El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales

El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales
El efecto central de este posicionamiento es la desvalorización de la existencia inmediata (y de las relaciones sociales que involucran a los cuerpos) sobredeterminada por factores metafísicos (más allá y por encima de la existencia sociohistórica) para discernir entre lo apropiado y lo inapropiado, lo justo y lo injusto, lo ‘bueno y lo ‘malo’. Lo ‘bueno’ resulta así impuesto a la existencia en tanto no surge desde ella y aunque no se lo sienta/viva de manera alguna. La solidaridad efectiva, por ejemplo. O la castidad sexual.
 
Estos factores metafísicos que constituyen la realidad social y política son básicamente Pecado y Cielo (salvación). Se personifican en el Demonio y Dios y su corte. Ahora Dios (el único verdadero) y Pecado son administrativamente monopolio del aparato clerical católico. Bajo este esquema, la noción de ‘responsabilidad’ (utilizada en el texto) se convierte en la noción de “culpa”. De esta manera, una fórmula que tiene un alcance positivo “… dijimos que todos somos en mayor o menor medida responsables de una situación de injusticia social”, se traduce como todos somos culpables de pecado, todos somos pecadores, excepto la institución católica. Sus personeros pueden pecar en tanto individuos de carne y hueso, pero la institución, por sus esponsales con Cristo/Jesús, no. La institución está animada por el Espíritu Santo. La lógica de la institución, su espíritu, no peca nunca. Por el aparato clerical católico, ahora identificado con la institución que salva, no se arrepiente tampoco nunca. En tanto institución está por encima del Bien y del Mal. D esta manera, puede absolver a los pecadores aquí en la tierra. Y extender el perdón (o sea la impunidad) a los militares y políticos golpistas (violadores de derechos humanos, entre otras violencias) sin arrepentimiento ni reparación ningunos. 
 
Como se advierte, sí existe una (varias, en realidad) violencia legítima para estos apóstoles de la paz familiar. No estamos hablando de cualquier monstruo. Una tarea del aparato clerical católico es señalar e introyectar en la gente, en especial en sus fieles, la necesidad de la violencia oligárquica y militar para salvar al mundo querido por Dios para América Latina. Esta función se amplía a la invisibilización de la violencia del sistema de las instituciones excluyentes y autoritarias. Esta violencia consentida, necesaria, deseable, es llamada paz y solidaridad. Desde esta violencia permanente, deshumanizadora, es que el aparato clerical católico convoca a reconciliarse. 
Todavía una palabra sobre el aporte individual que el Cardenal Óscar Andrés Rodríguez hizo a la Declaración de la Conferencia Episcopal. En realidad el documento fue leído por él en su totalidad, en cadena de televisión (financiada y producida por los golpistas que tenían bajo control a los medios). Pero él se permitió, además, un aporte de su cosecha cardenalicia al apoyo clerical al golpe militar.
 
La coreografía de la presentación en televisión del cardenal fue rigurosamente orquestada. El cardenal, adecuadamente maquillado, hablando desde un tipo de púlpito, escoltado por las banderas de Honduras y El Vaticano, ataviado con los signos externos de su “fe”, estricto negro del hábito, el pequeño cuello blanco, y una cruz probablemente de plata, grande, elegante, cayendo desde su cuello en cadena hacia el centro de su pecho. El detalle salvífico, una imagen, enmarcada, de Cristo/Jesús en cuerpo entero y resaltando su corazón misericordioso y leal. Impecable.
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