El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales

El golpe de estado de Honduras y los aparatos clericales
El aparato clerical católico, en tanto factor oligárquico, sirve como válvula de escape a la presión social que se genera por la violencia político-cultural y armada de la dominación oligárquica. Dios ama a todos porque todos son sus hijos. Y en su Reino metafìsico no existirá discriminación ninguna porque en él las almas someterán definitivamente a los cuerpos y a sus pulsiones, extravíos y aberraciones. No existirán campesinas tomas de tierras, digamos. Es enteramente otro mundo y en él los humildes serán los primeros. La iglesia no distingue entre opulentos y empobrecidos, sino entre quienes siguen los caminos determinados por Dios y quienes los pierden o desprecian. Estos últimos son los pecadores. Los seres humanos, a los ojos del aparato clerical, se dividen básicamente en justos y pecadores. Todas las otras  subdivisiones (arrepentidos, inocentes, impenitentes, aberrados, etc.) se siguen de esta división básica. ‘Pecadores’ son todos los que no asumen la sensibilidad y normativa de la “esposa” de Dios. Sospechosos de pecado, o al menos con alguna discapacidad moral que favorece al pecado, quienes no se aparecen por el templo a inclinar la cabeza y comulgar. Quien no da limosnas ni ayuda a las finanzas del aparato clerical. Quien disiente de las opiniones clericales y, peor, quien, siendo ordenado en su seno, las critica y combate. Pero, sobre todo, quien no es humilde para asumir que su suerte es ‘natural’ y que solo podrá cambiar por la gracia de Dios (o de su santa corte) que todo lo puede, hasta el milagro. Se puede pedir/rogar, sujecionada oración mediante, mucho a Dios; excepto reverencia/temor/fidelidad absolutos, no se le puede dar nada aunque se le entregue todo. Los opulentos pueden ser caritativos y dar limosnas y traspasar bienes al aparato clerical. Se les descontará de sus faltas, omisiones y pecadillos. Los vulnerables deben aceptar sin rechistar su condición en este valle de lágrimas, servir con lealtad y honradez a sus patrones, señores y empresarios, no atender a ideologías perversas, ser generosos y agradecidos con el Dios que envió a su Hijo a morir por ellos que no se lo merecían y que vuelven a torturarlo con sus pecados. Y, por supuesto, generosos y agradecidos con el aparato clerical que representa a este Dios y a su Hijo. Por cierto, el aparato clerical católico traduce la filiación divina, como “ovejas”.
 
La actitud ante este Dios generoso que todo lo puede desde el misterio de su gracia es idéntica a la que se debe tener ante Su Iglesia. Humildad y honra se deben a sus personeros, instancias, sacramentos y liturgias, hagan lo que hagan. Son sagrados. Indican con seguridad el camino terrenal al Cielo donde todo dolor será resuelto y transformado en dicha. Por tanto, obediencia. Comunidad de obediencia. Si se obedece, se posee la certeza de alcanzar el Cielo. En un mundo radicalmente incierto y precario para los vulnerables, el aparato clerical oferta seguridad: seguridad de la fijeza del rito, seguridad del agua bendita, seguridad de las formas. Seguridad en la ausencia de preguntas. Seguridad en el reconocimiento de la autoridad. Seguridad de llegar bien peinadito al cielo. Nada de darse sudorosa autonomía para crear un mejor sitio aquí en la tierra.
 
La gente humilde asocia, con plena justificación, esta seguridad ofrecida por el aparato clerical, con las buenas costumbres, con el orden, con los ‘modos cosméticos’ con que se simula la paz. En misa regular no se chilla, se canta. La liturgia la conocen todos: sin necesidad de ordenarlo (a lo más se les recuerda), todos de pie. Luego, todos sentados. Al rato, todos parecen rezar la misma oración. Deberían, porque el Dios que los está mirando tiene el terrible poder de escrutar los corazones.
 
Lo que importa sin embargo, es reparar en algunas señales sociales latinoamericanas: las madres humildes llevan a sus bebés a bautizar para que sean salvos. Y a sus niños preadolescentes al catecismo de la parroquia (un lugar seguro) para que “crezcan en las buenas maneras”. Cuando retornan a sus aposentos (una o dos piezas a veces, encerradas por latas y cartones), tras la puerta las espera la imagen de la Virgen, siempre bella, o del Sagrado Corazón de Jesús. Ambos prolongan la seguridad del templo en los ‘hogares’. Con sus ‘favores’, anticipan el merecido e imperturbable Cielo, digamos. 

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