En su lectura más radical, no la única posible, el ser humano es creador, como Dios, y por ello posee dignidad divina. Quien lo mata o tortura o somete a violencia, ofende a Dios. En esta perspectiva, no existe violencia corporal ni espiritual legítima contra los seres humanos. La reivindicación de los cuerpos (en ellos está una de las raíces del Reino) y de la promesa divina de que ellos vivirán para siempre porque El los resucitará, es también una observación de que los seres humanos no deben ser sufrir violencia en sus relaciones sociales: economía, familia, relaciones de sexo/género, relaciones generacionales, étnicas, políticas, culturales, etc. Se advierte aquí la posibilidad de una apertura doctrinal católica hacia derechos humanos y el principio de agencia, apertura no factible desde el naturalismo ético en cual los seres humanos son ‘esclavos’ de la ley natural, de Dios y de la autoridad clerical (no necesariamente en ese orden), y estrictamente no pueden reclamar derechos humanos ni tampoco ser creadores constitutivos de formas de existencia. Para el naturalismo ético los seres humanos son libres solo para pecar (por la presencia metafísica de Satán), o sea para desobedecer, pero no para crear como si fuesen dioses… que mueren (y a los que el Dios del Amor y la Vida resucita).

Con la rehabilitación de los cuerpos, el documento de la Diócesis de Santa Rosa de Copán, recupera las tramas sociales conflictivas existentes en Honduras y desenmascara, queriéndolo o no, la ideología de los individuos abstractos, escindidos en cuerpo y alma, determinados por valores absolutos que no provienen de su historia, que es la ideología que alimenta el discurso del aparato clerical católico, discurso que potencia el carácter de su dominación ‘espiritual’ y ‘universal’.
No es escasa, entonces, la diferencia entre el planteamiento politicista, sectario y malamente abstracto, aunque plenamente ‘católico’, del pleno de obispos, y el planteamiento sociopolítico, religioso y salvífico de la diócesis de Santa Rosa de Copán que, aunque probablemente minoritario, es también católico. En uno, Dios y los obispos son autoridades. En el otro, la iglesia es una compañera del pueblo ‘de Dios’, católico y no católico, en la Historia con horizonte utópico de Salvación. En el primero, se expresa la legitimación o sanción de cristiandad a la violencia “legítima’ de la autoridad. En el segundo, la denuncia profética bíblica por el mal ejercicio de la responsabilidad inherente a la autoridad. En el primero, una antropología de la sujeción conduce a la insignificancia de los cuerpos y de las relaciones sociales. En el segundo, los seres humanos en cuerpo y alma aparecen como co-creadores o complementadores de la Creación y de su sentido al lado de Dios y, desde aquí, se hace posible reclamar relaciones sociales en que impere la justicia (dar a cada quien lo debido) para todos. A cada ser humano debe procurársele socialmente todas las oportunidades para su despliegue libre y creativo. Otra antropología, otra economía, otro ordenamiento político y cultural. Otro Dios.
Y todo este universo de posibilidades, aquí apenas entreabierto, aparece en un humilde documento de una diócesis hondureña. No es necesariamente otra manera de experimentar la fe católica, pero la avisa.
Y, agreguemos, se necesita.
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