El mandato de Petro y su relación con las élites

El gobierno de Gustavo Petro encarna la tensión entre su promesa de cambio y la persistencia de viejas estructuras de poder. Aunque ha buscado confrontar y negociar con diversas élites –político-electorales, nacionales, subnacionales y económicas–, sus intentos de ruptura se diluyen ante la necesidad de pactar con ellas. En esa contradicción, la transformación se vuelve una rutina que reafirma más continuidades que cambios reales.

Desde el inicio de su mandato, Gustavo Petro ha insistido en afirmar que, aunque logró el gobierno, no alcanzó el poder. Esta lectura del poder, diferente de la visión liberal institucionalista, implica por una parte una separación entre las fuentes de legitimidad y los ejercicios de dominación social, y, en especial, la existencia de formas de ejercicio del dominio separadas de los mecanismos de legitimidad. Esa brecha es fundamental para entender el relacionamiento diferenciado con las élites político-electorales, las élites políticas nacionales y subnacionales, y las élites de poder económico.

En este artículo intentaré discutir las diferentes expresiones de esa relación con las élites que Gustavo Petro ha intentado mantener durante su mandato, revisando en particular el comportamiento frente a cada esfera de poder. Analizaré también los límites de estas estrategias y las imágenes que estas experiencias dejan para quienes, desde afuera –como ciudadanos y agentes sociales–, observamos las refracciones de las dinámicas internas del cerrado campo político colombiano.
Ambivalencia

Frente a las élites político-electorales tradicionales –dirigentes partidarios y “liderazgos naturales” de las organizaciones políticas–, el relacionamiento de Petro ha oscilado entre la confluencia abierta, producto de una cultura política colombiana dada a la actuación coalicionista e incluso “gatopardista”, característica de los liderazgos partidarios nacionales, socializados e instruidos en las dinámicas liberales y conservadoras del Frente Nacional; y la confrontación directa como estrategia de presión y negociación. Esta cultura política se ha transformado solo parcialmente, limitándose a asociaciones partidarias coyunturales, detrás de las cuales se mantienen lealtades y prácticas forjadas en las viejas casas de los partidos tradicionales.

Esa relación ambivalente quizás ha sido la más visible. El primer gabinete conformado fue expresión del deseo de abrir diálogos con los líderes políticos tradicionales, atrayendo figuras mediadoras entre la opinión pública de izquierda y las juntas directivas partidarias. Al mismo tiempo, en la segunda línea de mando se mantuvo la fauna tradicional de operadores políticos y técnicos de confianza de los sectores establecidos. Este gabinete permitió a Petro contar con una supermayoría legislativa que auguraba, a corto plazo, la tan deseada gobernabilidad.

Dicha alianza, que permitió los primeros triunfos institucionales –difícilmente considerables de izquierda, pero necesarios para dar estabilidad a un proyecto político basado en un Estado garante de derechos, como fue la reforma tributaria–, terminó estallando por las contradicciones propias de reformas más ambiciosas y complejas, como la reforma a la salud, y por la pugna de egos dentro de un amplio gabinete de aspirantes presidenciales, ninguno de ellos comprometidos con el proyecto político dirigido por Petro.

Esta ruptura comenzó a expresarse en un divorcio cada vez más marcado entre el Senado y la Presidencia, dando inicio al eterno ciclo de movilizaciones del gobierno como mecanismo de presión sobre la agenda legislativa. Movilizaciones que, sin esa matriz de movimiento social popular –como la que tuvieron en su momento figuras como Perón, Chávez o Velasco Ibarra–, han languidecido como expresiones orgánicas, recurriendo a la convocatoria de los pocos procesos sociales altamente articulados: sindicatos y organizaciones indígenas.

Esta estrategia de movilización-presión ha dado resultados tangibles, como sin duda lo fue la reforma laboral, cuyo intento de bloqueo legislativo tuvo que ceder ante la presión social en favor de garantías mínimas, incluso recomendadas por la Ocde. Pero también ha mostrado sus límites, como ocurrió con la reforma pensional, o su total fracaso, como sucedió con la reforma a la salud. Esta última navega entre la necesidad de resolver la crisis de un sistema insostenible y el capricho de un Presidente que, dentro de un plan de gobierno tan etéreo como el presentado, asumió esa reforma como un mandato popular.

Al margen de esto, ese bloque de mandos medios –tan opacos como puede serlo la movilización de maquinarias electorales– se ha convertido en el talón de Aquiles del “cambio”. Innumerables escándalos de corrupción que salpican a operadores de todos los partidos terminan por afectar la disponibilidad de recursos para garantizar derechos; de esto, la crisis de la Ungrd es expresión clara de la imposibilidad de gobernar sin la disposición de un “hombre del maletín” o un “computador de palacio”.

Frente a las élites políticas nacionales –esa corta lista de expresidentes y sus descendientes que controlan complejas redes clientelares multinivel y puertas giratorias entre el sector público y privado–, la relación con Petro ha estado marcada por la desconfianza hacia un advenedizo. Desconfianza construida en décadas de cohabitar, en términos de Bourdieu, el campo político, sabiendo que es un outsider, pero también un hábil jugador capaz de enfrentarse, incluso ante la Cidh, para mantener un lugar construido a pulso electoral.

Esta desconfianza se expresa de forma diversa, dependiendo del lugar que cada expresidente ocupa. Gaviria, obligado como otro advenedizo a resistir su lugar bajo las toldas del liberalismo, lo confronta directamente. Lo mismo ocurre con Pastrana, quien carga en su linaje el ser, irónicamente, una de las causas históricas de formación del M-19. Por otra parte, los dos grandes actores del poder contemporáneo, Santos y Uribe, conscientes del valor de la presidencia como símbolo, mantuvieron un perfil bajo, hasta que las tensiones en torno a la Consulta Popular los empujaron a ceder ante el alarmista discurso del caos, atrapados también en la confusa estrategia de negociación usada por Petro.

En cuanto a las élites subnacionales, la relación del presidente está inevitablemente supeditada a la disciplina presupuestal de una nación centralista. De allí que, a contramano del Senado, la Cámara de Representantes trabaje de forma disciplinada, incluso ante los errores propios de la bancada oficialista. Lo mismo ocurre en el ámbito de los gobiernos locales, con excepción de Bogotá y Antioquia –cuyas autonomías presupuestales les permite construir estrategias electorales de contraposición–, obligados sus mandatarios a modular sus pronunciamientos frente al Presidente de acuerdo con su electorado, pero en la práctica construyen buenas relaciones para asegurar el acceso a los recursos públicos.

Por último, Petro –como no lo logró el resto de la izquierda sobreviviente tanto al exterminio político como a la crisis de sentido del proyecto histórico de la revolución– afianzó de forma efectiva un diálogo con sectores del poder económico nacional.

Este poder económico debe dividirse en dos grupos: por una parte, los sectores insertos en el sistema internacional, con quienes la Presidencia ha debido sostener reuniones dentro de los críticos diseños de Salmona en Cartagena y que, como repositorios de los factores de producción, saben que el poder político es temporal y subordinado. Sobre ellos se mantienen, a la larga, canales de diálogo.

Detrás de esa relación acomodaticia se encuentran los gremios, constituidos por las clases medias en sentido marxista, que despliegan su poder a través de la interconexión entre la esfera productiva y la mediática. Para ellos, las transformaciones económicas promovidas por el gobierno significan el fin de privilegios y monopolios económicos.

De congresos a conferencias, de columnas de opinión a análisis mediáticos, la crisis de relación entre el mandatario y el proyecto social de la clase media se expresa a través de una confrontación abierta, que transita tanto por el sentido simbólico (la performancia de la presidencia) como por su proyecto social. De allí surge un sistemático desconocimiento, desde ambos bandos, de los argumentos contrarios, terreno en el que el liderazgo de Petro ha sabido construir su respaldo en contraposición a los poderes fácticos cotidianos. Mientras tanto, esas clases medias, temporalmente empoderadas como en los tiempos del abuelo Turbay, silencian por la razón o la fuerza las críticas al sistema imperante.

Como se observa, la relación de Petro no es hacia una única expresión de la élite, sino hacia la multidimensionalidad del concepto. No obstante, en sus múltiples formas de relación han sido más las continuidades que las rupturas. Así, el ejercicio del cambio ha estado mediado por un respeto irrestricto a los factores de poder económico, la confrontación negociada con los sectores de poder político-electoral, la disputa abierta con las clases medias y la necesidad irresuelta del diálogo en términos de recursos con los sectores encargados de la intermediación política entre los niveles nacional y subnacional.

Becassino retrataba al eme en su momento como una expresión del rock, un movimiento cultural que desbordaba lo político y empujaba los límites de las convenciones. Quizás, en la doctrina o manifiesto unipersonal que es la performancia política de Petro, sigue vigente la idea de estirar esas convenciones lo más posible. No obstante, al igual que ocurre hoy con el rock –música de una generación ya más preocupada por asegurar su pensión–, en esa performancia ya no se retrata una rebeldía genuina, sino una rutinización de símbolos y prácticas que, aunque confrontan e incomodan al orden tradicional, no logran subvertir de forma efectiva el tablero de reglas impuestas. Por eso, al final, Petro, tras desgastar la convocatoria al poder popular, termina dependiendo de la voluntad de unas élites que, por ahora, parecen incluso coquetear con la interrupción institucional.

  • Doctor en Ciencias Políticas de la Universidad Nacional Autónoma de México Unam; Maestro en Comunicación y Opinión Pública por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Flacso; Politólogo Universidad Nacional de Colombia. Docente Universidad Nacional Abierta y a Distancia Unad. Correo: [email protected]

SUSCRÍBASE!, y acceda a la totalidad de nuestra información.

La prensa autogestionada requiere miles de suscriptores/as para subsistir y ofrecer cada día mayor y mejor información.

Si tiene dificultades en el pago a través de: https://libreria.desdeabajo.info/index.php?route=product/search&search=B.

OTRAS ALTERNATIVAS DE PAGO

INFORME ESPECIAL: Tres años del gobierno de Gustavo Petro

Más allá del Gobierno y del liderazgo personal
por Equipo desdeabajo

Tres años de turbulencias
por Óscar Mejía Quintana

El caleidoscopio de la Paz Total
por Milton Piñeros Fuentes

La reforma agraria del progresismo tardío
por Germán Enrique Caviedes Solano

¿El retorno o la perpetuación de la violencia política?
por Julie Massal

Una política económica errática
por Jorge Iván González

Gustavo Petro y el horizonte de la izquierda contemporánea
por Christian Fajardo

Ser agroecológico: nuevas subjetividades políticas para el movimiento social colombiano
por Sergio Monroy Isaza

La seguridad humana y la Policía en el gobierno de Gustavo Petro
por Marcela Parada Gamboa

Información adicional

Tres años de performance:
Autor/a: Camilo Alipios Cruz Merchán*
País: Colombia
Región: Suramérica
Fuente: Periódico desdeabajo Nº326, julio 18 - agosto 18 de 2025

Leave a Reply

Your email address will not be published.