Ilusión y manipulación
La degeneración de los billetes de banco, la constante desvalorización del papel moneda, la incesante inflación, el rechazo del papel moneda en busca de títulos de valor y de bienes inmuebles, la violenta especulación en las bolsas de valores; la quiebra de las administradoras de los fondos privados de pensiones, que constituye un atraco al ahorro de los trabajadores, todo no son sino las formas más importantes de expresión de la crisis del Sistema Monetario Financiero (SMF) actual en la esfera interna de las economías nacionales.
El descomunal tamaño que hoy alcanza la economía financiera respecto a la economía real es de 10 a 1, fenómeno simultáneo a una creciente internacionalización de las economías y procesos de integración y desregulación financiera. Ante la crisis, los especuladores demandan de sus gobiernos ‘arreglar’ la economía. Lo piden para salvar sus ganancias, aunque lo plantean como si fuera en beneficio del bien común. Claro, los gobiernos tienen instrumentos, pueden bajar las tasas de interés, emitir dinero, impulsar el flujo de crédito entre bancos, nacionalizar bancos en quiebra. Pero las medidas no evitan lo que viene: la gran depresión del siglo XXI (Wim Dierckxsens, “Gran depresión del siglo XXI inaugura la administración Obama”, Le Monde Diplomatique, Colombia, diciembre de 2008).
La actual crisis estadounidense es el eslabón final de una cadena de descalabros financieros en el mundo durante la última década: la de México en 1995, la del sudeste asiático en 1997, la de Rusia en 1998, la de Brasil en 1999, la Argentina en 2001-2002 y la de hoy con epicentro en Estados Unidos.
A partir de 2001, la Reserva Federal de Estados Unidos tuvo la política de bajar metódicamente las tasas de interés y optó por estimular la burbuja financiera más grande de la historia del capitalismo. Muchos países del SMC siguieron el ejemplo. Al menos un 70 por ciento de la economía mundial enfrenta hoy una crisis hipotecaria: el crédito va mucho más allá; hay una crisis de deuda privada (tarjetas de crédito, pública y empresarial). Los derivados que funcionan como crédito sobre crédito, sin conexión con la inversión real, son los responsables principales de la magnitud de la burbuja, y con ello de la crisis planetaria en marcha. La “Torre de Babel del siglo XXI” alcanzó a mediados de 2008 algo más de 600 billones de dólares, esto es, 10 veces el Producto Bruto Mundial. La deuda pública de Estados Unidos está fuera de todo control y se estima que alcanzará un 70 por ciento del PIB en 2009.
Los críticos problemas del sistema monetario internacional hacen parte de la crisis estructural que enfrenta el SMC en nuestros días. De acuerdo con István Mészáros (Más allá del capital, Hacia una teoría de la transición, Venezuela, 2001), por las graves deficiencias que se hacen valer en los dominios de la producción y la acumulación de capital rentables, el endeudamiento se ha convertido en un problema por completo incontrolable en algunos de los principales países capitalistas. En ninguna otra parte son más evidentes los peligros que en Estados Unidos, poder hegemónico preponderante del sistema del capital global. Desde 1983, Mészáros argumenta que el problema real de la deuda no es el Tercer Mundo sino el endeudamiento interno y externo, en espiral de Estados Unidos, que presagia el peligro de un terremoto económico internacional de gran intensidad cuando la potencia incumpla su deuda en una u otra forma.
Un raro motor. A partir de los 80, en particular en los dos períodos de Reagan, la expansión económica general fue resultado de la cada vez más veloz expansión de la deuda. Como lo pusieron de presente Paul Sweezy y Harry Magdoff, la deuda se ha convertido en el motor del crecimiento y no en subproducto suyo. En efecto, entre las fuerzas que contrarrestan la tendencia al estancamiento, ninguna es más importante que el crecimiento, comenzando en los 60 y cobrando impulso rápidamente luego de la grave recesión de mediados de los 70, de la estructura de la deuda del país (gubernamental, corporativa e individual), a un paso que sobrepasa con gran ventaja al de la despaciosa expansión de la economía ‘real’. El resultado es el surgimiento de una superestructura financiera de voluminosidad y fragilidad sin precedentes, sometida a tensiones y esfuerzos que amenazan cada vez más la estabilidad de la economía en su totalidad.
El hecho de que hoy la globalización dominada por las transnacionales capitalistas deba funcionar sobre la utilización de una cantidad considerable de capital ficticio (capital en forma de títulos valor que proporcionan un ingreso a quien los posee; los títulos de valor –acciones, obligaciones de las empresas capitalistas y de los empréstitos del Estado, cédulas de imposición de los bancos hipotecarios– carecen de valor intrínseco pero confieren a su poseedor el derecho de percibir regularmente parte de la plusvalía creada en el proceso de producción capitalista), manteniendo una brecha entre finanzas y economía real de 10 a 1 –“burbuja financiera” permanente–, en medio de este ciclo recesivo del capital evidencia la incapacidad de incorporar en la reproducción y la acumulación capitalista los excedentes que arroja la producción, lo que expresa a la vez la contradicción histórica de una socialización creciente y global de la producción, así como la apropiación capitalista privada de su producto, contradicción fundamental y antagónica, se manifiesta con violencia en la actual crisis monetaria y financiera mundial.
De acuerdo con las conclusiones de las investigaciones de E. Andrés (La teoría del dinero de Marx y la actualidad, 1988), el SMF capitalista y el modo de producción capitalista en su conjunto han entrado en etapa de decadencia y desmoronamiento, y no hay recetas, sean las nuevas formas y los métodos de regulación económica, incluida la regulación de la circulación monetaria, capaces de hacer rejuvenecer el decrépito organismo del SMC.
A pesar de todo, los líderes del capitalismo mundial no aprenden. El nuevo presidente de Estados Unidos, Barack Obama, heredará un déficit de 1,2 billones (1,2 millones de millones) de dólares para el año fiscal 2009. Adicionalmente, ha prometido inyectarle cerca de un billón de dólares a la economía estadounidense, tratando de reactivar, en la más clásica tradición keynesiana, el decadente mercado capitalista. Tanto el déficit como el gasto público serán financiados con emisión monetaria (aprovechando su posición dominante de control imperial de la divisa internacional) y con el exiguo ahorro del resto del mundo. Mediante la inflación global que induce esta política económica, se traducirá en un costo que asumirá la población mundial. En resumen, más leña para la caldera indómita de la actual crisis estructural financiera y monetaria mundial.


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