¡Solo el pueblo salva al pueblo!

Después de más de 4 semanas del terremoto que sacudió el occidente colombiano el pasado 10 de agosto, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, una de las ciudades más afectadas, Cali, todavía remueve escombros y busca a sus desaparecidos. Mientras la tragedia permanece en las calles, miles de caleños responden con solidaridad ante la ausencia institucional. 

“Solo el pueblo salva al pueblo” fue una de las proclamas más repetidas durante los primeros días de la tragedia. Y no era una consigna vacía: era una realidad. Fueron los ciudadanos de a pie, los vecinos y las vecinas, los jóvenes solidarios, los de la primera línea, quienes llegaron cuando la tierra todavía temblaba para remover piedras, apartar bloques de cemento y buscar, entre el polvo y el silencio, alguna señal de vida.

Apenas habían pasado unas horas desde la tragedia cuando la gente se volcó a las calles. En los distintos puntos donde las edificaciones habían colapsado, hombres y mujeres llegaron para ofrecer sus manos y comenzar, sin esperar órdenes, a mover los escombros.

Pero pronto entendieron que las manos no eran suficiente. Entonces comenzó otra carrera: conseguir lo necesario para seguir buscando.

Porque sí, era una carrera. Una carrera contra el tiempo y por la vida. Quienes habían quedado sepultados bajo los edificios derrumbados tenían las horas contadas. Cada segundo podía marcar la diferencia entre encontrar a una persona con vida o llegar demasiado tarde. Y así lo entendieron los caleños y las caleñas: hombres y mujeres que, sin distinción, sintieron que el tiempo corría y que había vidas que salvar.

“Nos tocó a nosotros salir a ayudar, a remover escombros, a tratar de rescatar personas vivas, con las manos, con lo que pudiéramos. Luego empezamos a buscar donaciones de cascos, guantes de carnaza, seguetas, porras, todo lo que sirviera para mover piedras y pedazos de cemento y ladrillo. El alcalde no hacía nada, nos dejó solos, nos dejó morir. Nosotros no lo dudamos y salimos de una a ayudar, sin pensar en protocolos, pues las personas que estaban debajo de los escombros contaban con segundos para salvar sus vidas”, cuenta María Ramírez, una de las tantas jóvenes que acudieron a los lugares de la tragedia, y estuvo en diferentes puntos durante el día y la noche, porque la tragedia no conoce de horarios.

En medio del desastre, cuando la respuesta oficial no llegaba a la velocidad que exigía la emergencia, la solidaridad se convirtió en acción. No hubo tiempo para esperar. Había que entrar, buscar, levantar, rescatar.

Fueron las manos del pueblo las que se abrieron paso entre los escombros. Fueron sus voces las que llamaron a la organización. Fueron sus cuerpos, sus herramientas y su voluntad los que sostuvieron, durante aquellas primeras horas, una esperanza elemental y urgente: encontrar vida donde todo parecía destruido.

Tan conmovedora la tragedia como la solidaridad de la gente

Cali, capital de la resistencia, símbolo del estallido social y de la primera línea de 2021, capital de la salsa y la ciudad de los siete ríos, hoy se encuentra de luto tras el sismo de la mañana del 10 de agosto. Sin embargo, en medio del dolor, el pueblo caleño volvió a responder con grandeza para convertir también a la ciudad en la capital de la solidaridad.

Una mano entrega una botella de agua. Otra sostiene un balde. Alguien cocina. Una más pregunta qué hace falta. Otro carga una piedra.

En cada esquina de la calle, como un abrazo circula un sándwich, una tortilla, una caja de arroz con pollo, botellas de agua, jugos y bebidas compartidas, con el único propósito de recordarles a los sobrevivientes que no están solos. 

Pero no solo se han rescatado personas vivas, también se han tenido que recuperar cuerpos inertes. Y eso es muy doloroso, porque detrás de cada persona hay una familia esperando. Una madre necesita saber dónde está su hijo. Un hermano necesita recuperar a su hermano. Para esas familias encontrar a sus muertos también es importante. No pueden empezar el duelo si no ssaben dónde está la persona que perdieron.

La jornada continúa. Los descansos son breves. De un momento al otro se ven puños en alto que indican pausa total, silencio absoluto. En las zonas de rescate, la orden es no hablar ni caminar: el más mínimo ruido puede acallar los gritos de ayuda clamando bajo los escombros.

Tras el terremoto, la cotidianidad es otra. Las calles que antes estaban llenas de carros, estudiantes, vendedores y vecinos permanecen parcialmente vacías. Las restricciones adoptadas por las autoridades durante la emergencia, como el toque de queda, también modificaron la rutina de la ciudad. 

La Calle Quinta, una de las principales vías de Cali, ha permanecido cerrada en sectores afectados.

Iván Morales*, profesor de filosofía, también estuvo entre quienes acudieron desde las primeras horas del 10 de agosto. Cambió los libros por un casco. Las clases, por los escombros. Su lectura de lo ocurrido va más allá de la emergencia: “Hay algo paradójico en todo esto. Durante años hemos vivido separados por barrios y por estratos sociales, hoy en cambio, todos estamos con un único fin: alguien está atrapado y hay que ayudarlo. Los pobres estamos salvando a los más ricos, porque los estratos más afectados fueron los estratos 4 y 5”. 

Pero Iván también habla desde la inconformidad: “Lo que me da tristeza es que quienes estuvimos desde el comienzo sintamos que ya no podemos ayudar. Entiendo que haya protocolos y que los equipos especializados tengan que asumir determinadas tareas, pero nosotros estuvimos aquí cuando todavía estaba temblando la tierra. No vinimos por protagonismo. Vinimos porque había gente que necesitaba ayuda. A los jóvenes de Cali nos ha indignado la presencia de soldados israelíes que llegaron, supuestamente, a realizar labores de rescate. Nosotros no estamos de acuerdo. Consideramos que estas personas, vinculadas al sionismo y señaladas por su participación en acciones contra el pueblo palestino, llegan a nuestra ciudad disfrazadas de salvadores y pretenden instrumentalizar nuestra tragedia. De hecho ya se han presentado confrontaciones, porque algunos compañeros han ido a hacerles plantón con la bandera de Palestina”. Así termina su declaración Iván, con un gesto de molestia y descontento en el rostro.

Más cerca de nosotros y sin las manos manchadas por invasiones y genocidio, llega la minga humanitaria por la vida junto con la guardia indígena, quienes también se sumaron a la jornada solidaria, además de aportar alimentos que trajeron de sus tierras, acudieron a los diferentes puntos de las edificaciones colapsadas para ayudar a remover escombros y colaborar en el rescate de sobrevivientes. 

El ruido de un edificio al caer

Miguel Patiño estaba en su casa, en el barrio Pampalinda, junto a su madre de 72 años, cuando presenció el desplome de un edificio ubicado frente al suyo. Lo que recuerda de inmediato es el sonido producido por el edificio al derrumbarse y los gritos de los vecinos que pedían auxilio: “Fue algo que no había vivido jamás. Ver un edificio caer delante de uno es una cosa que no se puede explicar. Me quedé sin habla durante un rato. Las lágrimas simplemente empezaron a salir, no podía entender cómo un edificio, inaugurado hace solo nueve meses, se derrumbó de esa manera”. 

Entre los escombros quedaron varios vecinos, en su mayoría estudiantes de la Universidad Santiago de Cali, según su relato. Nueve personas murieron y cuatro fueron rescatadas con vida, cuenta Miguel.

Después habla de una historia que todavía le cuesta contar: “Había un perro. Lo escuchábamos quejarse y hacer ruidos. Sabíamos que estaba allí, pero era muy difícil remover los bloques que tenía encima. Pasaron los días y finalmente lo encontraron, pero ya estaba muerto”. Tras unos segundos de silencio, agrega: “Uno desearía que esto solo fuera una pesadilla. Un mal sueño”.

Terremoto, caída de edificaciones, desastre, muerte, solidaridad, esperanza. La emergencia nacional ha dejado cientos de personas desaparecidas. El balance oficial ha cambiado a medida que avanzan las labores de identificación y búsqueda. Al 30 de agosto, reportes basados en cifras de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres ( Ungrd) hablaban de 331 fallecidos y 240 desaparecidos a nivel nacional.

En Cali, la Alcaldía ha mantenido un balance propio de las afectaciones y de las labores de atención y rescate. Hasta la fecha se reportan 153 personas fallecidas, 88 rescatadas, 34 desaparecidas, 1.657 heridas y 148 cuerpos entregados a las familias. 

La fila de quienes quieren ayudar en los centros de acopio

No es una fila de damnificados. Es la fila de los voluntarios en uno de los tantos centros de acopio improvisados por los ciudadanos caleños para recibir donaciones. Desde los primeros días de la emergencia, estos lugares recibieron alimentos, ropa, agua, elementos de aseo y materiales de construcción para las familias afectadas. Parte de la ayuda también ha sido destinada a otros municipios y departamentos golpeados por el terremoto.

Luz María Meza llega a uno de estos centros junto a su hermana. “Nosotras hacemos una fila de casi dos horas para poder entrar a ayudar. Desde el segundo día comenzamos a buscar dónde podíamos colaborar y hemos terminado organizando donaciones y empacando mercados”. Su jornada comienza a las nueve de la mañana. A veces termina cerca de la medianoche. “Hay días en que uno está agotado, pero sigue. Empacamos los mercados, clasificamos las ayudas y organizamos lo que después se lleva a las familias”. La escena se repite en diferentes puntos de la ciudad.

Familias comparten agua. Comerciantes donan productos. Jóvenes cargan cajas. Vecinos ofrecen transporte. Las ollas comunitarias permanecen encendidas, como la de Puerto Resistencia, que aún no se apaga. 

El día después de los escombros

El terremoto también dejó una pregunta que comienza a imponerse sobre todas las demás: ¿Qué viene después?

La fase de búsqueda y rescate es apenas una parte de una emergencia que ya se convirtió en una crisis habitacional y económica para miles de familias.

En Cali, decenas de edificaciones colapsaron y muchas otras quedaron con daños que obligan a sus habitantes a buscar temporalmente otro lugar donde vivir. A otros los ha obligado a vivir en carpas frente a sus edificios evacuados, porque no tienen a donde ir; además toca estar ahí para cuidar sus bienes que aún están dentro de los apartamentos. 

Según reporte oficial entregado por la alcaldía, de fecha 30 de agosto, en Cali se registraron 24 edificaciones con colapso total, 398 inmuebles presentan afectaciones estructurales o colapsos parciales en diferentes zonas de la ciudad y más de 610 edificaciones catalogadas como no habitables. 

Para quienes perdieron a sus familiares, su vivienda, o su negocio, esta es una pregunta diaria: ¿Dónde dormir? ¿Dónde vivir? ¿Cómo pagar? ¿Cómo volver a empezar?

Pasada la tragedia, llegarán las demandas

El peso de esta tragedia debe caer sin contemplaciones sobre las constructoras, los interventores y los curadores urbanos. No se trata de fallas técnicas ni de mala suerte: es la consecuencia directa de licencias otorgadas con complicidad, obras ejecutadas con deficiencias estructurales y una interventoría viciada por conflictos de interés. Las verdaderas mafias detrás de este colapso tienen nombre y apellido: constructoras mezquinas, interventores negligentes y curadores que firmaron licencias con sello de impunidad. El terremoto del pasado 10 de agosto, desmanteló este entramado de corrupción que priorizó el ahorro de materiales, que autorizó la inadecuada supervisión y veeduría al momento de construir, todo ello potenciado por el afán de lucro, por encima de la seguridad y la vida de las personas. Esto no fue un accidente, fue negligencia criminal. La responsabilidad recae de forma tajante sobre las constructoras que abarataron costos, los interventores que miraron hacia otro lado y los curadores que vendieron las licencias. 

Sin embargo, también se emprenderán acciones legales contra las instituciones estatales por presunta negligencia. Las demandas se dirigirán de manera específica hacia la alcaldía de Cali y el gobierno nacional, cuestionando la negativa del presidente electo a recibir ayuda humanitaria internacional mientras cientos de personas con vida bajo los escombros clamaban por rescate. Entre las denuncias destaca el caso de un paciente del Hospital Universitario del Valle (HUV), quien se mantuvo en contacto telefónico con sus hijas hasta el tercer día posterior al terremoto; pese a las llamadas de auxilio, los equipos de emergencia nunca acudieron a rescatarlo, y falleció.

Cali volverá a florecer

Mientras la ciudad intenta levantarse, la naturaleza parece seguir su propio ritmo.

A medida que caen los escombros, también caen flores rosadas, amarillas y lilas, las flores de los guayacanes y los gualandayes continúan desprendiéndose de las ramas y cubriendo las calles de Cali. Es una escena extraña en medio de la devastación: mientras hombres y máquinas retiran toneladas de concreto, los árboles siguen floreciendo como si la ciudad no hubiera dejado de ser la misma.

La ciudad tendrá que reconstruir viviendas, escuelas, comercios y vidas. Tendrá que aprender a convivir con la ausencia de quienes no regresarán y acompañar a quienes lo perdieron todo. Será un proceso largo, doloroso y lleno de incertidumbres.

Pero a Cali la reconstruirán las manos del pueblo. El terremoto tumbó muros, transformó barrios y dejó cicatrices profundas, pero jamás detendrá la voluntad popular. 

Ante la negligencia y la lentitud institucional, la lección de esta tragedia es tajante: el pueblo salva al pueblo. Quienes removieron escombros a mano limpia, quienes alimentaron al vecino y cuidaron al desamparado demostraron que la solidaridad es nuestra mayor herramienta de lucha. Solo organizándonos como colectivo, desde cada barrio, cada comuna, seremos capaces de reconstruir nuestra ciudad. 

Pronto las calles volverán a llenarse de niños, estudiantes, trabajadores y vecinos. Las esquinas recuperarán la vida y el bullicio, no como un milagro, sino como una victoria de la comunidad, del pueblo. Entre el concreto roto y las flores que no dejan de caer, Cali demuestra que la dignidad popular siempre se abre paso.

Tenemos ante nuestros ojos una enseñanza de vida: El terremoto nos dejó una ciudad herida, pero no vencida. Organizados y de pie, como los guayacanes, como la ceiba, símbolo de sabiduría y resistencia, el pueblo refundará a Cali. 

* Nombre cambiado a petición de la fuente. 

Informe especial: ¡Terrogocio!

Información adicional

Cali, capital de la resistencia y de la solidaridad:
Autor/a: Lorena Hoyos Rangel
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº339, Septiembre 17 - Octubre 17 de 2026

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