Notas sobre el golpe de estado en Honduras

4.- Globalización, acuerdos de paz y golpe militar en Honduras

Todavía resulta necesario enfatizar algunos aspectos políticos locales del entorno más amplio en el que se inscribe el golpe militar hondureño del 2009, la globalización. Cuando el proceso globalizador llega a América Latina, década de los ochenta, América Central era el escenario de una guerra de Baja Intensidad y de una guerra guatemalteca cuyo factor causal común más próximo era la apropiación oligárquica y extranjera de los beneficios del crecimiento económico. Más específicamente, el conflicto era atizado por la instalación de un gobierno sandinista en Nicaragua y la eventual extensión de este triunfo popular a El Salvador. Por supuesto y en sus diversos frentes el choque se revestía con los motivos ideológicos de la Guerra Fría, todavía vigente en el período. Se enfrentaban, pues, ‘la’ democracia y ‘el’ comunismo. Y era una guerra total. Como corresponde, participaba en ella la superpotencia del hemisferio, Estados Unidos. Y como a esta guerra la administración Reagan le atribuía alcances geopolíticos estratégicos (quiere decir sobre su dominio en el planeta), pues los países centroamericanos fueron ‘aislados’ de los efectos de la globalización. Sus sectores oficiales recibieron ayuda militar y económica y el área no recibió frontalmente los golpes del “libre comercio” y las privatizaciones.

Las guerras (crueles, devastadoras) terminaron con acuerdos de “paz” político-militares, pero sin acuerdos sociales y culturales que favorecieran construir esa paz (a la que se valoró más bien como un descanso de la guerra). El área siguió en lo mismo, con alguna variante no puramente cosmética, que había hecho estallar los conflictos armados. Pero a la guerra social y espiritual, que era la tradición, se le había agregado ahora la violencia que trae consigo el libre comercio en sociedades con dramáticos principios de exclusión. Dicho escuetamente, la globalización actual disminuye todavía más la precariedad de la fuerza de trabajo (la fragmenta, desmoviliza, la torna trashumante, le quita horizonte de esperanza, etc.) y, con mayor vigor, la de los sectores excluidos de los mercados. Acentúa la vulnerabilidad de las poblaciones humildes y también el atractivo de los recursos naturales en que se asientan. Se crea un ethos de rapiña.

América Central se transforma así en un espacio privilegiado para la inversión directa extranjera (que gesta enclaves y acentúa la polarización) que aprovecha la cercanía del mercado estadounidense, la fuerza de trabajo numerosa y castigada, la legislación de papel y la desagregación interna del área. En el límite, cada país acuerda ‘como región’ un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos “negociado” a la carrera y, en la práctica, unilateral y oligárquicamente. Esto último significa aquí, husmeando solo los beneficios de corto plazo. Y para minorías. El Tratado tiene efectos estructurales. Se notarán a mediano plazo. Pero también  genera efectos situacionales inmediatos.

De estos últimos, el que interesa destacar aquí es que la región se abre todavía más a los “buenos negocios compartidos” que obviamente, por aquello del ‘capital humano’ no se extienden para beneficiar a los sectores más desprotegidos. Es tiempo de mejores, aunque pocos, ‘buenos negocios’. No existe oportunidad ni voluntad para mejorar las condiciones sociales de una población que ni produce con eficiencia ni consume con la opulencia que requiere la acumulación global.

Mejores, aunque pocos, buenos negocios. Son las condiciones para otra guerra, además de las ya indicadas. Se trata de la disputa al interior de las oligarquías para situarse en posiciones que permitan estar a la cabeza cuando los buenos negocios aparezcan. Se intenta apartar a los militares. Pero después se entra en la pugna de grupos o sectores. Hay que correr y atropellar (o destruir) para ganar el gobierno. Hay que correr y atropellar para “modernizar” y jefear las negociaciones. Hay que estar necesariamente en la banca. Hay que situarse para recibir las coimas, chantajes, comisiones, para establecer alianzas. Es la guerra. Y se debe tornarla compatible con las instituciones democráticas. No es factible.

Junto a los buenos negocios ‘legales’, como las Zonas Francas, por ejemplo, o la agroindustria liquidadora de los suelos, o la maquila industrial, se instala asimismo en el área un gran/buen negocio ilegal: el narcotráfico con asiento colombiano y mexicano principalmente. Es una de las formas más duras y amplias del crimen organizado. Las sociedades centroamericanas, manejadas por oligarquías romas, avariciosas y enfrentadas, facilitan la penetración de las organizaciones mafiosas. No llegan aquí por gusto, sino porque después del 11 de septiembre del 2001 se ha dificultado el ingreso de sus productos al mercado estadounidense, el Gran Comprador. Hay que tornar compatible la penetración degradante del narco (y la costosísima simulación de que se lo combate con denuedo y eficacia) con las instituciones democráticas. No es factible. ¿Qué se hará entonces? ¿Cómo se procederá?

El golpe oligárquico/empresarial/militar/clerical de Honduras se inscribe también en este complejo proceso básico de corrupción, venalidad y degradación que ha llevado a la total descomposición de Guatemala y a llamar a México, el coloso extra-área, “Estado frustrado”. Peculiarmente, pero sin paradoja alguna, gran parte del ‘vigor’ de los actores locales en la pugna hondureña (Micheletti acaba de avisar (04/07/09) que retirará a Honduras de la OEA, lo que no es jurídicamente factible puesto que él no es reconocido como autoridad hondureña), se sigue de este proceso radical de descomposición.

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Para la elaboración de estas notas se  utilizaron materiales de A. Borón (Alai), Carta Democrática Intermericana (OEA), Conferencia Episcopal de Honduras, W. Cruz (Vía Campesina, Honduras), Guía del Mundo, La Nación S.A. (periódico), J. Gutiérrez, J. Majfud (Alai), N. Moreno, I. Rauber (Alai), E. Ulibarri, Wikipedia.

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