electorado y las candidaturas, las cuales cada vez más requieren de una construcción hiperespecializada de la figura política.
El 31 de mayo, en Bogotá, Cali y Medellín, las calles permitían sentir que había una movilización: votantes, jurados y testigos de todas las clases sociales usaban la camiseta titular de la selección Colombia; las mesas de votación, especialmente las correspondientes a adultos mayores y a mayores de 40 años, registraban desde temprano una alta participación, mientras que las mesas de jóvenes parecían llevar un ritmo de participación inferior al de hace cuatro años. Expresiones de un proceso organizativo que, aunque no visible en medios tradicionales, venía cohesionándose por distintos caminos sociales, virtuales y presenciales, listo para dar una sorpresa electoral.
Los resultados rápidamente transparentaron lo ocurrido: De la Espriella, el advenedizo incómodo para la derecha tradicional, logró posicionarse como la candidatura más votada de la primera vuelta. Las últimas encuestas antes de la veda electoral, especialmente las de la polémica Atlas Intel y del Centro Nacional de Consultoría, ya mostraban el cierre de la competencia entre el candidato de la continuidad, Iván Cepeda, y De la Espriella, pero en modo alguno auguraban un cambio de tendencia tan radical.
De la Espriella, con su estilo de pornopolítica, logró consumir las preferencias de la derecha, reduciendo a su oponente de campo ideológico, Valencia, a una votación aún inferior a la obtenida en el proceso de consulta interna. Pero también logró movilizar otros electorados: el voto cristiano, tradicionalmente poco relevante, se amalgamó detrás de la candidatura del “Ciro” moderno. El voto antiizquierda o antipetro, que carecía de referentes, encontró en De la Espriella el vehículo idóneo, incluso atrayendo a franjas de votantes tradicionalmente abstencionistas. El votante de clase media, que en ocasiones anteriores se había repartido equitativamente entre la diversidad de preferencias, incluida la izquierda, optó por el camino feral.
De la Espriella construyó su candidatura como un significante vacío, lleno de símbolos simples: una mascota, una bandera, un espectáculo y un performance, que prejuzgado podría parecer chabacano, pero para una parte del electorado parece suficiente para ser respaldado. Llega también impulsado por un intenso trabajo de redes, aprovechando las zonas grises de la pauta virtual, la generación de conversación social y la microsegmentación, favoreciendo la configuración de múltiples versiones dirigidas a cada ciudadano o ciudadana en sus gustos más personales, construidos por vía de los algoritmos de las plataformas digitales, dirigidos estos específicamente a asegurar el enganche con la red por vía de la polarización y la creación de comunidad.
Con él también llega una agenda radical de oposición al proyecto de izquierdas de Colombia, una amalgama de discursos libertarios de reducción máxima del Estado, de desaparición de lo público y de desregulación máxima de la posesión de la tierra, de las pensiones y los salarios, junto con un discurso apropiado del nacionalismo cristiano norteamericano: un gobernante elegido por Dios, destinado a materializar las agendas antiderechos y a respaldar incondicionalmente tanto a Israel como a Estados Unidos. Llega también una agenda de corporativismo, que profundiza el modelo de Estado propuesto durante el período Duque, pero bañada por una nueva legitimidad que, en tiempos de regresiones democráticas, debería prender las alarmas.
Con él llega también la disputa geopolítica regional; pone de presente el poder fabricado en redes a favor de los discursos de ultraderecha, de las visiones de un nacionalismo periférico, dispuesto a conceder sin límites espacio a las ambiciones de EEUU, pero duro, punitivista y violento contra cualquier expresión de disidencia en favor de algo más que la libertad económica a nivel interno. Llega así una amalgama de expresiones copiadas de Bukele, Milei, Kast y Noboa, pero también llega el auge cristiano que capturó a la democracia costarricense y la sumisión extractiva en que ha devenido Venezuela.
Entre tanto, las fuerzas de izquierda lograron acumular, a pesar del rechazo de un sector de la sociedad, la mayor votación de la historia para una fuerza de gobierno y para un proyecto de izquierda. Movilizando de manera robusta el electorado popular y el de las regiones periféricas, así como parte del voto rural, al tiempo que conservando una presencia significativa, siendo mayorías en tres de los cinco principales conglomerados urbanos. Esto aun a pesar de que la campaña recayó en últimas más sobre la figura del mandatario saliente que del candidato presidencial, ya que, por una extraña obsesión kantiana, la candidatura decidió no invertir copiosos recursos ni tampoco ocupar el espacio que Petro había controlado: las redes sociales y la conversación de los y las jóvenes.
Aun a pesar de organizar una campaña extrañamente tradicional, las preferencias populares han respaldado al candidato, de quien es de esperar que de cara a la segunda vuelta sea capaz de responder a las demandas de un sector que se ha movilizado intensamente en las calles, sin dirección, pero construyendo sus propios procesos organizativos, frente a un ejercicio de competencia electoral que parece solo conocer las dinámicas propias de la vieja política electoral: la plaza y los discursos.
Del resto de candidaturas es poco lo que se puede decir; la dinámica electoral del 2026 convirtió a la primera vuelta en una segunda vuelta de facto. El uribismo tradicional pereció, relegado a ser el carro de legitimación de la candidatura advenediza. Las fuerzas de centro izquierda fueron absorbidas por adhesión o sustracción de votos por parte de la candidatura de Cepeda y el centro, por su parte, logró una victoria significativa y de último minuto, gracias a que Fajardo aceptó el consejo de su equipo comunicativo de acaparar las redes sociales con acciones en principio chabacanas, pero capaces de atraer la conversación digital hacia la candidatura, rescatando en las últimas semanas un no despreciable millón de votos.
Así, el escenario de segunda vuelta se configura en una lucha entre dos bloques distintos: entre un bloque de izquierda, popular, civilista, expresado por una masiva organización social horizontal, que representa la continuidad del proceso democrático, pero también las demandas de superación del clivaje centro-periferia en términos de desarrollo social y humano, y un experimento de las nuevas derechas que se prepara para gobernar por la “razón o por la fuerza”, respaldado en su mayoría por el empresariado, los informales, comerciantes y cristianos, así como por el mayor ejercicio de uso de segmentación de públicos, cajas de resonancia y burbujas de opinión con las que es difícil construir un proceso deliberativo, sustento del modelo democrático.



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