La cuestión de la hipocresía de los poderosos en América Latina, cuya vertiente es clerical, toca otro punto básico del ethos sociocultural. La gente dice que sí al aparato clerical católico y se entrega a él pero no lo entiende ni obedece. La razón es que se entrega por temor a perder incluso la posibilidad de una vida eterna y, más prácticamente, porque el aparato ‘sagrado’ puede conceder ‘favores’ o extender mantos y quemar incienso para disimular el hedor de las injusticias sociales. Pero la gente tiene su existencia como puede. Y si le dicen que su cuerpo peca o sus deseos pecan o su imaginación peca, pues lo confiesa y ya. Es dudoso que se arrepienta porque continúa utilizando condones, continúa falseando el peso de lo que vende, continúa sus adulterios, continua traduciendo como prójimos solo a quienes, siendo como él o ella, están con él o ella en sus faltas y delitos. En ningún sector social se lleva el catolicismo a la totalidad de la existencia cotidiana. Penetra superficialmente allí por intersticios. Se es católico en el templo. Fuera de él, la vida dirá. Vale para militares y sicarios. Y para políticos y empresarios. Y hasta para muchos ‘sacerdotes’. El desafío de la hipocresía se vincula de esta manera con un catolicismo epidérmico y con una muy extendida doble ‘moral’. El aparato clerical lo sabe. Pero tiene para su mercadeo la herramienta de una fácil confesión (conversión, arrepentimiento, reparación) sin arrepentimiento ni reparación efectivas. Es el desafío laico o secular y militar de la impunidad. Ahí verá este Dios que hace con ella. Porque el aparato clerical lo utiliza sin asco. Un solo ejemplo: simula reconocer (contadas veces) los “excesos” cristianos de la Conquista de América, pero no se arrepiente por ellos ni mueve un dedo para repararlos. De paso, los atribuye a acciones individuales, no institucionales. Carga esa “herencia de pecado” en este subcontinente sin ningún problema. Fue la voluntad de Dios. A los indios se les hizo un bien matándolos, robándoles, esclavizándolos.
Uno de los medios oblicuos para disipar el cuerpo y sus deseos, consiste en escamotear las relaciones sociales o, si se quiere, la sociohistoria. Fieles y herejes son individuos. No existe pecado social ni institucional. Cada cual es culpable, en tanto individuo, de fallarle a Dios. Una transformación social, una reforma agraria pequeño-campesina, por ejemplo, o la liquidación del imperio patriarcal, que no contenga a la ‘verdadera iglesia’ en los corazones de los individuos (o sea al Dios de los grandes propietarios y al machismo señorial) es una extravagancia y un fracaso. La gente requiere de esas autoridades señoriales (o cualquier otra, siempre que sea implacable y se apoye en el aparato clerical) para no extraviarse. La gente sin tutela o contención extravía sus almas en la concupiscencia de la idolatría. Es sencillo entender por qué el aparato clerical en América Latina respalda los golpes de Estado y pone los ojos blancos y se da con una piedra en el pecho ante el terror de Estado, pero no toma ninguna acción efectiva para detenerlo y castigarlo. Su reino es de este mundo, pero el aparato clerical afirma que no. Y en América Latina, ‘este reino’ es muy frágil tanto social como jurídicamente. ¿Como un factor del poder oligárquico no estaría con él en las contadas duras y relamiéndose y admirándose en el espejo en las constantes maduras? Le va en ello lo que ha sido su existencia. No quiere aprender a mirarse de otra manera. Apuesta al orden antihumano (idolátrico por ello) de las oligarquías y sus ejércitos porque desconfía, a veces hasta entrar en pánico, del cambio.
Por supuesto, en el amplio radio de acción e incidencia del aparato clerical (en América Latina beatería y fe religiosa viva andan por todos lados), se dan excepciones, programas, documentos personalidades y acciones proféticas, sinceras, reales testimonios en busca de la justicia y la paz, mártires y héroes. Pero se presentan aislados, no responden a la lógica del aparato clerical ni tampoco se han liberado radicalmente de su fardo ideológico, no acumulan y no poseen un peso estadístico que favoreciera su análisis como tendencia hacia una transformación radical de la experiencia católica de la fe religiosa (sin duda antievangélica). Mostrar, desde un referente hondureño y a partir del reciente golpe de Estado, que esta otra manera de experimentar la fe es factible corresponde al último apartado de este trabajo.



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