Crisis del sistema monetario mundial y concentración financiera en Colombia

En las condiciones provocadas por la creciente inestabilidad del dólar norteamericano, la mayoría de los países capitalistas tuvieron que renunciar a los cursos fijos de sus monedas. Sin embargo, la libre flotación de las divisas no logró su objetivo, es decir, no protegió las monedas de los países capitalistas contra las consecuencias de la inestabilidad del dólar y acrecentó todavía más el desbarajuste del sistema monetario mundial.

Durante la década de 1970, el aumento de la capacidad competitiva de las mercancías norteamericanas en los mercados exteriores, producto de la depreciación del dólar, que hacía bajar los precios de exportación, fue considerable. Se asestaba de este modo un duro golpe a sus rivales eurooccidentales y japoneses.

En esta década, producto de la crisis energética y del incremento espectacular del precio del petróleo, el ciclón del volumen inmenso de dólares recorría con furia los circuitos financieros del mundo. Inicialmente se transformaron en petrodólares, a continuación los países petroleros devolvían a las instituciones financieras, y éstas, con inmensa irresponsabilidad, enviaban por caudales al Tercer Mundo, en particular a las dictaduras militares de Suramérica. Cuando Estados Unidos elevó de manera imprevista y arbitraria las tasas de interés a principios de la década de 1980, la deuda externa de los países periféricos se transformó en un problema estructural de sus economías, en dependencia económica y política de los centros imperiales y en una imposibilidad crónica de salir de ella.

En efecto, en abril de 1980, el imperialismo norteamericano volvió a manipular el mecanismo monetario. En este orden, su política financiera hacia el exterior estipulaba un conjunto de medidas para contener la inflación dentro del país. Si bien antes Estados Unidos jugaba a la baja en el curso del dólar, ahora se lanzó al otro extremo: elevó la tasa de descuento hasta 13 por ciento y la de interés de los préstamos “de primera clase” (es decir, los más seguros) hasta un 20,5. Como resultado, el curso del dólar comenzó a subir vertiginosamente. El dólar barato le convenía a Estados Unidos mientras se acumulaba en manos de sus socios, pero ahora, que tal acumulación se había concentrado en manos de las instituciones financieras norteamericanas, resultaba más beneficioso el “dinero caro”. A principios de 1985, con relación a la ‘canasta’ de monedas de otros 10 países capitalistas desarrollados, el dólar se elevó en un 73 por ciento en comparación con 1980.

El viraje de la estrategia monetaria de los Estados Unidos provocó tres consecuencias: i) la repatriación de los dólares norteamericanos creó una situación tensa en los mercados monetarios de los países capitalistas y sus reservas de divisas mermaron de modo considerable; ii) el encarecimiento del dólar aumentó el precio de las mercancías importadas de Estados Unidos y de aquellas otras que se pagan en dólares (como el petróleo); iii) la reducción de las reservas de divisas, el aumento de los precios de importación y el empeoramiento de las balanzas de pago agudizaron la fase de estancamiento y dificultaron la salida de la crisis económica de sobreproducción de principios de los 80 (la fuga de capitales y la política de “dinero caro” redujeron sustancialmente las inversiones). Manipulando las tasas de descuento y de interés, la Administración estadounidense quebrantó aún más los pilares del sistema monetario internacional. En este contexto, el ex primer ministro de Gran Bretaña E. Heat declaró: “La administración norteamericana ha convertido el sistema monetario de Occidente en un enorme casino, en el cual sólo se lucran los estafadores profesionales”.

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