El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales

El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales

Todavía un alcance: los actores políticos no protestantes, y en especial los medios masivos, interpretan las marchas, jornadas de oración o ayunos de los creyentes religiosos protestantes como adhesiones o rechazos a los posicionamientos particulares en pugna. La mayor parte de estos creyentes busca con su acción, en cambio, la intervención de Dios tanto en sus corazones como en la marcha de los  sucesos. Por supuesto, pastores oportunistas pueden traducir la confianza que en su carisma depositan estos creyentes en caudal político o tarjeta de presentación clientelar y electoral. Y también los empresarios capitalistas pueden confiar en que trabajadores de inspiración protestante se inclinen con mayor docilidad a responder con calidad humana/laboral a los muy injustos requerimientos de su contrato. El punto no aproxima a un eventual sindicato, sino al Espíritu Santo. Él resolverá.

 
Retornemos al imaginario del aparato clerical católico. El Dios que sujeciona absolutamente (porque no obedecerlo es pecado castigado con la última muerte) se expresa por medio de la única iglesia revelada, la católica. Ésta se sigue de los apóstoles y Dios se ha desposado con ella. Posee así el monopolio de la revelación y del discernimiento de lo que Dios quiere o rechaza (criterios ético/morales). El aparato clerical se reclama comunitario, pero su lógica interna es vertical, monárquica, con un estamento ‘superior’, el “ordenado”, y una “masa laica” a la que se desagrega internamente (en los últimos lugares se encuentran las mujeres jóvenes). Al monopolio de ‘la’ verdad moral (obedecer en todo a Dios y a sus ‘sacerdotes’) se liga el monopolio del discernimiento ético y con ello el monopolio de la configuración de pecados y herejías y también de dispensas, perdones, indulgencias y recompensas. Ya no se trata de un Dios sujecionador, sino de un implacable aparato terrenal que presenta su ‘autoridad’ sagrada como inapelable y, al mismo tiempo, la ofrece como “servicio”. Porque se ama al ser humano, siguiendo órdenes de Dios/Padre, se le disciplina, prohíbe, persigue o, encogido, se le acoge. Culturalmente este autoritarismo es señorial: el aparato clerical es Madre y Maestra (e internamente, para sus miembros, Gestapo, Congregación para la Doctrina de la Fe (la única), Inquisición. En las sociedades modernas no puede perseguir y asesinar a los “herejes” porque sería un delito, pero se arroga la capacidad para liquidarlos simbólicamente, culturalmente. El autoritarismo señorial del aparato clerical es también patriarcal y adultocentrado. En América Latina, etnocéntrico (Europa). Todas las discriminaciones, nunca reconocidas como tales, contra laicos, mujeres, jóvenes, niños, pueblos indígenas, homosexuales, pobres/miserables, ancianos… son presentados como “servicios” de caridad. Se les discrimina por su ‘naturaleza’ y porque la Iglesia los ama con ‘natural’ amor de madre. Quien te quiere (pero ama más a Dios y lo obedece) te aporrea. Discriminar, reprimir, aporrear, condenar culturalmente, asesinar incluso, es válido cuando se trata de apartar del pecado y del demonio.
 
La lógica autoritaria de este aparato sacerdotal de terror se presenta a los fieles como comunitarias liturgias de servicio. En la misa, los aporreados, que se consideran seguros en el templo, se dan la paz.
 
Los valores de discriminación contenidos por esta compleja pero siempre autoritaria lógica clerical pueden ser fácilmente asociados con el carácter oligárquico del sistema social, político y cultural de las formaciones sociales latinoamericanas. Este último, centrado en la exclusividad de la gran propiedad (que conlleva riqueza y prestigio excluyentes) requiere asimismo de una alianza con un ‘Dios’ clerical que en un mismo movimiento sancione las discriminaciones, las reproduzca, y las consuele.
 
La dominación oligárquica, en tanto tal, no ofrece consuelo, en particular para los sectores más vulnerables. Para ellos está el castigo, la represión judicial, policial y militar, el desprecio, las diversiones ‘de masas’. Si al arbitrio del señor le acomoda, las prácticas de discriminación, despojo, indiferencia, asco y violencia pueden ser desplazadas por una ‘simpatía’ azarosa y momentánea, nunca por el reconocimiento de derechos al “vulgo” o “chusma”. Una cosa es la gracia benevolente del señor/señora y otra reconocer derechos a quienes son sirvientes, pueblo, mugre.

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