Buenaventura frente al terremoto

Después del fuerte sismo, la emergencia continúa: familias que perdieron sus viviendas, sus pertenencias y sus medios de vida siguen esperando respuestas, mientras la solidaridad comunitaria se convierte en una de las principales fuerzas para levantarse.

Septiembre 4 de 2026. El terremoto del 10 de agosto llegó a Buenaventura como llegan esas cosas que uno nunca imagina que pueden suceder. Habíamos vivido temblores, sí, pero nunca algo de esta magnitud. La tierra se movió con una fuerza que nos recordó, de manera abrupta, que también nuestro territorio está expuesto a las amenazas naturales y que, cuando ocurre una emergencia, son las comunidades especialmente las más empobrecidas quienes terminan enfrentando las mayores dificultades.

A mí, particularmente, escribir estas líneas me hace llorar. Se me agita el pecho y siento que se me corta el aire. Porque este terremoto también me lleva de regreso a mi territorio en el río Anchicayá: a nuestras sementeras y fincas, a nuestros animales, a nuestros ríos y quebradas, a nuestras montañas y valles. Me lleva a recordar todo lo que éramos antes de ser desplazados por el conflicto armado.

Recuerdo también lo que significó salir de nuestro territorio “con una mano adelante y otra atrás” y, aun así, volver a levantarnos. Por eso, en medio de esta nueva dificultad, me digo a mí misma: Dios existe y está vivo. Él es mi amparo y mi fortaleza. Pongo mi confianza firme en Dios y sé que de esta también vamos a salir”.

Aquel día, muchas personas estaban listas para comenzar su jornada laboral; otras todavía permanecían en sus camas. Algunas alcanzaron a recibir una alerta en sus teléfonos. Otras simplemente sintieron que la casa comenzaba a moverse.

“Yo estaba orando cuando toda la casa se empezó a mover. Pensé que eran los niños quienes estaban corriendo”, contó una de las personas entrevistadas.

Otra mujer recordó que recibió una alerta en su celular anunciando que habría un temblor. Salió hasta la puerta, esperando que comenzara, pero nunca imaginó lo que vendría después. Cuando el movimiento se hizo más fuerte, llamó a su madre, salió con los niños y, junto a su familia, se abrazaron y comenzaron a orar mientras esperaban que todo pasara.

En las vías también se vivió el miedo. Una persona que transitaba entre Zaragoza y La Delfina relató cómo los vehículos comenzaron a saltar y a sonar como si fueran a desbaratarse. Se orilló, detuvo el carro y vio cómo otros conductores hacían lo mismo. “Pensábamos que se venía la montaña. Fue muy fuerte”, recordó.

Otra mujer relató que “al empezar el terremoto se cayó el puente y luego se empezaron a derribar las casas como es cascadas y ellos se tiraron al patio y otro adulto, desde arriba, les tiraba los niños, ahí vivían ocho niños y dos adultos, ellos quedaron llenos de barro, su casa derribada pero estaban con vida decían y daban gracias a Dios por haberlos guardado”.

Y mientras unos intentaban comprender lo que estaba pasando, otros apenas despertaban ante los gritos de sus familiares.

“Yo todavía estaba durmiendo cuando sentí que mi hijo y mi nuera me llamaban desesperados. Salí y me dijeron que había que bajar al primer piso para poder salir de la casa. Yo les respondí: ‘cójanla suave’, pero no era consciente de lo que estaba sucediendo”.

Así comenzó para muchas familias una nueva realidad: casas averiadas o destruidas, pertenencias perdidas, negocios afectados, ingresos familiares interrumpidos y, sobre todo, una profunda sensación de incertidumbre.

Una emergencia que no terminó cuando dejó de moverse la tierra

Los daños no se limitan a las paredes caídas. La emergencia continúa. En las visitas realizadas a las familias afectadas hemos encontrado viviendas totalmente caídas, otras medianamente con paredes y muros caídos o parcialmente colapsados, pisos agrietados, fisuras en diferentes elementos, techos y estructuras afectadas y casas que al ingresar se mueven toda, con familias habitándolas, con una exposición extrema de riesgo de que se desplomen en cualquier momento.

Hay familias que perdieron completamente sus viviendas y sus pertenencias. También hay hogares que pese a la destrucción continúan habitando el inmueble porque sencillamente no tienen otro lugar a dónde ir. Al caminar dentro de algunas casas se siente el movimiento de sus estructuras. Y aun así las personas permanecen ahí. No porque no tengan miedo, sino porque no tienen otra alternativa.

En la caracterización adelantada por la Fundación Socioambiental Aribi y a partir de la información levantada durante las visitas y de los registros compartidos por organizaciones e instituciones se han identificado 473 viviendas, de las cuales 92 presentan daños leves, 114 daños estructurales y 264 corresponden a pérdida total.

Detrás de cada número hay una familia. Hay una madre preocupada por sus hijos. Hay adultos mayores. Hay personas con discapacidad, hay niños y niñas, hombres angustiados. Hay familias que perdieron lo poco que habían logrado construir después de muchos años de esfuerzo.

Y también hay personas que perdieron sus medios de vida: negocios familiares afectados o destruidos, herramientas y bienes utilizados para trabajar que quedaron bajo los escombros, pequeños proyectos productivos que se vinieron abajo y familias que ahora enfrentan una disminución o pérdida de sus ingresos.

Para una ciudad como Buenaventura, donde históricamente las condiciones de pobreza y desigualdad han marcado la vida de muchas comunidades, este teremoto profundiza una situación que ya era difícil. Como nos dicen líderes y lideresas: si antes estábamos mal, ahora estamos mucho peor. Se han perdido viviendas, negocios, proyectos productivos, vidas humanas, se perdió la tranquilidad y los pocos medios de generación de ingresos que muchas familias habían logrado construir.

El miedo también permanece

La emergencia no solamente se mide en viviendas destruidas o en bienes materiales perdidos. El terremoto dejó miedo. Las réplicas, aunque de menor intensidad, mantienen a muchas personas en alerta. Hay quienes cuentan que no pueden dormir. Aparece el insomnio, los nervios, la angustia. Las familias duermen en la sala todos juntos, ya no se cierran las puertas. Algunas personas sienten cualquier movimiento y corren inmediatamente hacia la puerta pensando que nuevamente está temblando.

El cuerpo también recuerda

La salud y el bienestar de las familias requieren atención y seguimiento. Hay personas que necesitan medicamentos e insumos, familias con dificultades para garantizar condiciones adecuadas de habitabilidad y personas que requieren acompañamiento psicosocial para afrontar las pérdidas.

La emergencia, por tanto, no termina cuando se recogen los escombros. Tampoco termina cuando una pared vuelve a levantarse. Recuperarse significa volver a tener un lugar seguro donde dormir, recuperar los medios para trabajar, recuperar la tranquilidad, atender las afectaciones emocionales y volver a sentir que el futuro es posible.

Una ciudad que se abraza

En medio de esta situación hay algo que nos sostiene: la solidaridad. Personas que en medio de sus afectaciones comenzaron a ayudar a otras, llevando un refrigerio. Otra persona prepara un almuerzo. Alguien más visita a una familia, ayuda a sacar escombros o simplemente llega para decir una palabra de aliento. Son gestos que pueden parecer pequeños, pero en medio de una emergencia significan muchísimo.

Porque el pueblo negro tiene una historia dura, una historia que cargamos sobre nuestras espaldas, pero también una historia bonita: la historia del cuidado, de la ayuda mutua, del amor por la familia extensa y extendida, por el otro y por el territorio. Esa memoria colectiva también nos mueve hoy a continuar.

Desde el día cero

Frente a esta emergencia, muchas organizaciones y personas se han movilizado para acompañar a las familias. Desde la Fundación Socioambiental Aribi iniciamos nuestra campaña desde el día cero. Hemos gestionado y entregado alimentos, agua, medicamentos, ropa y otras ayudas humanitarias. Hasta ahora hemos logrado entregar apoyo a 50 familias, mientras continuamos acompañando y caracterizando a las familias afectadas.

Nuestro trabajo ha consistido también en visitar los hogares, documentar las condiciones de las viviendas, identificar necesidades urgentes y pérdidas, escuchar directamente a las familias y generar información de base de datos preliminar y audiovisuales que vienen permitiendo visibilizar la situación y contribuir a la articulación de respuestas. A partir de esta información hemos estructurado un plan de atención integral.

Pero las necesidades siguen siendo enormes. Hoy se requieren pañales para adultos, niños y niñas de diferentes edades; alimentos; medicamentos e insumos; atención psicosocial; albergues, y, de manera urgente, acciones para la reconstrucción y el mejoramiento de las viviendas.

No podemos permitir que la emergencia desaparezca de la agenda cuando disminuyan las réplicas o cuando los titulares dejen de hablar del terremoto. La recuperación de Buenaventura necesita tiempo, recursos, acompañamiento institucional, la solidaridad internacional y, sobre todo, voluntad para escuchar a las comunidades y responder de acuerdo con sus necesidades reales.

Que nadie tenga que reconstruir solo

El terremoto nos recordó nuestra vulnerabilidad, pero también nos recordó nuestra fuerza. Nos recordó que detrás de una cifra hay una familia y que detrás de una vivienda destruida hay una historia, un esfuerzo, unos sueños y muchas veces generaciones enteras intentando salir adelante. Por eso hoy hacemos un llamado. Les pedimos que nos ayuden para seguir ayudando.

Necesitamos que la solidaridad se mantenga viva. Que quienes puedan aportar alimentos, medicamentos, pañales, ropa, recursos económicos o materiales para la recuperación de las viviendas, acompañamiento profesional se sumen a este esfuerzo. Pero también necesitamos algo fundamental: que Buenaventura no sea olvidada.

La emergencia continúa mientras las familias recuperan vivienda, seguridad y medios de vida. Y si algo hemos aprendido de nuestra historia es que podemos levantarnos. Lo hemos hecho antes. Lo estamos haciendo ahora.

Porque aunque muchas cosas materiales se perdieron, seguimos teniendo la vida. Y, como dicen algunas de las familias que hemos acompañado, Dios metió su mano y nos ayudó. Ahora nos corresponde a todos tender la mano.

Buenaventura necesita reconstruirse, pero nadie debería tener que hacerlo solo. 

* Dirección y coordinación general Fundación Socioambiental ARIBI.

Informe especial: ¡Terrogocio!

Información adicional

Autor/a: María Miyela Riascos Riascos*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº339, Septiembre 17 - Octubre 17 de 2026

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