El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales

El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales
La estabilidad de la violencia, el hambre y la exclusión es necesaria para la dominación oligárquica. Como sector social, los vulnerables no deben irritarse, menos organizarse. Pero el convencimiento de que esa estabilidad es necesaria también para ‘salvarse’ es  tarea o función central del aparato clerical católico. Éste procura la internalización por la gente de esa necesidad. En eso consiste su ‘evangelización’. Que la gente asuma con humildad y resignación y temor de Dios las miserias de este mundo. Con confianza en que desde ellas brincará al Cielo. Que no crea en sí misma nunca (es el pecado de soberbia), sino que deposite su esperanza y sueños en ritos, misterios, liturgias y mandas a los personajes santos. Que haga de este traspaso o transferencia de poderes (desde la irritación hasta la sumisión) parte de sus identificaciones sociales, parte nuclear de su existencia cotidiana: “Si mis hijas se prostituyen, es porque el Maligno (o el pecado, comunismo, o Castro o Chávez), han entrado en ellas y ellas lo han permitido. Alabado sea Dios y malditos todos los otros”. Solo la lógica de las mercancías y el mercado capitalista (ganadores y perdedores) puede gestar una sensibilidad y un mundo tan maniqueamente violento como éste y venderlo como felicidad en el consumo en un caso y apacentador servicio religioso en el otro.
 
En el templo, en efecto, muchos pueden experimentar una soledad apaciguada y deudora. Las catedrales suelen ser amplias, calladas, y sus figuras abren los brazos como para estrechar a quien sufre porque necesita amar y no se lo permiten. O necesita ser amado y no lo consigue. La soledad y el dolor apaciguados pueden traducirse como consuelo. Consuelo del alma porque el cuerpo se queda fuera del templo o debe ocultarse bajo las ropas. El templo también opera el exorcismo de anular al cuerpo, esa fuente de dolor desconfiado, ese núcleo de recelo, de buscar a otros, de gritar y golpear fuerte. O de aullar de ira porque al menos en América Latina ningún vulnerable se merece este ‘valle de lágrimas’ cualesquiera sean los cielos que lo compensen.
 
La perversidad del aparato clerical católico puede medirse por la fiereza con que busca anular el cuerpo humano. Es así, porque muchos empobrecidos solo tienen sus cuerpos. Sus ‘vidas’ las han entregado al latifundista, a la relación salarial, al desempleo, a los sacerdotes y sus liturgias de ‘sanación’. Su cuerpo les dice sin engaño posible que sufren, que son escupidos, que a nadie le importan. Pero también su cuerpo, por contraste, les anuncia la posibilidad de la ternura, de la fiesta, del reconocimiento y acompañamiento humanos. Cuando se encuentran, los empobrecidos se estrechan con fuerza como si hubiesen estado extraviados. Y cuando van a la lucha social sus cuerpos enlazados, en hileras o bloques, son su principal, cuando no única, arma de resistencia y combate. El aparato clerical busca que atribuyan a sus cuerpos el pecado, la lujuria, la soberbia. La oración desvanece los cuerpos, sus ansias, sus deseos. Sin ningún conflicto la Virgen María, ese cuerpo que ignora las relaciones sociales, encabeza los densos disciplinados cuerpos militares de la oligarquía, los bendice, santifica sus armas, los conduce a la Reina de las Victorias. En la televisión, un sacerdote gritará, mientras en calles urbanas y caminos rurales, se asesina y aplasta a los pobres: “No teman a quien mata los cuerpos, sino a quienes buscan matar sus almas”. La lucha social mata el alma. El comunismo. La organización sindical. El gremio de maestros. El frente campesino. El hondureño pastor Evelio Reyes nunca ha estado solo en América Latina.
 
Cuando se ha exorcizado y desvanecido los cuerpos y sus relacionalidades resulta sencillo flotar o levitar por encima de ellos como “conciencia ética”. El aparato clerical católico, autodeclarado virgen esposa de Jesús, discierne desde arriba (desde el Cielo, exactamente) los conflictos, media, “pacifica”, desarma. Proclama la paz, condena la violencia, venga de donde venga. Los valores populares que sostienen la lucha social claramente reclamable sin duda contendrán violencia. Pues se les condena. Si es del caso, se justificará la represión que los pulverizó porque se había “roto” el orden y por allí amenaza Satán. Es cierto, se ora por los muertos y se consuela a sus familias. Pero previamente ejército y oligarquía y medios se han asegurado que esos muertos no gritarán ni blandirán sus puños ni levantarán cabezas y, si pueden, que no tendrán hijos. Un Jesús que hoy resucitara a dirigentes sindicales, líderes campesinos, indígenas mutilados o que proféticamente reuniera grupos populares para recordarles su autonomía, su capacidad para “sanar este mundo” como manera propia de preparar el próximo, no sería aceptable. A él y a sus seguidores se les declararía, locos, impostores, delincuentes, subversivos. Habría que crucificarlos. El aparato clerical pondría maderos, clavos, martillos, piadosos ojos en blancos y escondidos suspiros de alivio. Desde estos suspiros organizaría un tedeum. 
 
Cuando se disuelve el cuerpo, se abre la puerta a la hipocresía y mojigatería. El aparato clerical es hipócrita y mojigato y lo sabe. Esto también lo diferencia de los aparatos militares y demás cuerpos políticos de la oligarquía. Éstos no son mojigatos. Saben lo que hacen y no experimentan como sector ningún remordimiento cuando explotan, aturden, persiguen y destruyen. Entienden que su violencia ‘es santa’ por propia y que redime.
 

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