Rondó y supervivió el pensamiento colonial
Al comparar el texto que aprobó Cúcuta con el de Angostura, resalta la anulación de un aspecto muy querido por el Libertador: el poder moral. Para Bolívar, tal institución era fundamental. Su diagnóstico de los poderes reales, del caudillismo regional –incapaz de proyectar su mente con sentido nacional–, de la fuerza de la corrupción, de la debilidad moral y ética de quienes concentraban en sus manos los destinos de estos territorios, de la fuerza de la tradición heredada de tres siglos de sometimiento y opresión, llevaron a Bolívar a concluir en la necesidad de un poder renovador, fundado en la educación y la extensión de nuevos hábitos y costumbres.
En tal sentido, a propósito de los comentarios hechos por su amigo Guillermo White al discurso de Angostura, le escribe el 26 de mayo de 1820:
“Mi querido amigo.
[…] Tenga usted la bondad de leer con atención mi discurso, sin atender a sus partes, sino al todo. Su conjunto prueba que yo tengo muy poca confianza en la moral de nuestros conciudadanos, y sin moral republicana no puede haber gobierno libre. Para afirmar esta moral, he inventado un cuarto poder que críe los hombres en la virtud y los mantenga en ella. También este poder le parece a usted defectuoso; mas, amigo, si usted quiere República en Colombia, es preciso que quiera también que haya virtud política”. (4).
Los excluidos… Sobre las deliberaciones de Cúcuta otros sectores depositaban sus esperanzas, y frente a ellos tampoco se legisló en forma propositiva: Para los indígenas, que esperaban la eliminación de todas las cargas coloniales que los agobiaban, respetando sus tierras y tradiciones. Para los mulatos, que esperaban la anulación de los prejuicios. Unos y otros, con los esclavos, eran la expresión fidedigna de la conservación de la fuerza de la tradición o de la Colonia entre quienes llegaban a la independencia. La conservación de los fundamentos del derecho colonial, en lo civil y administrativo, así lo constató. Asimismo, las decisiones positivas que tomaron denotan que la fuerza de la costumbre es más fuerte que la fuerza de las leyes. O, es lo mismo: para lograr que un nuevo Estado tome de verdad aliento, no basta con maquillar al que reemplaza; es indispensable dotarlo de poderes reales, a partir de derruir totalmente al que reemplaza.
En la Constitución de 1821 es notorio que pese a la liberalidad que parece regirla, sus normas, realmente, conservan y profundizan la feudalidad heredada del orden colonial (República Señorial, según dijo Antonio García). Un aplazamiento por tanto, de las contradicciones que tuvieron manifiestación de nuevo, en cada intento de renovación constitucional durante el siglo XIX: 1842, 1848, 1850, 1852, 1860, 1863, 1886. Sin embargo, en otros aspectos se avanzó.



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