Se necesitaba algo así para la perversidad personal de su intervención. A diferencia del documento de los obispos, él designó por su nombre al presidente depuesto. Lo llamó “el amigo José Manuel Zelaya”. Agregó el cardenal que él sabía que este amigo “amaba la vida, respetaba la vida” y le recordó que hasta ese momento no había “muerto ni un solo hondureño”. El retorno de Zelaya (el cardenal daba su alocución el 3 de julio), según Rodríguez, podría desatar “un baño de sangre”. Como Zelaya no era respaldado por ejército ninguno, este baño de sangre solo podía aludir a la represión militar y policial contra la población hondureña que organizada o espontáneamente apoyaba el retorno de Zelaya. El cardenal hacía culpable de esta represión brutal al presidente depuesto. Exoneraba enteramente a militares y policías y a los políticos y empresarios golpistas por una eventual masacre y hacía recaer la violencia asesina en quien retornaba legítimamente a su país a reclamar sus derechos y aceptar las responsabilidades si era ello lo que correspondía. Lo hacía desde su ‘pedestal’ ético de Cardenal de Dios.

Obviamente se trataba de un chantaje doble: “Mira “amigo” Zelayita, decía el cardenal, “si te apareces por aquí te vamos a matar a ti y a tu familia y a tus seguidores, campesinos, trabajadores, estudiantes, y vamos a confirmar para siempre el orden que nunca debiste desafiar. Así que piénsalo. Porque además esa matanza tiene el apoyo de la Iglesia y de Dios. No la queremos masiva, pero si tú la exiges, será”.
El aporte ‘personal’ (clerical en verdad) de Rodríguez, no se quedó allí. Recordó en su interpelación a Zelaya que cuando asumió la Presidencia juró “No robar, no mentir, no matar”. En el contexto antes reseñado, el cardenal decía a Zelaya, a quien la Conferencia Episcopal calificaba de delincuente, que “ya había robado, ya había mentido y que ahora mataría. Y que sería adecuadamente liquidado por ello”.
Y todo esto lo decía el Cardenal emperifollado en sus vestidos clericales y el símbolo de la cruz y el martirio y teniendo como fondo el corazón generoso de Jesús y las banderas de La Patria y El Vaticano: el Estado y Dios, ambos con poder de muerte.
¿Quién dijo miedo? ¿Alguien musito siquiera o tartamudeó conciencia ética?
Si la descripción del aporte personal del Cardenal parece dura en exceso (¿podrá ser un ‘hombre de iglesia’ ruin y canalla?), es bueno recordar que el documento de los obispos, que Rodríguez tenía en las manos, le ofrecía una opción de discurso enteramente distinta, opción que podría hasta haber pasado por evangélica. Rodríguez pudo decir: “Señor Manuel Zelaya: según las leyes hondureñas usted ha cometido delitos graves y debe ser juzgado por ellos. Si desea retornar a nuestro país como un ciudadano, este Cardenal y mis hermanos obispos y los fieles que deseen acompañarnos le aseguramos su integridad personal hasta que llegue usted a manos de la justicia y estaremos atentos en todo momento a que se respeten los derechos que tiene como hondureño. Asimismo, como obispos, nos comprometemos desde ya a resguardar y a proteger a sus familiares más cercanos de cualquier acción que los amenace o viole sus derechos de ciudadanos en un país apegado a derecho”. Pudo haber agregado que él y los obispos asumían este compromiso, pese a resultar innecesario, como expresión de buena fe y caridad y con total confianza en las nuevas autoridades legítimas (los golpistas).
Esta declaración habría resultado inteligente aunque hipócrita, pero no brutal como la que realizó. Habría puesto políticamente a la defensiva a Zelaya, habría proclamado la buena fe y el apego a la institucionalidad del nuevo régimen, y hasta hubiera permitido irradiar en el país la imagen de un cardenal asumiendo su función de conciencia ética y con la sensibilidad del samaritano.
Por el contrario, la ruindad ventajista de las palabras del Cardenal no hizo sino confirmar que al menos él sí sabía que se había producido un golpe de Estado y que políticamente un eventual retorno de Zelaya tornaría más vigorosa la resistencia interna de la población que se oponía a los golpistas. Puesto que tuvo a la mano una mejor y coherente opción para debilitar la posición de Zelaya (a quien probablemente odia por razones personales) su aporte personal, además de ruin, puede considerarse estúpido. Que se haya reparado poco en ello se deriva exclusivamente de que, como cardenal, la gente ve en él y escucha en sus palabras, algo sagrado.
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