La Constitución de Cúcuta. El Estado se soporta sobre las leyes y las armas

La Constitución de Cúcuta. El Estado se soporta sobre las leyes y las armas

El avance hacia el Sur

Panamá fue escala antes de Pichincha Bolívar tenía claro que la derrota final del Imperio español tendría su sello el día en que la totalidad de las tropas españolas desalojaran el subcontinente y, aún más, cuando salieran del conjunto de la región. Esta claridad lo llevó a pensar en avanzar primero hasta el Itsmo de Panamá, y luego a Cuba y Puerto Rico, donde España contaba con sendos fortines. Por eso, después de Carabobo, tras nombrar a Páez, Bermúdez y Mariño como intendentes y comandantes en Venezuela, ordenó a Mariano Montilla que ya tenía posesión de Cartagena, preparar campaña hacia Panamá. Allí, una rebelión de los pobladores conformó el 28 de noviembre de 1821, un Consejo que con representantes del pueblo, funcionarios públicos y oficiales del ejército declaró la Independencia de Panamá y su decisión de conformar la Gran Colombia.

Con esta noticia y una vez vencidas las fuerzas monárquicas en Venezuela y sabedor de que José de San Martín también guerreaba en el Sur, enrutó el 13 de diciembre de 1821 hacia Quito –a su paso, los españoles quemaban las granjas y espantaban el ganado–, cuya liberación concretaron el 24 de mayo de 1822 las fuerzas patriotas en la batalla de Pichincha. Por fin quedó libre todo el territorio colombiano. Ahora, el turno correspondía al Perú, donde la monarquía ha erizado todo su poder. Las fuerzas de la libertad, cada vez más experimentadas y cohesionadas, con una oficialidad formada en el campo de batalla, requiere cada vez más refuerzos de tropa. El peso de tal apoyo recayó sobre la actual Colombia, pues Venezuela, luego de 10 años de guerra civil, varios bajo “guerra a muerte”, quedó arruinada.

No sin antes enviar a Joaquín Mosquera como su emisario en Perú, Chile y Buenos Aires; y a Miguel Santamaría hacia México, en busca de apoyo; las demandas recayeron, sobre Santander –como Presidente encargado–, quien debía garantizar, pese a no compartir de pleno la empresa bolivariana, la formación de nuevos batallones; el envío de armas, caballos, dinero y demás elementos que exigía el cabal desarrollo de una guerra. En carta a Santander, el Libertador pidió cinco mil patriotas para …dos victorias como Boyacá y Carabobo…no quiero perder los frutos deonce años sin una derrota. Pero tales exigencias empezaron a ser desatendidas. Santander tuvo apoyo en consideraciones del Congreso, que tampoco compartió el avance de la ofensiva del ejército patriota más allá del actual Ecuador. La contradicción creció.

“El primer síntoma de cuán avanzado está este proceso se produjo a fines de mayo de 1824, cuando el Ejecutivo inesperadamente se dirigió al Congreso para preguntarle si debía reconocer los empleos y ascensos militares decretados por el Libertador del Sur. […]. No bien la consulta se produjo, con rapidez sorprendente las deliberaciones se cristalizaron en conclusiones realmente inesperadas: en la expedición de la Ley 28 de 1824, por la cual se privaba al Libertador de las facultades extraordinarias de que se hallaba investido y, cosa increíble, del mando del ejército colombiano en Perú. Y todo ello ocurrió sin que el vicepresidente Santander, asumiera actitud ninguna de protesta contra la grave decisión legislativa, tomada en los momentos en que la Campaña en el Sur adquiría los más peligrosos giros para las armas colombianas” (7).

Junin al paso de victoria Con asombro, Bolívar recibió la comunicación. Al conocerla sus oficiales, cierran filas a su alrededor. Disponía ya de un ejército multicolor y multinacional, compuesto por 8.000 soldados, con fuerzas colombianas, un contingente peruano a las órdenes de La Mar, un batallón de caballería argentino al mando del general Necochea, y un cuerpo de caballería de Chile al comando de Pedro Juan Luna. Son estas fuerzas las que vencen en Junín a las monárquicas el 6 de agosto de 1824.

Este tipo de contradicciones, dejó percibir el encono de un conflicto con base –entre otros aspectos– en la valoración del papel que debía jugar Colombia en el concierto internacional, y que terminó por romper la Gran Colombia. Una disparidad y contradicción que llevó a Bolívar a decir: “Hay –le decía a Santander– un buen comercio entre usted y yo: usted me manda especies y yo le mando esperanzas. En una balanza ordinaria se diría que usted era más liberal que yo, pero esto es un error. Lo presente ya pasó, lo futuro es la propiedad del hombre, pues éste siempre vive lanzado en la región de las ilusiones, de los apetitos y de los deseos ficticios. Pesemos un poco lo que usted me da y lo que yo le envío. ¿Cree usted que la paz se puede comprar con 60 mil hombres? ¿Cree usted que la gloria de la libertad se puede comprar con las minas de Cundinamarca? Pues esta es mi remisión de hoy. Vea usted si tengo buen humor” (8).


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