Por citar un ejemplo pertinente, el reciente golpe militar en Honduras fue anunciado en editorial del medio impreso de mayor circulación en el país dos días antes que se produjera. Es decir, la red de empresarios centroamericanos estaba en la jugada. Bajo el título de “Abismo en Honduras”, el editorial persigue concluir dos tesis y adelantar una situación hipotética: la situación hondureña “ (…) supera en riesgo y arbitrariedad hasta las peores tácticas de Hugo Chávez, de quien Zelaya pretende ser un discípulo” y “Si (…) se rompe el orden constitucional hondureño, no habrá duda de que el propio Presidente (Zelaya) ha sido el culpable”. La fracción de ‘conclusión’ hipotética consiste en indicarle, desde Costa Rica, a Zelaya lo que debe hacer: “ (…) si a Zelaya le quedara alguna dosis de sensatez y sensibilidad debería (…) dedicarse, en los meses que le restan como Presidente, a reparar algunos de los inmensos daños que le ha causado a Honduras.” (La Nación, 26/06/09). La amenaza es clara: retrocede, no hagas olas en tu favor, y quizás no te haremos daño. Tony Soprano no podría haberlo dicho más claro.
El editorial mismo se configura mediante semiverdades, exageraciones grotescas y un posicionamiento que evita referirse a lo que resultaba legal o ilegal, o sea democrático, en Honduras. De esta manera las iniciativas de Zelaya, su deseo de hacer una consulta no vinculante, son idénticas o simétricas a las acciones de los ya concertados golpistas, la oposición frontal del Tribunal Supremo Electoral, por ejemplo, o los ‘temores’ de la Conferencia Episcopal. Ya señalamos que si esta voluntad de Zelaya resultaba ilegal, o se sospechaba de su legalidad, pues debía haberse seguido contra su acción, no contra él (o al menos no inmediatamente contra él) el recurso jurídico pertinente. Pero la legalidad, en un Estado de derecho, no es asunto de “declaraciones” o de presumir “intenciones” o “riesgos”.


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